Bienvenidos a la Argentina real

Mundo · Horacio Morel (Buenos Aires)
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27 febrero 2012
Hay hechos que desnudan sin pudor la verdad. Entonces, no hay estadísticas ni análisis que la contradigan, no hay conferencia de prensa que disimule lo que es patente. El incidente ferroviario del pasado miércoles (el calificativo de ‘accidente' no cabe, pues se trató de un episodio evitable) dejó el lamentable saldo de 51 muertos y más de 700 heridos.

Apenas habían pasado unos minutos de las ocho y media de la mañana cuando una formación proveniente del oeste del Gran Buenos Aires, atiborrada de pasajeros como todas las mañanas, llegaba a la terminal de Once y se quedó sin frenos. Al impactar contra la contención del final del andén, el segundo vagón se metió dentro del primero siete metros. Las imágenes de la T.V. mostraron la desesperación de los que quedaron aplastados y que pugnaban por salir del tren, y los cuerpos tendidos de los que perdieron la vida. Mientras los socorristas hacían su trabajo con denuedo, el inevitable debate sobre el estado de las concesiones ferroviarias ganó los espacios de los medios. Desfilaron especialistas, sindicalistas, políticos opositores y economistas explicando lo que para el ciudadano común es obvio: que los servicios públicos de transporte (en este caso, los trenes) son obsoletos, que llevan más gente de lo aconsejable, que el Estado subsidia pero no controla, que los concesionarios carecen de la experiencia técnica suficiente, etc.

Si algo faltaba para poner al descubierto la ineficacia oficial, la búsqueda angustiada de los desaparecidos que no lograban ser identificados ni entre los cadáveres de la morgue ni en las listas de internados en los hospitales concluyó con la dolorosa aparición -cincuenta y siete horas después del ‘accidente'- del cuerpo de Lucas, un chico de 21 años, "olvidado" por el operativo policial en el cuarto vagón del tren.

En un país serio, estas cosas no ocurren; en uno que aspira a serlo, unos cuantos funcionarios piden disculpas y renuncian; en estas latitudes, no pasa nada, porque "todo pasa" y el negocio de enriquecerse con la función pública (o contratando con ella) sigue.

Un poquito de connivencia involuntaria de los simples mortales (tan simples que nos podemos morir cualquier día yendo al trabajo) existe. En la medida que la desgracia nos es esquiva, el lamentable estado de cosas no altera nuestra rutina. Confiscan los ahorros, pero los míos no; muere gente, pero yo zafé porque tomé el tren anterior, y así seguimos como si nada pasara, o como si todo pasara al olvido. Vivimos una vida ‘privatizada' en la que el destino común de todos nos resulta algo ajeno, indiferente. Hace un par de días, el ‘Chapa' Branca, un histórico del rugby argentino, un tipo querido y respetado por todos, empresario textil siempre dispuesto a brindarse en gestos solidarios, dijo en Villa La Angostura -la hermosa localidad de la Patagonia castigada por las cenizas del volcán Puyehue- que los argentinos en la abundancia somos bastante malos, pero que ante la tragedia siempre damos muestras de solidaridad. Es una verdad a medias: cierta en las grandes catástrofes, que por aquí siempre abundan lamentablemente; falsa en las pequeñas tragedias de todos los días.

No era necesario que 51 personas murieran para que sepamos que todos los días viajamos como ganado para llegar al trabajo, siempre a la merced de los abusadores y los arrebatadores de cada mañana. Mucho menos necesario aún que el secretario de transporte tuviera la falta de tino de decir ante los periodistas que la culpa del resultado tan doloroso fuera de los pasajeros que prefieren mayoritariamente viajar en el primer vagón para ahorrarse la caminata del andén al descender, o que se tratara de un día laborable y no de un feriado. Como una ironía del destino, el mismo día de la desgracia de Once el juez federal más cuestionado por su sociedad funcional con el gobierno anuló las pruebas que comprometían al anterior secretario de transporte, procesado en varias causas por los turbios manejos de fondos públicos con los concesionarios a quienes en estas horas, como consecuencia directa del episodio de la semana pasada, se evalúa cancelar el contrato ferroviario.

Los números "macro" de la economía no logran explicarlo todo, ya se sabe. Nueve años de crecimiento constante no garantizan una vida mejor para todos: sólo para los pocos invitados a la fiesta, que por lo general no viajan en tren. Para conocer al país real no hace falta leer los informes de las descalificadoras, hay que recorrer calles y andenes.

Hace apenas cuatro meses el gobierno de Cristina obtuvo un aplastante triunfo electoral. En este corto tiempo, situaciones varias jaquean la bondadosa adhesión de las urnas: el anuncio de un impostergable y violento ajuste de tarifas ante un estado de cuentas públicas no tan saludable, un sonado caso de corrupción que compromete al vicepresidente, el control absoluto y meticuloso de importaciones al punto de paralizar las mismas -eficaz para evitar en parte la fuga de dólares del sistema financiero pero también para desabastecer a la industria de materia prima e insumos o a los enfermos de medicamentos-.

Si el gobierno está cerca de perder la brújula, la oposición hace tiempo que perdió el despertador y no lo encuentra, si no es que abandonó la búsqueda.

En la sociedad del "todo pasa", es fácil que mueran unos cuantos y no pase nada.

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