Terre de Personne. Fotografías de Pierre Gonnord

Buscando el rostro humano

Cultura · Javier Restán
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25 enero 2010
Hace veinte años que el francés Pierre Gonnord vive en Madrid y poco más de diez que se dedica por entero a la fotografía. Suficiente para haberse construido un espacio entre los fotógrafos más buscados y reconocidos en nuestro país y fuera de él. Todo este tiempo lleva Pierre Gonnord fotografiando rostros de hombres y mujeres aquí y en todo el mundo (Nueva York, Japón...). Ahora en Madrid presenta Terre de personne, una serie de fotografías tomada en ámbito rural, sobre todo en pueblos perdidos de los Ancares gallegos y en Portugal. Son fotos de hombres y mujeres del campo y una soberbia colección de mineros, algunos inmigrantes polacos, que trabajan en las últimas minas de la zona. Retratos en reproducción de formato gigante con extraordinario brillo y nitidez, lo que las convierte en fotografías atractivas y aparentemente fáciles.

Son retratos excelentes. Todos iguales, todos completamente diferentes. Gonnord tiene un estilo absolutamente propio que replica una y otra vez consiguiendo que puedan ser identificados inmediatamente. Fotografía con un sello absolutamente propio.

Es un fotógrafo escultor. Un trabajador constante, perfeccionista.  Igual que hay escritores o pintores que con breves brochazos de color, como una bofetada, como un torrente nos hacen ver todo de golpe, también hay otros que buscan la perfección trabajando con cincel y buril cada palabra, cada frase, cada textura. Gonnord es un fotógrafo de esta última clase: estudia cada situación en sus mínimos detalles, observa con detenimiento cada persona en su contexto para comprenderla, y luego  trata de reflejarla con exactitud y aparente frialdad. De hecho Gonnord pasa tiempo en los lugares donde viven las personas que quiere fotografiar. Habla con ellos, entra en sus casas, conoce sus historias. "Necesito un encuentro para ponerme a trabajar": y ese encuentro se ha producido en todos y cada uno de los retratados a juzgar por sus propias palabras. Habla de ellos uno a uno, conoce sus historias y sus penas, y por cierto lo hace con respeto y una capacidad de penetración notable. Es todo menos un superficial: "ahondar, eso es lo importante", afirma en una entrevista realizada con motivo de la inauguración de esta exposición.

Gonnord necesita mucho tiempo para estar en disposición de fotografiar una persona, pero ¡cuánto tiempo tomará en su estudio para preparar la persona retratada! Al menos en esta serie, y también en la mayoría de sus fotografías anteriores, todos los retratos están tomados en un estudio. Reconoce el autor que necesita "una intimidad absoluta" con el retratado en el momento de su preparación para ser fotografiado. Porque en sus fotos todo está pensado y estudiado hasta el mínimo detalle. Y en esta preparación la iluminación es el factor fundamental. Una iluminación trabajada para que sólo brille el rostro, siempre sobre un fondo oscuro. Si hubiera suficientes metros en la exposición como para alejarse de estas fotografías gigantes, al final sólo se vería un rostro brillante. Es detallista hasta el mínimo elemento y lo que parecerían elementos naturalistas del contexto vital del fotografiado están en realidad medidos al milímetro (las pajitas en los hombros, un pelo pegado a la solapa, un pliegue de la cara, la mancha de polvo de carbón…); algunos de sus retratos son casi un estudio de fisionomía. Pero su visión no es descriptiva, no es externa. Al menos intenta no serlo, intenta entrar sinceramente en quien tiene delante.

Aunque precisamente esta exposición introduce varias fotografías de paisaje que son una novedad en su trayectoria, en Pierre Gonnord fotografía quiere decir retrato. Y esto tiene que ver con los orígenes de su interés cada vez más absorbente por el arte de la fotografía. Cuenta él mismo que tras la muerte de una persona muy querida viajó a Cuba y allí comenzó a fotografiar personas que le acompañaban y otras que encontraba en su viaje. El resultado lo dio a conocer a algunos amigos y un tiempo después le llamaron para que hiciera una serie de fotografías de la soprano Teresa Berganza. Después otros artistas… y de repente se vio inmerso en el retrato, en la fotografía como retrato.

No es que antes hubiese estado ajeno a la fotografía pues el mero hecho de haber vivido en Francia y particularmente en París, un contexto tan favorable a la fotografía, hizo que se familiarizase desde temprano con este modo de acercamiento a la realidad. De hecho el primer artista que le atrajo fue el húngaro Brassai y concretamente sus fotografías del París nocturno. Mucho más evidente es la huella de Richard Avendon, con sus retratos de gran formato sobre tela, que constituyeron un hito en la historia de la fotografía y cuya modalidad, a su manera, Gonnord replica. Luego, según el propio fotógrafo francés, le interesó el mexicano Álvarez Bravo. Y ¿cómo no? la inevitable Diane Arbus… Todo le llevaba hacia el retrato.

Pero con el tiempo estas primeras aproximaciones fotográficas se fueron enriqueciendo. Dice Gonnord que su formación en el retrato "es muy clásica", y se alimenta incluso de los iconos rusos y la pintura española, Goya especialmente. Ricas referencias que ciertamente están patentes en su obra, por ejemplo en ese misterioso hieratismo de los iconos eslavos que abunda en sus retratos, o en lo que se refiere a la pintura española, ¿cómo no acordarse de algunos de los viejos castellanos elegidos por Ribera para pintar sus apóstoles, al ver algunas de las personas fotografiadas por Gonnord en la serie Regards o en Utópicos?

Así pues Pierre Gonnord bebe en fuentes profundas de la gran tradición, de la pintura, de la fotografía europea y americana. Pero Gonnord es Gonnord, y todas estas referencias, de las que se alimenta con generosidad, son materia para su memoria, pero no definen la personalidad claramente diferenciada de este artista.

Lo que llama la atención en sus retratos es el silencio. Tal vez por el fondo oscuro. Pero no sólo, porque también son increíblemente silenciosos sus retratos de la serie Far East que realizó en Japón, y allí el fondo no era oscuro, sino espacios abiertos, urbanos, habitaciones… Sin embargo todo es silencioso, desde las jóvenes desnudas que muestran sus tatuajes coloridos, hasta los retratos nostálgicos de esa galería japonesa de personajes tan exóticos y al mismo tiempo tan cercanos. Silencio.

¿Qué es lo que hace que tengamos esa sensación de silencio ante sus retratos? Quizá la ausencia del tiempo. El tiempo está detenido en sus fotografías. Así como en otros retratistas su atractivo es la capacidad de captar el valor del instante (recordemos a Weegee o Winograd, entre los mejores) en Gonnord no hay espontaneidad, no hay sorpresa, no hay tiempo. El factor tiempo es prescindible. Y por tanto su dimensión histórica, su valor "temporal", su "instantaneidad" no existe. Son esculturas. Sus fotografías son esculturas llenas de profundidad, pero silenciosas.  

El fotógrafo francés insiste mucho en que busca comprender la condición humana, que es una y la misma en todos los hombres. Pareciera que Gonnord busca "hacer un único retrato" en todos sus retratos, como afirma el comisario de la exposición. Estoy de acuerdo. En ese gusto por lo exótico (fotos en Japón), lo fuera de lo corriente (el recóndito mundo rural en esta exposición que ahora presenta en Madrid, los gitanos) y hasta lo marginal (algunos mendigos…), hay como un desafío, el de comprobar cómo también en estos hombres y mujeres que están en el extremo subyace un mismo deseo. Es una insistente y obsesiva lucha por entrar en el misterio del rostro humano, que comparte con muchos otros grandes fotógrafos.

Terre de personne se disfruta con facilidad y es una invitación a detener la mirada en el rostro humano, sin duda el paisaje más precioso. 

Terre de personne

Pierre Gonnord

Sala de Exposiciones Alcalá 31, Madrid.

Hasta el 28 de febrero.

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