Campaña bajo cero

Mundo · Horacio Morel, Buenos Aires
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11 octubre 2011
A menos de dos semanas de la elección presidencial, asistimos a la campaña electoral más fría y desmovilizada de la que se tenga memoria en Argentina. El resultado de las primarias de agosto terminó de fragmentar a la oposición, y consolidó irreversiblemente las posibilidades de reelección de Cristina Fernández de Kirchner, quien según las últimas encuestas tiene el 55% de la intención de voto, lo que la consagraría en primera vuelta evitando todo ballotage.

El claro triunfo de la presidenta en los comicios primarios provocó un efecto paralizante en la clase política. La oposición no esperaba tamaña diferencia a favor del oficialismo, que superó el 50%, y los guarismos con los que debió conformarse son insuficientes, incluso, para el armado de alianzas que de todos modos nunca tienen ni un mínimo de seriedad. Alfonsín y Duhalde, que quedaron segundo y tercero con escasa diferencia entre ambos con poco más del 12% cada uno, no sólo no han pensado siquiera en una sociedad política de hecho harto compleja por no decir imposible, sino que han visto fracturarse su propio espacio tras la derrota: Alfonsín-De Narváez y Duhalde-Das Neves ya no hacen campaña juntos. Una tibia denuncia de Duhalde de fraude electoral, sin mayor explicación ni pruebas, completó el cuadro. Este escenario le ha abierto las puertas del segundo lugar al socialista Binner, quien en estos últimos días -lejos de empeñarse en una inútil confrontación con el gobierno- ha tendido algunos puentes hacia la presidenta: Cristina no vería con malos ojos que este médico santafesino de modales sobrios sea el referente de una oposición formal durante el tercer período kirchnerista, antes que cualquier peronista clásico.

Es más, no debe descartarse que ante el dominio incuestionable de Cristina muchos justicialistas hasta hace poco opositores sigan los pasos del errático Felipe Solá, y busquen nuevo cobijo en el oficialismo, a la sombra del poder que tanto les fascina. Definitivamente nos equivocamos al sentenciar que muerto Néstor Kirchner se acababa el kirchnerismo: muy por el contrario, goza de buena salud, y su esposa ha demostrado tener el carácter y el talento político para construir poder en torno a su figura, en muy poco tiempo y sin recurrir en exceso a una imagen de viudez conmovedora o cualquier otro recurso emocional de tipo efectista.

Oposición no articulada

En lo que no erramos ha sido en puntualizar que la oposición carecía y carece de articulación armónica de un plan alternativo a la política llevada adelante por el gobierno. Ni siquiera ha sabido explotar adecuadamente las grandes fisuras de la gestión kirchnerista: el manejo arbitrario de las estadísticas económico-sociales a través del intervenido INDEC que tergiversa la lectura de la situación nacional, el uso desfachatado de los recursos de la seguridad social para el financiamiento de la política oficial, el crecimiento indisimulado del gasto público orientado no siempre a favor de los intereses populares, el cercenamiento de la libertad de prensa, la inexistencia del crédito a las PYMES para que puedan crecer y a las familias para que accedan a su vivienda, la presión tributaria tamaño oso sobre toda iniciativa productiva, la obstaculización de actividades industriales y mercantiles a través del control centralizado del comercio exterior, el escandaloso dispendio de recursos públicos a través de la Fundación Madres de Plaza de Mayo, los favoritismos del poder, la definitiva conformación de una multitud excluida de la cultura del trabajo a través del reparto clientelista de planes sociales, la manipulación de las reservas del Banco Central, el aumento sin límite de subsidios, y sigue la lista. Todo ello al tiempo que el Estado se revela incapaz de asegurarle a la población sus funciones más propias e indelegables: seguridad, justicia, salud y educación, materias en las que saca "aplazado" en cada examen.

Pero no hay real oposición, y por ello no hay debate. No lo hay ni en versión "show" ni en versión real; no habrá debate televisivo entre candidatos, ni habrá debate del modelo de país que estamos construyendo. Sólo el monólogo del gobierno, que tiene un plan en ejecución y un proyecto que no encuentra altisonancias en la sociedad argentina. Qué rol le cabe al Estado en la economía, qué tipo de sociedad deseamos, qué realidades favoreceremos con nuestros impuestos, qué orientación en materia educativa pensamos para nuestros niños y jóvenes, qué actividades económicas alentaremos, si mantendremos el diseño presidencialista de gobierno o iremos hacia el parlamentarismo, cuáles son los límites para la experimentación genética, cómo plasmaremos en leyes el precepto constitucional por el cual declaramos que la vida se inicia con la concepción, con qué socios nos insertaremos en el mundo globalizado, qué reglas y directrices nos daremos para el mundo del trabajo, cómo rediseñaremos la actividad bancaria o cómo impulsaremos el ahorro público, son todas cuestiones que, ausente una real oposición, quedan sin el necesario debate público que la parte no anestesiada de la comunidad nacional espera.

Sujeto católico

Precisamente en el campo político se evidencia como en ningún otro la falta de presencia de un sujeto católico. Es paradójico en un país que se declara mayoritariamente creyente, cuya religiosidad se manifiesta casi permanentemente en devociones populares de todo tipo, estando la Iglesia siempre presente pastoralmente acompañando esas manifestaciones sencillas y sinceras del pueblo argentino. Sin embargo, es evidente que faltan experiencias eclesiales en las que la fe se haga cultura, es decir, el modo de entender y afrontar la realidad toda: los vínculos, la economía, el trabajo, y también la política. No una mera "inspiración cristiana" que se traduzca en valores cuyo contenido o expresión se confundan en el mar de una ética más o menos socialmente consensuada, sino el criterio nacido de un acontecimiento capaz de dar a toda la vida una orientación decisiva.

También los católicos se han visto paralizados por el resultado de las primarias, del mismo modo que ocurriera el año pasado cuando el Congreso sancionara el matrimonio de personas de igual sexo, sin lograr entrever que la tradición, si no se actualiza como experiencia llena de razones y de sentido, no logra construir aquí y ahora. Es necesario desmitificar y aceptar que nunca ha existido lo que llamamos "una sociedad cristiana".

El pueblo creyente necesita aprender y comprender que la Doctrina Social de la Iglesia no es un compendio de meros principios dogmáticamente enunciados, sino la mirada viva del hombre y de la sociedad con los ojos de Cristo, es decir, una dimensión más de la experiencia de fe que lo hace caminar 70 kilómetros todos los años desde Buenos Aires a Luján, como ocurriera el sábado pasado, reuniendo a los pies de la Virgen a un millón de peregrinos.

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