Brechas en el sistema

Editorial · Fernando de Haro
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2 julio 2023
Toda respuesta sobre el sentido basada en el espacio y no en el tiempo acaba siendo ideológica. Hay prisa por eliminar el misterio del yo porque el misterio del yo se ha vuelto a hacer presente.

“¿Qué hemos venido a hacer aquí?” se pregunta Manuel Jabois en el diario El País la semana pasada. Hace tiempo que la prensa en España ha dejado de ser solo un medio para transmitir información, alimentar la polarización política y proporcionar análisis. En las páginas de cualquier periódico, todos los días, se encuentran las grandes preguntas. Jabois señala “naces, creces y cuando llegas a la vida adulta, pierdes de vista cualquier objetivo”.  Y añade: “por supuesto la pregunta no tiene respuesta”. Solo quedan algunos “buenos momentos” con los que acomodarse. La pregunta es demasiado dramática como para que el lector acepte una respuesta tan rápida. En su “por supuesto” vibra el deseo de que sea de otro modo.

El columnista concibe la vida como el espacio del no-significado. En realidad toda respuesta sobre el sentido basada en el espacio y no en el tiempo acaba siendo ideológica. El espacio es algo cerrado, perimetrado, limitado por muros. También quien dice que la vida tiene un sentido político o religioso y  lo encierra dentro de una frontera, cae en la ideología. El significado no puede tener fronteras, no puede ser concebido de forma espacial. El significado ha sucedido, está sucediendo, sucederá. El significado está vinculado al tiempo, a lo abierto. Si no es acontecimiento, es una cárcel. Esto explica por qué la post-verdad desarrolla sistemas de desinformación autosuficientes e impenetrables.

Teóricamente en este comienzo del siglo XXI nos movemos entre espacios de no-sentido y espacios de sentido cerrados sobre sí mismos. Hasta que la realidad irrumpe y provoca aperturas en los muros. Pensemos en lo que está sucediendo con la Inteligencia Artificial (IA). Todo el vértigo que suscita  el desarrollo de la IA generativa tiene que ver con el poder ilimitado que puede alcanzar. Pero lo que verdaderamente nos provoca miedo es la posibilidad de un desarrollo de la máquina que llegue a la autoconciencia. Dejaríamos de ser “únicos”. El avance de la IA corre paralelo a la  investigación de la neurociencia. La inmensa mayoría de los neurocientíficos, aunque no haya evidencias suficientes, estaría dispuesta a afirmar que la autoconciencia es un fenómeno químico o físico, que la conciencia corresponde al máximo de concentración de información posible. El sistema neuronal genera algo totalmente diferente a las partes que lo componen. El cerebro está compuesto de moléculas, neuronas, circuitos, áreas corticales. Y de repente, de la cantidad nace la cualidad. La conclusión es sencilla: cuando el desarrollo de la IA alcance una complejidad semejante al sistema neuronal humano, la maquina podrá decir “yo”. Para hacer una afirmación de ese tipo hace falta más ideología que ciencia. Se trata de confirmar la idea de que la vida es un espacio de no-sentido. Pero solo la rapidez con la que se quiere cerrar el desafío planteado por la IA y la neurociencia delata que se ha abierto una brecha. Hay prisa por eliminar el misterio del yo porque el misterio del yo se ha vuelto a hacer presente.

En otro plano totalmente diferente, el de la identidad personal, sucede algo semejante. La “epidemia de disforia” que sacude el mundo occidental ha convertido el infierno del cambio de sexo (no es un cambio de género) en un supuesto paraíso para muchos jóvenes. La epidemia no se explica solo por las presiones de ciertos lobbies. En la vida del adolescente emerge dramáticamente, generando incomodidad, el misterio de su propio yo. Y en ese momento se quiere alcanzar una solución rápida. Y es fácil percibir o hacer creer que un nuevo espacio para ese yo, un cambio de  la naturaleza biológica, será fuente de liberación. Tanto en el caso de la neurociencia como en el de la identidad biológica, el yo abre una brecha. Son formas de suplicar que suceda algo.

 

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