Caffarra y el desafío para la fe en Europa

Mundo · José Luis Restán
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23 junio 2015
Carlo Caffarra, uno de esos grandes obispos que encarnan toda una época, espera su próximo relevo al frente de la archidiócesis de Bolonia. Pero no es la cercanía al retiro lo que le impulsa a hablar claro, porque esa mezcla de valentía y libertad que la tradición denomina “parresía” ha sido siempre una nota característica de su biografía. En una entrevista concedida a la revista italiana Tempi, el cardenal Caffarra se refiere a la reciente votación en el Parlamento Europeo que recomienda a todos los estados de la Unión adoptar legislaciones que reconozcan el matrimonio entre personas del mismo sexo, así como poner en marcha políticas educativas marcadas por la “perspectiva de género”.

Carlo Caffarra, uno de esos grandes obispos que encarnan toda una época, espera su próximo relevo al frente de la archidiócesis de Bolonia. Pero no es la cercanía al retiro lo que le impulsa a hablar claro, porque esa mezcla de valentía y libertad que la tradición denomina “parresía” ha sido siempre una nota característica de su biografía. En una entrevista concedida a la revista italiana Tempi, el cardenal Caffarra se refiere a la reciente votación en el Parlamento Europeo que recomienda a todos los estados de la Unión adoptar legislaciones que reconozcan el matrimonio entre personas del mismo sexo, así como poner en marcha políticas educativas marcadas por la “perspectiva de género”.

“Europa se está muriendo, dice el cardenal, y tal vez ni siquiera tiene ganas de vivir”. Y añade que a lo largo de la historia no ha habido civilización que haya sobrevivido al ensalzamiento de la homosexualidad. Caffarra, que fue el primer presidente del Pontificio Instituto Juan Pablo II para Estudios sobre el Matrimonio y la Familia, aclara que no se refiere a la práctica de la homosexualidad, habitual en muchas culturas antiguas, sino precisamente a su “ensalzamiento”, reflejado en la presión organizada por muchas instituciones políticas, económicas y sociales.

El cardenal explica que “el gran edificio que es la creación se rige sobre dos columnas: la relación hombre-mujer (la pareja) y el trabajo humano”. Y ve en marcha un desafío a ese designio original, que no duda en calificar de “diabólico”. En la entrevista confiesa que se ha preguntado si esa intención de desfigurar y destruir la creación tiene tanta fuerza como para vencer finalmente. Él mismo nos ofrece esta respuesta: “no, yo pienso que hay una fuerza más poderosa que es el acto redentor de Cristo, Redemptor Hominis Christus, Cristo redentor de los hombres”.

Pero quizás lo más sugerente que he encontrado en esta reflexión lúcida (que no pocos tildarán de pesimista) ha sido la identificación de los sujetos que pueden (y deben) ser protagonistas de la tarea de custodiar la visión originaria de lo humano, impidiendo el oscurecimiento de los corazones. Y el cardenal señala a los obispos y a los esposos cristianos.

Los obispos deben ser protagonistas de esta lucha “porque existen para esto, han recibido una consagración cuyo fin es este. Y cita una frase realmente sugestiva: “desde hace dos mil años el obispo constituye, en Europa, uno de los ganglios vitales, no sólo de la vida eterna, sino de la civilización” (G. De Luca). Advierte que los pastores tienen una gran responsabilidad por haber permitido la irrelevancia cultural de los católicos en la sociedad, y señala como tarea urgente, pero a largo plazo, “un proceso educativo que exigirá paciencia, compromiso, tiempo”. Por cierto, advierte también que la lucha “será cada vez más ardua”.

A continuación señala que es indispensable el testimonio de los esposos, “porque el discurso racional viene después de la percepción de una belleza, de un bien que tú ves ante tus ojos, el matrimonio cristiano”. Y aquí se abre una perspectiva esencial en la reflexión de Caffarra: “el corazón humano es aliado del Evangelio, porque ha sido creado en correspondencia con Cristo”. Tanto que, reconoce, “si perdemos este aliado no veo más caminos”. Pero el aliado está, indefectiblemente, pese a todas las dificultades culturales y frente a todos los poderes de la tierra.

Aquí conecta con la intuición agustiniana tan querida por el Papa Benedicto: al final, “el corazón no engaña… el pecado no ha corrompido radicalmente al hombre”. Y aunque el hombre pueda realizar desastres enormes, la imagen de Dios permanece en él. “En el fondo, al final, ¿qué es lo que conmovió a Agustín? Ver a un obispo, Ambrosio, y ver a una comunidad que cantaba con el corazón más que con los labios la belleza de la creación”.

Pero esta primacía del testimonio que busca encontrar el corazón de cada hombre, no debe estar reñida con una presencia activa de los católicos en el debate público, también en lo tocante a la configuración de las leyes. Frente a quienes consideran que este aspecto no debe consumir energías en este momento, el cardenal sostiene que ha descubierto, con el paso de los años, “la importancia que tienen en la vida del hombre, para tener una buena vida, las leyes civiles”. A su juicio sería un gran error y una irresponsabilidad callar sobre la injusticia de determinadas leyes, incluso si la voz y la presencia de los católicos en la plaza no es capaz de frenar su aprobación.

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