Buscando un nuevo rumbo

Mundo · Ángel Satué
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9 junio 2017
El partido conservador ha ganado las elecciones. Con un sistema electoral en el que hay que ganar circunscripción por circunscripción, en las que sólo puede haber un único ganador, como si se tratara de la película de Los Inmortales, de Christopher Lambert y Sean Connery, los tories han obtenido, por ahora, 318 diputados en los Comunes para los próximos cinco años (tal vez se queden en 319 o 320).

El partido conservador ha ganado las elecciones. Con un sistema electoral en el que hay que ganar circunscripción por circunscripción, en las que sólo puede haber un único ganador, como si se tratara de la película de Los Inmortales, de Christopher Lambert y Sean Connery, los tories han obtenido, por ahora, 318 diputados en los Comunes para los próximos cinco años (tal vez se queden en 319 o 320).

May, sin embargo, no es la ganadora moral. Por la mínima. De una manera nada contundente, su partido ha perdido, al menos, 11 circunscripciones (tenían 331 diputados), y con ellas, la mayoría absoluta, que se sitúa en 326. La derrota de su más directo rival, el partido laborista, ha sido dulce (+/- 261). A pesar de haber planteado May una campaña entre laboralistas y tories (ambos favorables a abandonar la Unión Europea), hay otros partidos con representación en Westminster, y pasan a ser decisivos para conformar un gobierno de coalición, o para apoyar a uno en minoría.

A los frentes que tenía en el horizonte, como la negociación del Brexit –uno duro o uno más suave–, la necesaria construcción de una relación duradera con EE.UU., el terrorismo, la globalización, el multiculturalismo y la economía –que ya no lidera el crecimiento del G7 (hasta 2014, G8, con Rusia, que fue excluida tras la anexión de Crimea)–, se une ahora el frente interno de su partido y la necesidad de gobernar en minoría, o pactar la entrada en el gobierno de los unionistas norirlandeses –con 10 diputados–. Aunque los liberal-demócratas serían el socio natural, aprendieron la lección en el pasado y, salvo un cambio de la ley electoral, y un nuevo referéndum para entrar en la Unión, no es imaginable que apoyen a los conservadores. También hemos de considerar que el Sinn Fein ha ganado 7 asientos en el Parlamento, y que no suelen tomar su acta de diputados, lo que beneficiaría en último término a los tories, pero es muy tentador forzar a los tories a echarse en manos de los norirlandeses unionistas en pura lógica política regional.

May quiso tomar ventaja de la diferencia que le separaba del partido laborista, y reforzar así su posición tanto dentro del partido como frente a Bruselas, y no parece que se hayan cumplido sus expectativas. Le ha pasado algo parecido a lo que le pasó al otro augur torie, Cameron, que casi perdió el referéndum escocés y que provocó, como si tal cosa, la salida del Reino Unido de la Unión Europea.

A diferencia de Margaret Thatcher, que no era partidaria de virajes en sus políticas, como dejó dicho la Dama de Hierro en 1980, no está muy claro que May no vaya a realizar un “viraje en U” si se trata de sobrevivir. Es una política (que no estadista) que ha actuado errantemente y parece tener cualidades para no definir un rumbo claro –apoyaba el remain, es decir, no salirse de la Unión Europea, y ahora el Brexit; apoyó la reducción del número de policías mientras ahora defiende lo contrario; no quiso adelantar las elecciones e hizo lo contrario–. Sin duda, dependerá de las manos en que caiga, pero su ambición va a ser lo único que pueda salvar su carrera. Está por ver si se llevará por delante la fortaleza de Gran Bretaña.

El Reino Unido siempre ha jugado a buscar el equilibrio en Europa y no dejar que prevaleciera una única nación, fuera España, Francia o Alemania. Ahora, solos, fuera de la Unión Europea, con un gobierno débil, con un paro bajo (4%), pero un crecimiento del 0,2%, con los precios de las viviendas bajando en Londres y ralentizándose otros marcadores económicos, cuesta ver la Inglaterra ganadora. Podríamos pensar que será bueno para el Continente, pero ahora Occidente se enfrenta a retos y amenazas que requieren de que todos sus actores estén fuertes aunque sea desunidos.

Salieron de Europa asustados por legislaciones asfixiantes y por las interferencias políticas a sus tradiciones y leyes. Lo curioso es que los mismos habitantes de la Inglaterra profunda que “salvaron” el Reino Unido del estado Minotauro que define el profesor Zerolo, son los mismos que han salvado el futuro de la City, que se acerca con los conservadores en el poder a una nueva época dorada de escasa legislación y reglamentos restrictivos.

No le queda otra a May que mantener una política de tipo reactivo-defensivo, ante los retos que tiene en frente, y le va a faltar el empuje necesario que necesita un Reino Unido exsocio de la Unión Europea. Esta falta de fuelle, esta debilidad del gobierno, esta inestabilidad para los mercados, acaso el peor virus que puedan tener, pasa factura antes o después. ¿Por qué?

Porque es el miedo el que pasa a tomar decisiones, y a regir la nave de la democracia más antigua de Europa, con permiso del Fuero de León de 1088. Citando a Bauman, que si no se le cita ahora es como no haber escrito nada, en una época en que “los estados se están transformando actualmente en no mucho más que vecindarios grandes, circunscritos dentro de fronteras vagamente delineadas, porosas e ineficazmente fortificadas”, tenemos una sociedad británica dividida entre el futuro y el pasado, entre ser Alcatraz o ser Utopía, entre un deseo de majestad y una realidad de decadencia.

Una vez más, una sociedad europea está tocada por algo que no sabe lo que es. Es el afán de cambio. Es la búsqueda de un nuevo rumbo. Es el experimento. Es la revolución de la U. Es la búsqueda de respuestas. Y, sin embargo, no parece que acierten los británicos con la pregunta. En su descargo, nosotros tampoco.

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