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Buscando razones

Editorial · Fernando de Haro
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19 octubre 2020
La segunda ola del virus, que ya se extiende por toda Europa, se topa con la fatiga. El Centro Europeo de Control de Enfermedades tenía registrados a mediados de septiembre 2,3 millones de contagiados en el Viejo Continente. Ahora son casi el doble. Hubo en la primera ola responsabilidad para aceptar un confinamiento duro, confianza no en los políticos, pero sí en el personal sanitario y en el resto de la sociedad. Hubo solidaridad espontánea. Ahora aparecen, con mucha más rapidez, la irritación y las reacciones individualistas. Lo saben bien los que trabajan en los hospitales y en los centros de salud. Lo apuntan las encuestas. El cuadro es especialmente acusado en España donde se salió mal del encierro, apenas hubo transición entre la primera y la segunda ola y la polarización política sigue disparada

La segunda ola del virus, que ya se extiende por toda Europa, se topa con la fatiga. El Centro Europeo de Control de Enfermedades tenía registrados a mediados de septiembre 2,3 millones de contagiados en el Viejo Continente. Ahora son casi el doble. Hubo en la primera ola responsabilidad para aceptar un confinamiento duro, confianza no en los políticos, pero sí en el personal sanitario y en el resto de la sociedad. Hubo solidaridad espontánea. Ahora aparecen, con mucha más rapidez, la irritación y las reacciones individualistas. Lo saben bien los que trabajan en los hospitales y en los centros de salud. Lo apuntan las encuestas. El cuadro es especialmente acusado en España donde se salió mal del encierro, apenas hubo transición entre la primera y la segunda ola y la polarización política sigue disparada

Seguramente es inevitable que suceda algo así. Por más que se advirtió que esto sería largo, nos habíamos imaginado un final, un momento en el que todo se acabaría. Desde luego no ha ayudado la expresión “nueva normalidad” que nos ha invitado a poner límites temporales. Curiosamente ahora ya casi no se habla de lo que hemos aprendido y de cómo será el mundo después de la pandemia. Muchas de las energías iniciales han desaparecido. Y son las razones de carácter moral, que fundan esas energías, las que más necesitamos.

Se han hecho avances en el conocimiento sobre la propagación y en la respuesta médica. Pero a la hora de aclarar cómo convivir con el virus del modo menos dañino posible, la razón científica sigue sin encontrar un suelo firme. A partir de determinado grado de incidencia, si la capacidad de rastreo se ve superada, solo son útiles los confinamientos para frenar la transmisión comunitaria. Es la tesis de la OMS y de buena parte de la comunidad médica. Tesis rebatida por la Declaración de Great Barrington de hace unos días que ha apostado por suprimir los confinamientos, dejar circular el virus, hacer una protección focalizada a los más vulnerables y lograr la inmunidad de rebaño. El documento ha sido impulsado por expertos de Harvard, Oxford y Stanford. En ayuda de esta posición, completamente heterodoxa, ha venido David Nabarro, profesor del Instituto del Imperial College de Londres y asesor especial del secretario general de la OMS. Nabarro sostiene que los confinamientos solo sirven para ganar tiempo y que, si son generales, aumentan la pobreza. Días antes, el FMI, en su documento ‘The Great Lockdown: Dissecting The Economic Effects’, sostenía lo contrario. Sus expertos defendían que permitir la movilidad cuando hay una circulación significativa del virus podía ser más negativo para la economía que un confinamiento temporal.

No hay evidencias científicas para la segunda ola. Seguramente el progreso tecnológico nos ha acostumbrado a pensar que el desarrollo del conocimiento tiene los mismos tiempos que el desarrollo de una herramienta. Y son dos cosas diferentes. Desde marzo hemos visto cómo la biología se imponía a la tecnología. Y, sorprendidos y alertados, descubrimos que los tiempos de la razón, también de la científica, no son igual a cero.

La razón económica tiene aprendido de la crisis de 2008 que hay que inyectar grandes cantidades en el sistema a través de la política monetaria. No hay que tener miedo a disparar el déficit y la deuda. Ya casi se da por descontado que el BCE ampliará en diciembre su programa de estímulos en 600.000 millones de euros. La decisión del Banco del Euro nos ha salvado y estamos a la espera de la concreción del Fondo Next Generation. En las últimas semanas hemos aprendido que las ayudas de Bruselas tardarán tiempo en materializarse. La UE ha reaccionado esta vez bien. Pero eso no ha impedido que las previsiones del FMI sean malas para Europa: la Zona Euro caerá más de un 8 por ciento este año, Estados Unidos un 4,3 por ciento y China crecerá un 1,9 por ciento. Las recetas aplicadas son las correctas, pero Europa tiene que encontrar respuestas a un gran desafío para la razón económica y social: la reconversión del capital humano, sobre todo en el sur. Y eso exige cambio de mentalidades. Como dice Fernando Savater, la patria no es un hospital y los ciudadanos no somos lisiados. Ni los gobernantes enfermeros ni los medios de comunicación anestesistas.

Hemos dicho muchas veces que las consecuencias del COVID 19 se parecen mucho a las de la II Guerra Mundial. Seis años después de que se acabara el conflicto, nacía la Comunidad Europea del Carbón y del Acero. Difícilmente se puede pensar en mayor avance económico y social. Pero eso no impidió que en los años 50 del pasado siglo un viento gélido recorriera Europa: el viento de la desilusión y de un existencialismo para el que la vida se había convertido en una pasión inútil. La razón moral, la que genera evidencias sobre quién somos, sobre el significado de nuestro yo y de la relación con los otros, es la que tiene que trabajar con más urgencia en este momento. Ha sido la más olvidada. Ahora sus conclusiones son imprescindibles.

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