Buenas razones en los ojos

España · Fernando de Haro
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7 abril 2014
El pasado fin de semana ha tenido lugar el EncuentroMadrid, un ´hijo pequeño´ del Meeting de Rimini que se celebra durante la primavera en esta ciudad. Se ha convertido en una rara avis en su género porque, aunque es una iniciativa católica, no se dedica a la apologética ni es una escuela de formación para cuadros. Es una clara manifestación de cultura popular que esta vez ha reunido a intelectuales judíos, periodistas ateos, representantes de la alta cocina y una variada gama de personajes que no suelen verse juntos.

El pasado fin de semana ha tenido lugar el EncuentroMadrid, un ´hijo pequeño´ del Meeting de Rimini que se celebra durante la primavera en esta ciudad. Se ha convertido en una rara avis en su género porque, aunque es una iniciativa católica, no se dedica a la apologética ni es una escuela de formación para cuadros. Es una clara manifestación de cultura popular que esta vez ha reunido a intelectuales judíos, periodistas ateos, representantes de la alta cocina y una variada gama de personajes que no suelen verse juntos. Algo normal en Italia pero extrañísimo en una España en la que siempre hay que estar de una parte: o con el frente de los derechos o con el de los valores, o con el prolife o con el prochoice, con la izquierda o con la derecha. Hace algún tiempo algo así hubiera parecido un sueño, pero cuando se tiene paciencia y se pone una cancha en la que se ´utilizan palabras de verdad´ hasta los muros más altos pueden caer.

El título de esta edición ha sido ´Buenas razones para la vida en común´. La sorpresa es que los voluntarios, los asistentes y los participantes en los diferentes encuentros no se han llevado en la cartera un largo catálogo de buenas intenciones ni argumentos esculpidos en piedra. Más bien han visto suceder ante sus ojos esas razones.

La edición de este año ha comenzado con un encuentro sobre Europa. El debate sobre el futuro de la Unión ha sido un paradigma del dilema ante el que todos nos encontramos para construir la vida en común. Las elecciones del próximo 25 de mayo son un auténtico referéndum sobre el proceso de construcción europea. Le Pen en Francia, Grillo en Italia, los nuevos euroescepticos holandadeses, filandeses y muchos otros más amenazan con hacer saltar por los aires todo lo que se levantó tras la Segunda Guerra Mundial. El nihilismo escapa hacia el nacionalismo. Pero la Unión, convertida en una máquina burocrática, no encuentra una identidad que resulte atractiva. El humus de la postguerra se ha disuelto. La incapacidad para dar el salto a la federación de los 28, con una política y una economía común, provoca que el Parlamento y la Comisión se enfoquen hacia la cuestión social. Y en la cuestión social domina el enfoque de los nuevos derechos. Ningún escándalo. Políticamente la Unión refleja la perplejidad del hombre postmoderno: ya no sabe quién es y le tienta convertirse en un experimento de sí mismo. No es solo el problema de los progresistas, también los defensores de la tradición sienten esa fascinación. Como ha asegurado el cardenal Scola, en su intervención en la Casa de Campo, donde se celebra el EncuentroMadrid, ´todos somos boxeadores noqueados´ que se consiguen levantar de la lona en el último momento.

¿Desde dónde recomenzar? Paradójicamente no hay buenas razones para percibir al otro como un bien, para una vida en común, sin realizar una indagación existencial. Junto a la posibilidad de convertirnos en doctores Frankestein de nosotros mismos, está la evidencia de que somos relación. Reconocerlo y desplegarlo es la primera política, como decían los grandes disidentes en la época en la que el comunismo dominaba media Europa. Ahora lo que domina es una ideología del mercado. Pretende hacernos olvidar que hasta lo más íntimo de la economía se rige por la gratuidad.

Si la primera política es reconocerse en relación –sin el otro no me comprendo– se entiende por qué el EncuentroMadrid ha reivindicado el testimonio como forma de ´intervención histórica´. No estamos hablando ni mucho menos de la ´opción espiritual´ que predicaban algunos católicos hace décadas. Todo lo contrario, el testimonio no es sólo una categoría ética, es aquello que permite comprender quién soy, quiénes son los demás. De ahí es de dónde surge la construcción, del acceso a una verdad llena de carne y de tiempo.

Todo esto exige abandonar la vieja mentalidad del militante. No hay ningún bastión que defender. No hay barrera que separe a católicos de no católicos, la fe no distancia, descubre inesperados compañeros de camino. Hace falta contarse unos a otros, con palabras comprensibles, lo que nos ha sucedido. Todo esto que aquí está dicho con muchas palabras, en la cara de los adolescentes que preparaban hamburguesas y limpiaban el suelo de la Casa de Campo estaba relatado, de un golpe, en la sonrisa de sus ojos.

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