Capacidad de pactar

Mundo · Luis Carbonel Pintanel
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26 mayo 2016
Resulta curioso que, aunque los principales partidos políticos dicen desear suscribir con urgencia el necesario Pacto Educativo, no hayan sido capaces después de tantos años de conseguir ni siquiera un triste pacto de mínimos. Tampoco los diferentes sectores educativos –cada cual con su particular sensibilidad e ideología– han conseguido nada al respecto.

Resulta curioso que, aunque los principales partidos políticos dicen desear suscribir con urgencia el necesario Pacto Educativo, no hayan sido capaces después de tantos años de conseguir ni siquiera un triste pacto de mínimos. Tampoco los diferentes sectores educativos –cada cual con su particular sensibilidad e ideología– han conseguido nada al respecto.

Lo sorprendente es que, supuestamente, todos estamos de acuerdo –sociedad y políticos– en la necesidad de mejorar la calidad educativa de nuestros estudiantes, porque sabemos que esta es la única forma de mantener el denominado estado del bienestar, de garantizar el desarrollo personal y de conseguir la inserción en la sociedad a través del trabajo. Pese a ello, no hemos sido capaces de convenir un marco legal común que permita dotar de estabilidad al sistema educativo, alejándolo de los cambios políticos, para poder centrarse en lo que verdaderamente importa: conseguir la mejor formación para nuestros hijos. Para complicar todavía más las cosas, las diferentes Comunidades Autónomas, en lugar de intentar homologar niveles de transparencia, exigencia y contenidos, han contribuido a una mayor disparidad del sistema educativo, hasta el punto de que hoy existe una diferencia de nivel en más de un curso entre algunas de ellas.

Quiero creer que la mayoría de los partidos políticos y agentes educativos tienen realmente un deseo sincero por mejorar la educación –pese a que algunos todavía cuestionan los resultados de los informes internacionales, como PISA–, por lo que se ha de concluir que existe una incapacidad generalizada para conseguir acuerdos, consecuencia quizá de que priman otros intereses espurios. De esta incapacidad surge la reflexión sobre la necesidad de educar desde la familia y la escuela en el diálogo constructivo, fundamentalmente en saber escuchar, valorar y comprender al otro, como único camino para construir acuerdos. La incapacidad de pactar –renunciando a una parte de nuestras pretensiones– la hemos visto escenificada recientemente en el espectáculo estéril al que nos han sometido los partidos políticos después de las últimas elecciones y, en mi opinión, es una de las lacras de nuestro país, por cuanto supone de individualismo insolidario.

Es urgente contemplar al otro como compañero de viaje y no como contrincante a batir, por el simple hecho de que no comparta nuestra visión o modelo educativo, y esto sólo se puede conseguir desde el diálogo y el respeto. Es cierto que la habitual dinámica de los partidos políticos y de la mayoría de los medios de comunicación está más interesada por el espectáculo que supone la confrontación, con su colección de consabidos y fáciles clichés, que en potenciar el diálogo y la reflexión.

Por eso, debe ser la sociedad civil la que tome la iniciativa y se imponga el reto de reflexionar y conseguir acuerdos: las principales confederaciones de padres, los medios de comunicación y el mundo de la empresa, la universidad, las patronales y sindicatos, los profesores de centros privados, públicos o concertados… Todos deberían comprometerse en elaborar sus “libros blancos”, su hoja de ruta, con propuestas honestas que sólo busquen conseguir para España la mejor educación posible. En tal sentido, pese a la actual interinidad política, el ministro de Educación tuvo el acierto de proponer un libro blanco que, lamentablemente, no ha conseguido el debate y los resultados que muchos esperábamos.

Tal vez haya que empezar logrando pequeños pactos o llegando a consensos en las etapas menos conflictivas como infantil o primaria; lo que en todo caso resulta urgente es ponerse a trabajar para que el Pacto Educativo pase de ser una abstracción, de la que todo el mundo opina, a convertirse en una realidad, lo que exigirá grandes dosis de respeto y generosidad por parte de todos.

Es necesario, en fin, que los intereses políticos no entren en juego en esta partida, y que las familias y demás agentes educativos potencien el encuentro y vayan por delante porque sus decisiones van a ser fundamentales en la determinación de su propio futuro.

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