Bienestar para el futuro 2

Mundo · Carlo Pelanda
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16 agosto 2013
En un discurso de 2003, Alan Greenspan, entonces Presidente de la Fed, enfatizó en este concepto. Y hay que hacer notar que fue un banquero central y no un profesor el que subrayó con más fuerza la necesidad de una revolución cognitiva. La filosofía moral de impostación libertaria prescribe que, si tienes un problema en la sociedad, reduces el Estado y se resuelve. En los hechos históricos, después de casi un siglo de observaciones, esto se ha demostrado cierto sólo en parte.  Si hay demasiado Estado, se crea una patología social (desde el bloqueo del crecimiento económico hasta la vaguería social debida al asistencialismo irresponsable) y ciertamente la mejor cura es quitarlo lo más posible. 

En un discurso de 2003, Alan Greenspan, entonces Presidente de la Fed, enfatizó en este concepto. Y hay que hacer notar que fue un banquero central y no un profesor el que subrayó con más fuerza la necesidad de una revolución cognitiva. La filosofía moral de impostación libertaria prescribe que, si tienes un problema en la sociedad, reduces el Estado y se resuelve. En los hechos históricos, después de casi un siglo de observaciones, esto se ha demostrado cierto sólo en parte.  Si hay demasiado Estado, se crea una patología social (desde el bloqueo del crecimiento económico hasta la vaguería social debida al asistencialismo irresponsable) y ciertamente la mejor cura es quitarlo lo más posible. Pero si se deja un vacío en el plano de las garantías, entonces la libertad tiende a no volverse productiva sea en el plano de la calidad social, sea en el de la difusión de la riqueza. Tal evidencia en los datos de investigación me ha hecho poner en el cajón los estupendos clásicos de la filosofía de la libertad y sustituirlos por una investigación realista y actual, aunque siempre marcada por el convencimiento de que cuanta más libertad mejor (los libros de aquellos que quieren resolver un problema aumentando el Estado los he tenido bastante presentes para mantener la conciencia del mal contra el que luchamos).

Para ser claro, a principios de los Noventa, di a mis colaboradores (doctorandos de un grupo euroamericano) las siguientes instrucciones para organizar un “programa de investigación” dedicado a la reforma de los modelos de bienestar, tanto en América como en Europa, porque evidentemente, no funcionaban ninguno de los dos, no obstante la diversidad, mostraban las mismas tendencias degenerativas, es decir, un tercio de pobres y disminución de la clase media:

–          el objetivo de una garantía directa es el de proporcionar un valor de mercado al individuo, es decir, trasformar los débiles en fuertes;

–          el objetivo de una garantía directa es el de mantener una configuración del mercado donde este sea el lugar donde sea más posible que la economía crezca;

–          misión: reproyectamos el bienestar americano que proporciona una buena garantía indirecta, pero no ofrece las directas, y el modelo europeo que ofrece una garantía indirecta insuficiente y las indirectas son ineficaces y contraproducentes.

Para quien esté interesado, los resultados de esta misión de investigación se pueden ver en el ensayo Crisis y reforma del capital (en E. Luttwak, C. Pelanda y G. Tremonti, El fantasma de la pobreza, Mondatori, Milán 1995) y en los libros El estado del crecimiento (Sperling, Milán 2000); Soberanía y riqueza (con P. Savona, Sperling, Milán, 2001); Fórmula Italia (Aneli, Milán 2011).

Hasta finales de los años Noventa, tenéis que seguir casi solo el programa, porque los jóvenes investigadores se dieron cuenta que las soluciones que nosotros habíamos elegido no les dejaban hacer su tarea en las universidades ni de cara a la asistencia de las garantías ni de cara a las inversiones.

En particular, las peticiones argumentaban la recomendación de invertir más dinero público en el ámbito de una reducción de tasas, o en estimular el crecimiento económico, en la educación de los individuos, es más, en forjar en ellos un verdadero “poder cognitivo” como garantía directa. El coste de una supereducación de masa como esta comportaría una reorganización importante, aunque gradual, de las tasas de los presupuestos públicos dedicados a la burocracia y los costes sociales. Por estos motivos del mantenimiento de la burocracia y de la protección hubo un rechazo de la idea por parte de la izquierda política y académica tanto americana como europea. En América, la derecha liberal también rechazó la idea, porque percibió como antiliberal un programa que habría forzado a familias e individuos a adherirse a un estándar de supereducación, incluso con la contribución del dinero público, si no bastara el dinero privado. En esta posición (libres también de ser ignorantes) se daba la idea de que la libertad es condición suficiente para el éxito económico, mientras los datos de la realidad mostraban que, si la libertad no está organizada, o incluso cargada de poder cognitivo individual, no es productiva. En Europa, quitando Reino Unido, no había ni hay una masa crítica de liberales y los ambientes tanto político como académico ven una confrontación entre dos estatalismos con alguna aparición, de vez en cuando, de los heroicos liberal-cristianos.

En resumen, la idea de crear una verdadera garantía directa de transformación del individuo dando a todos un poder cognitivo que habría determinado un elevado valor de mercado, reduciendo los recursos por otras garantías sociales y proteccionistas, con la excepción de los casos en los que se da una extrema necesidad, no encontró ningún espacio y, es más, asustó tanto a la izquierda como a la derecha.

Pero, sin embargo, me escucharon con atención,  en el ambiente financiero, en particular, en 2002-2003, en los grupos de investigación que operaban en contacto con la Reserva federal estadounidense. Para ellos era claro que el único modo de mantener el sistema económico en crecimiento sin generar demasiada inflación, en una situación de progresivo agotamiento del incremento demográfico, era el de desarrollar un tipo de economía donde fuera posible aumentar el valor añadido de las producciones, es decir, una economía basada en el conocimiento. Pero para alimentar una economía basada en el conocimiento, que se de a nivel de masa tanto por los productores, como por los consumidores más competentes, sería necesario invertir mucho más, muchísimo más, en la formación de los cerebros. En resumen, la nueva garantía de inversión individualizada en las capacidades cognitivas de masa encontró una clara utilidad en relación con los futuros requisitos de crecimiento.

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