Desde el escaño

¿Cambiar de sociedad?

Mundo · Eugenio Nasarre
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22 febrero 2012
Cuentan los biógrafos del general De Gaulle que, ya al final de su mandato, su ministro de Hacienda le presentó los presupuestos para el año siguiente y descubrió que el gasto público superaría el 40 por 100 del PIB. La reacción del general fue muy negativa. Al parecer, exclamó: "No podemos seguir aumentando indefinidamente el gasto público. Si traspasamos un cierto límite, estamos empezando a cambiar de sociedad".

Todos sabemos que De Gaulle no era precisamente un liberal. Había sido partidario de una banca nacionalizada y de un fuerte papel del sector público en los sectores económicos estratégicos. Pero era una persona dotada de un notable sentido común. Y ese sentido común le había conducido a pensar que una expansión excesiva del Estado haría a los ciudadanos menos libres, más dependientes de los aparatos públicos, y la sociedad misma se iría debilitando a medida de que tal proceso avanzase. La observación del general De Gaulle era muy sabia.

La crisis nos plantea con perfiles nuevos el dilema del general. Los datos de que disponemos nos revelan que durante los tres primeros años de la crisis el gasto público se ha disparado y ha superado ya el 46 por 100 del PIB nacional. Ahora probablemente esa cifra sea mayor. Los últimos datos del INE muestran que el consumo de las familias ha disminuido, mientras el de las Administraciones Públicas ha seguido incrementándose. Las familias se han empobrecido, a la par de que han aumentado las desigualdades. Por el contrario, el sector público no ha logrado hasta ahora detener su sangría. Es imprescindible reflexionar sobre las consecuencias de esta evolución con la perspectiva de la sociedad hacia la que queremos caminar.

Un reciente y sugestivo estudio del sociólogo José Félix Tezanos ha demostrado que uno de los efectos de la crisis, que ya se está verificando, es el empobrecimiento de las clases medias, sobre todo desde el punto de vista generacional. Es dramático el dato, pero estamos asistiendo a un panorama insólito y grave: los hijos de las clases medias están viviendo peor que sus padres y tienen un horizonte incierto.

Este empobrecimiento tiene no sólo consecuencias económicas sino sociales. El auge de las amplias clases medias españolas (la transformación social más importante de los últimos cincuenta años) ha sido el sostén de una sociedad que aspiraba crecientemente a ejercer la libertad en los ámbitos de su vida cotidiana: elegir escuela, médico, residencia. Ese tipo de sociedad exige que se cumplan dos condiciones, que son complementarias,: un Estado con poderes limitados y una iniciativa social pujante, que haga posible la expansión de la libertad.

Este es el fondo de la cuestión a la hora de definir las políticas para salir de la crisis. Evidentemente hay un trasfondo ideológico, cuya batalla deberemos librar en los próximos meses. Porque no se trata sólo de cuadrar las cuentas públicas (lo que resulta imprescindible, desde luego) sino de saber hacia qué tipo de sociedad queremos caminar. La lúcida observación del general De Gaulle hay que tenerla muy en cuenta.

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