Editorial

Bienvenida sea la política

Editorial · Fernando de Haro
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5 diciembre 2015
Vuelve la política. Bienvenida sea. Podemos recibirla sin miedo. Hace unos días el salón de actos de la Universidad Carlos III en Madrid estaba lleno a rebosar. Más de 2.000 alumnos esperaban para seguir de cerca el debate entre Albert Rivera (Ciudadanos) y Pablo Iglesias (Podemos). Muchos se quedaron sin entrar. El acto se transmitió por internet y ha sido un hito en la pre-campaña. Los estudiantes, que hace años eran abstencionistas, abstencionistas del voto, de la democracia, de cualquier cosa que no fuera su pequeño y escapista huerto interior, ahora quieren saber de tipos marginales del IRPF, de rentas de inserción, de complementos salariales garantizados, de reformas constitucionales… Los debates a dos que habían perdido audiencia en la pasada campaña, ahora que son a tres o a cuatro despiertan pasiones.

Vuelve la política. Bienvenida sea. Podemos recibirla sin miedo. Hace unos días el salón de actos de la Universidad Carlos III en Madrid estaba lleno a rebosar. Más de 2.000 alumnos esperaban para seguir de cerca el debate entre Albert Rivera (Ciudadanos) y Pablo Iglesias (Podemos). Muchos se quedaron sin entrar. El acto se transmitió por internet y ha sido un hito en la pre-campaña. Los estudiantes, que hace años eran abstencionistas, abstencionistas del voto, de la democracia, de cualquier cosa que no fuera su pequeño y escapista huerto interior, ahora quieren saber de tipos marginales del IRPF, de rentas de inserción, de complementos salariales garantizados, de reformas constitucionales… Los debates a dos que habían perdido audiencia en la pasada campaña, ahora que son a tres o a cuatro despiertan pasiones. El ritmo en ellos es frenético: lluvia de propuestas, muchas de ellas muy técnicas. Las entrevistas de “rostro humano” a los políticos alcanzan shares altos. La campaña decide, todo es mucho más fresco que otras veces, todo más abierto que nunca. Las etiquetas se quedan viejas. Ha vuelto decididamente el interés por la política gracias a las nuevas formaciones.

Es un “fervor” que despierta simpatía. Por tres razones. Por principio, por estima hacia el compromiso con la vida pública y porque buena parte de este interés transcurre por el cauce constitucional.

Por principio no es inteligente ni humano ponerse ante los movimientos que marcan la historia y la vida de una sociedad como quien está en un castillo o en una trinchera defendiendo posiciones fijas que necesariamente son mejores que lo nuevo. Estamos ante un cambio de onda larga, que se ha manifestado en una crisis institucional y económica sin precedentes. Los nuevos procesos, y este es uno de ellos, requieren ser aclarados, depurados, sin duda comprendidos y, sobre todo, valorados. Todo tendrá que volver a comenzar más de una vez durante los próximos años en una Europa que no ha sabido dar sustancia a su proyecto de unidad política, en una España en la que los valores de la transición democrática se han quedado a menudo vacíos, en un Occidente que sigue recurriendo a fórmulas de mercado y de Estado que se han manifestado claramente insuficientes.

Este nuevo interés por la política tiene, en gran medida, su origen en el 15-M de 2011. En su grito contra los partidos políticos tradicionales y contra un sistema financiero rescatado y protagonista de unos desahucios manifiestamente deshumanos. Bruselas ha dicho en no pocas ocasiones cosas parecidas a las que decían los indignados: los lanzamientos hipotecarios en España no han sido justos. El 15-M ha sido un afluente de este nuevo río. Pero hay otros. En los últimos meses desde muchos campos han surgido numerosas iniciativas que reclaman otra forma de hacer política.

No está mal para un país como España donde tradicionalmente ha habido un déficit de implicación en la res publica. La debilidad de esta implicación es la causa de que la sociedad civil española sea una de las más raquíticas de Europa. España está a la cola de los países europeos (junto a Portugal) en la participación en campañas de recogida de firmas. Los índices de voluntariado son también muy bajos. Sólo el 17 por ciento se involucra en acciones de voluntariado de forma organizada. El compromiso en las entidades no lucrativas está ligeramente por encima del 30 por ciento, ratio también inferior a la media europea. La financiación del Tercer Sector muestra lo poco “públicos” son los españoles. Es un sector que depende en exceso de la subvención estatal. Y el reparto de la financiación privada refleja una clara anomalía: en el resto de Europa las empresas aportan el 25 por ciento de los fondos y los particulares el 75 por ciento. En España es justo al contrario (25 particulares, 75 empresas).

El creciente interés por la política y por lo público no significa necesariamente que se vaya a corregir la tradicional debilidad de la sociedad civil española. En este campo no hay automatismos. La nueva política se puede hacer con los viejos esquemas, con un estatalismo que le pida al Estado que resuelva todos los problemas. Pero siempre será más fácil recomenzar cuando la vida de la ciudad nos ha empezado a interesar. Mientras haya interés por lo público, será más fácil entender que público y estatal no son la misma cosa.

Nueva política, sí, pero en gran medida a través de los cauces constitucionales. España no es Grecia. Y los deseos de renovación, en gran medida (la intención de voto de Podemos ha disminuido sensiblemente) transcurren por cauces que tienen poco que ver con el populismo radical. No cuestionan la pertenencia a Europa, no ponen en entredicho las bases constitucionales. No parece (a juzgar por lo que dicen las encuestas) que haya en marcha una revolución desordenada que amenace libertades esenciales. Sí un cambio. ¿Y por qué no?

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