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Caricatura de libertad

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23 septiembre 2012
"Yo describiría nuestra época actual como la era de la irreverencia". Lo aseguraba Steiner en Lecciones de los maestros. Probablemente esta sencilla frase sintetiza la razón de por qué en los últimos días nos hemos visto envueltos, como ya sucedió en 2005, en un nuevo torbellino de furia y sangre por la publicación de nuevas caricaturas en la revista francesa Cahrlie Hebdo y por la difusión de las imágenes de la seudo-película La inocencia de los musulmanes. Vamos a poner desde el principio todas las clausulas necesarias para que se nos entienda. La violencia desatada por algunos radicales en países musulmanes no tiene justificación. No hay proporción entre una ofensa religiosa y el bien jurídico de la vida. Nunca está justificado, en nombre de la religión, ni la muerte, ni la agresión verbal o física.

Pero dicho todo eso ahora hay que hacer las cuentas con el modo en el que se está ejerciendo la libertad de expresión y preguntarse qué significa tutelar la libertad religiosa. Ya cuando estalló en Dinamarca la otra crisis de las caricaturas el entonces primer ministro de ese país aseguró que "la inclinación a someter todo a un debate crítico es lo que ha conducido al progreso de nuestra sociedad (…). Esta es la razón de que la libertad de expresión sea tan importante. Y la libertad de expresión es absoluta". No es cierto. Prácticamente en todos los ordenamientos jurídicos occidentales se establecen límites, en muchos casos penales, al ejercicio de la libertad de expresión cuando colisiona con la libertad religiosa. Por ejemplo el artículo 510 del Código Penal español recoge dos restricciones clásicas, el hate speech, la declaración que incita al odio y la injuria. La jurisprudencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos es oscilante en los límites pero no tolera ni la injuria ni representaciones gráficas soeces y gratuitas con escenas sexuales provocativas.

En los últimos años se está produciendo en el seno de Naciones Unidas un interesante debate jurídico. Varios países de mayoría musulmana están promoviendo, a través de lo que los expertos llaman soft law, la tutela contra la difamación religiosa. La primera iniciativa se registró en la ONU durante 1999 y las propuestas se aceleraron tras las reacciones al 11 S y a la primera crisis de las caricaturas. Se llega así a la resolución aprobada por la Asamblea General el 17 de diciembre de 2007 en contra de la difamación. La perspectiva es nueva porque ya no se trata tanto de proteger la libertad de una persona contras las incitaciones al odio y la discriminación sino el sentimiento de una confesión, con lo que se introduce la perspectiva comunitaria. La reacción de cierto mundo liberal, quedó ilustrada en un editorial en The Economist: "is not possible systematically to protect religions or their followers from offence without infringing the right of individuals. (No es posible proteger sistemáticamente a una religión y a sus seguidores de la ofensa sin vulnerar los derechos individuales)". Ciertamente hay peligros. Algunos pueden pretender que la protección contra la difamación signifique que las experiencias religiosas no se sometan a la purificación de la razón. Lo que no sería inadmisible. Por otra parte estos pronunciamientos los impulsa Pakistán que tiene en su ordenamiento una ley antiblasfemia, herramienta con la que se persigue a los cristianos. El mundo del derecho tiene por delante una interesante tarea para encontrar una protección adecuada, quizá fuera de los ordenamientos penales, hacia lo religioso como fenómeno social y comunitario. En el mundo del siglo XXI, las religiones cada vez tienen más peso.

Pero en cualquier caso no es cierto, como sugería The Economist que el ejercicio de la libertad individual, sea de pensamiento o de expresión, necesariamente implique en algún momento la ofensa religiosa. Los que publican caricaturas de Mahoma o producen videos ofensivos para el islam ante todo dan muestras de una irresponsabilidad gigantesca. Las víctimas de sus "ocurrencias" son las minorías cristianas que sufren la persecución en los países de mayoría musulmana. La supuesta defensa una libertad abstracta por parte de los caricaturistas no tiene en cuenta la libertad real, histórica, de los que serán asesinados en sus iglesias. Durante demasiado tiempo hemos asistido a una demonización genérica del islam, en nombre del "Orgullo occidental", que sin matices descalifica todo lo que tiene que ver con los seguidores de Mahoma. Hay que superar las simplificaciones y reconocer, como nos han enseñado la primavera árabe, que en el islam hay mucha variedad: integrismo, yihadismo, jóvenes y clases medias que aspiran a una cierta democratización, islam del pueblo que es realmente religioso y un largo etcétera.

La libertad de expresión se concibe obligatoriamente en conflicto para una mentalidad jacobina. Lo que supone hacer una caricatura de la libertad. Es una forma de pensar que se supera si hacemos las cuentas con lo que nos sucede en la vida cotidiana. Si se somete la razón a la experiencia es fácil reconocer que todas las libertades son expresión del deseo de la mayor satisfacción posible. Esa búsqueda, burning disire la llamaba U2 en unas de sus más memorables canciones, es lo que une lo desunido, la que me permite ejercer la irrenunciable crítica que exige mi razón sin herir a nadie. No es necesario ofender ni ser irreverente para ser inteligente. Todos son amigos porque todos tienen algo que enseñar en el libre y arduo camino para hacer mía la verdad que he conocido.

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