Byung-Chul Han, esperanza y fe

Leer al filósofo coreano-alemán es ponerse en contacto con nosotros mismos, con lo que pasa en la calle, y entenderlo, porque el funcionamiento cotidiano del hombre y la mujer actuales es igual en todo occidente. La vida se ha uniformado, y es igual la vida de un joven en París que en Madrid, y no hay fundamentales diferencias entre los planteamientos de desarrollo social entre Alemania o Francia, por ejemplo. La comunicación ha encogido el mundo y todos ahora tienen los mismos planteamientos vitales. Han los identifica perspicazmente y los traduce al lenguaje común en sus libros, porque en él confluyen características complementarias que contribuyen a la luminosidad de su producción literaria: la sutileza y sabiduría introspectiva orientales, el conocimiento filosófico más reciente europeo, y, sobre todo, la observación e identificación de los rasgos sociales que caracterizan a nuestro tiempo, que él percibe con su atención e intuición prodigiosas, que caracterizan al sabio oriental, ante lo que ocurre.
Byung-Chul Han se aventura en el estudio del miedo, la angustia, la desesperación y las bases de la confianza en su libro «El Espíritu de la Esperanza». Identifica a la cultura en la que vivimos como una sociedad de supervivencia, en la que nada hay que dé solidez a las relaciones comunitarias. Predomina la desconfianza y la disgregación, y no oímos alusiones a la necesidad de un trabajo común para un desarrollo armónico, sino que estamos como en un carromato en el que hay dos bueyes uncidos, cada uno tirando en sentido contrario. ¿Quién puede confiar en algo así?
Esta es la condición del miedo: la desconfianza en lo que sucederá en mi mundo, que percibimos contradictorio, y tenemos la seguridad de que lo que nos afecta ahora también lo hará en el futuro. Es esta una percepción que está en la calle hoy, en la que además tenemos la sensación de que no podemos influir como quisiéramos, ni ahora ni posiblemente en el tiempo venidero. Estamos sujetos a una falsa democracia en la que cada vez somos menos libres porque la desesperanza rompe la libertad. «Miedo y libertad son incompatibles» dice Han. En estas condiciones solo podemos esperar en sobrevivir.
El miedo nos sumerge en el silencio, la irrelevancia y en la inmovilidad de un mundo sin expectativa. En el mundo del «todo será igual» para qué movernos. Ante las guerras, los conflictos y las acciones antisociales de unos pocos a menudo hay una renuncia a intervenir colectivamente más o menos expresada en público, y cuando se reacciona nos hallamos en un mundo de «violencia contra violencia» en el cual es imposible restaurar la libertad porque se llena de angustia comúnmente sentida.
La esperanza está inscrita indeleblemente en el fondo del corazón de todas las personas. Es la luz tenue pero inextinguible de que «algo vendrá a salvarnos». Algo inesperado en el advenimiento de una desconocida novedad, un acontecimiento inesperado e impensable que aguarda agazapado a que lo descubramos. Puede reconocerse un advenedizo sostén de nuestra vida en la expectativa que tantas veces nos soporta en situaciones inciertas y problemáticas. Tenemos experiencia de ello. Algo pasará, pensamos, que nos librará de esta situación opresiva, pero no sabemos qué ni cuándo. Si no estamos conformes con la deriva social, aguardamos que pronto habrá unas elecciones en el país que algo solucionarán, queremos suponer, o si sufrimos el fatídico espectáculo de una guerra tenemos la expectativa de que no tardará la paz, aunque no tenemos seguridad ni modo de afirmar qué sucederá que nos librará de ese miedo actual o de la angustia de la desesperanza de la sensación «nada va a cambiar». En último término, la angustia y el miedo radican en no ver un sentido al presente, y la sospecha de que el futuro será igual.
Tendemos a pensar que la esperanza asienta en el tiempo venidero, pero este no es más que la simple prolongación del tiempo actual, y si no salvo mi tiempo no me salvo yo, parafraseando a Ortega. Es decir, la esperanza depende aquí y ahora en cada hombre de la firme expectativa de un acontecimiento. Y si ese acontecimiento ha ocurrido ya, la esperanza cierta que salva actúa como eficaz antídoto y nos libra de un presente asentado en el miedo. Los cristianos en el mundo sostenemos que ese acontecimiento inesperado sucedió hace 2.000 años en Belén, y esto dio una nueva perspectiva a la vida íntima del hombre en comunidad.
Sorpresivamente, la explicación filosófica de la esperanza, que desgrana Byung-Chul Han, se basa en lo mismo, en la conmoción y el asombro ante un advenimiento inesperado capaz de neutralizar la incertidumbre, la falta de sentido, y la autoafirmación narcisista solitaria del hombre autoexplotado, disgregado y angustiado de nuestro tiempo. La observación de los destellos del espíritu humano que intuye Han le permite afirmar lo mismo que asegura la fe. La llegada de una solución que permita afirmar que la paz interior está contenida en la esperanza da el verdadero significado a la vida que transcurre ya sin miedo, lo cual es la clave para entender el acontecimiento cristiano.
El camino por el que se transita metafóricamente en la vida está empedrado de certeza y confianza. En otras palabras, enlosado con fe y esperanza. Vivir una crisis personal no es solo buscar o marcharse a otra esperanza que nos parezca real, sino que es dejar de ver el sentido que antes se experimentaba y que nos daba seguridad. Es necesario, casi urgente, preguntarse en dónde, en quién, reside una seguridad resistente a toda prueba, donde está la verdadera grandeza capaz de comprarnos, de adquirir para siempre toda nuestra intención y nuestra vida. Solamente la aparición de este advenimiento inesperado, de este acontecimiento, tiene la potencia suficiente para dotar a la vida humana de una irrenunciable esperanza, por la que la realidad cobra un nuevo sentido y ofrece la posibilidad de ascender a cotas de mayor conocimiento y madurez.
La esperanza filosófica de la que escribe Byung-Chul Han no llega a colmar el corazón, solo nos lleva a una comprensión intelectual que aleja el miedo, pero no lo suprime. Las ansias de significado de la vida quedan incompletas, aunque sea clara la psicología positiva en la que se basa. La filosofía trata de explicar los movimientos del pensamiento humano, pero le falta penetrar en la Verdad, que es razonable aunque no responda a silogismos aristotélicos infalibles.
Cuando se vive sin miedo se vive en otra esfera, pero esto es exclusivamente una elaboración personal de la confianza y la certeza, es decir, de la fe. Es consecuencia de algo sobrevenido, algo inesperado, un encuentro que llena la vida de un nuevo significado. En comparación con esto, la filosofía de la esperanza es solamente una sutil aproximación a lo que es completamente accesible por la fe, que da sentido a la relación social, al trabajo, a la familia y a nuestra propia intimidad.
Recomendación de lectura: Rosalía, Simone Weil y Hildegarda de Bingen
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