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Borghesi: ¿Cómo comprender en profundidad la decisión del Papa en este momento de la Iglesia y del mundo?

Mundo · PaginasDigital
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28 febrero 2013
En el momento actual de la historia de la Iglesia, marcada por el gestoinesperado de Benedicto XVI, planteamos algunas preguntas a Massimo Borghesi, profesorordinario de Filosofía moral en la Universidad de Perugia y docente deFilosofía y Religión en la Pontificia Universidad Urbaniana de Roma.

En el momento actual de la historia de la Iglesia, marcada por el gesto inesperado de Benedicto XVI, planteamos algunas preguntas a Massimo Borghesi, profesor ordinario de Filosofía moral en la Universidad de Perugia y docente de Filosofía y Religión en la Pontificia Universidad Urbaniana de Roma.

La decisión del Papa muestra la aceptación del límite, un concepto recuperado por filósofos marxistas como Vacca, Sorbi, Barcellona o Tronti, que reconocen precisamente en la emergencia antropológica de la bioética, evidenciada por Ratzinger, un punto en común para responder al dominio de la técnica y del poder ilimitado. ¿Se podría entender de este modo el gesto del Papa?

El concepto de ´límite´ es el punto central de la teología y pensamiento de Ratzinger. La sabiduría, humana y cristiana, consiste en tomar conciencia de los límites de nuestra naturaleza, en no forzarlos en inútiles y peligrosos empeños titánicos. De ahí toma forma su crítica a la teología política, el mesianismo político, a la confusión entre gracia y naturaleza. El gesto soberano, inédito, de la renuncia del ministerio papal obedece a esa misma lógica. El hombre Ratzinger, con una total y cristiana libertad frente al poder, sabe ante sí mismo y ante Dios que ya no es capaz de asumir plenamente el oficio petrino. Un papa anciano, que ya no puede permanecer confinado en San Pedro como sucedía antes del Concilio, no puede sostener el ritmo impuesto por el contexto actual. Esta conciencia de los límites, fruto de la edad, se encuentra en Benedicto XVI con una profunda humildad, la virtud propia del cristiano según san Agustín. Este hombre, que es quizá el mayor teólogo vivo, el que dio cobertura teológica al pontificado de Juan Pablo II, ha demostrado tener una distancia con respecto al poder que quedará como ejemplo en la historia de la Iglesia.

Este Año de la fe es también el aniversario del Edicto de Constantino del año 313. Para algunos, esta fecha marca el fin de la iglesia auténtica que aceptó el compromiso con el poder. ¿Existen elementos en este sentido ante la intransigencia del Papa con los recurrentes problemas de las finanzas vaticanas?

Hay que distinguir entre el edicto de Constantino, promulgado junto al pagano Licinio en el 313, y el edicto de Tesalónica de Teodosio en el 380. El edicto constantiniano es en realidad un acto de libertad religiosa para paganos y cristianos, cuya importancia fundamental celebramos justamente en el año presente. Con respecto al Año de la fe, hay que decir que ha sido convocado por el papa Benedicto XVI teniendo en cuenta no sólo los escándalos, graves, incluso tal vez gravísimos, que han marcado a la Iglesia y al clero en los últimos decenios, sino también el desgaste de la fe, sobre todo en el viejo continente. En Europa varias naciones ven cómo el cristianismo está ya en vías de extinción. En Francia y en el norte de Europa, con la excepción parcial de Alemania, la secularización de las costumbres y de la mentalidad es radical. El porcentaje de aquellos que frecuentan la Iglesia no supera el cinco o seis por ciento. En Holanda e Inglaterra las iglesias se han convertido en pubs, discotecas, museos. Es distinto el caso de África, Asia, América Latina, donde las vocaciones se multiplican y la fe se difunde, pero en Europa el escenario es trágico. Por eso, convocar un Año de la fe no ha sido un gesto pío, devoto. Es más bien la expresión de un juicio, serio y motivado, sobre el estado presente del a Iglesia en el Occidente europeo, sobre el hecho de que el renacer de la fe, en un mundo ya pagano donde los jóvenes no tienen la más mínima idea de qué es el cristianismo, es la principal urgencia.

Para losque, prescindiendo de una visión teológica, conocen la profundidad de lareflexión de Benedicto XVI ha sido evidente la incomprensión y superficialidadde los comentarios sobre sus catequesis. ¿Qué aspecto merece particularmenteser destacado y profundizado en este momento de la vida de la Iglesia y delmundo?

Lascatequesis de los miércoles de Benedicto XVI son de una extraña belleza.Resuena en ellas el lenguaje de los grandes Padres de la Iglesia, de Ambrosio,de Agustín. En este caso tampoco se trataba de un mensaje devoto, sino de unadecisión ponderada. El Papa está seguro de que nuestro tiempo presentaanalogías con el cristianismo de los primeros siglos. Por eso la comunicaciónde la fe debe ser sencilla, mirar a lo esencial, valorar tesoros de latradición para el hombre de hoy. No se trata de estrategias, sino de un juicio.Frente a una Iglesia rígida, burocratizada, el Papa teólogo ha manifestado loque debe ser la autoridad de la Iglesia, la de un pastor que cuida de susalmas, que las apacienta a partir del amor de y a Cristo. Que se las confía aCristo. El legado que este Papa deja a la Iglesia, que se hace ejemplar con sugesto de renuncia, es que la Iglesia es de Cristo. En el sentido de que estáhecha de Cristo, no la hacemos nosotros, es obra Suya. La increíble serenidadde Benedicto XVI, en medio del torbellino de luchas vaticanas y escándalossexuales del clero, encuentra aquí su razón de ser. Benedicto, siguiendo aAgustín, ha sido el Papa de la gracia, de la mansedumbre, de la humildad, de lasonrisa buena. Esta es su herencia para la Iglesia que viene y así lo queremosrecordar.    

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