Bibiana y Magdalena: el mismo estatalismo

Cultura · Fernando de Haro
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11 junio 2008
La comparencia de Bibiana Aído en el Congreso para explicar sus planes al frente del Ministerio de Igualdad y la respuesta del Gobierno a la huelga del transporte tienen algo en común. No hay una política que reconozca la diferencia sexual, previa a la intervención del Estado. No hay una política económica que reconozca el papel de las pequeñas y medianas empresas, expresión de una sociedad civil creativa.   

Este lunes, uno de los símbolos de la segunda legislatura de Zapatero aparecía en el Congreso, enfundando sus 31 años en un rojo poco discreto, mientras los camiones colapsaban el asfalto, provocaban tensión en las carreteras y miedo al desabastecimiento… la primera huelga seria a la que hace frente el nuevo socialismo. Al tiempo que la ministra Bibiana Aído -con ese acento que sólo se cría en los escasos kilómetros en los que el Estrecho es un paraíso de alcornoques sobre arena fina y mirto, de dunas en las que se tocan las columnas de Hércules- desgranaba los planes de su Ministerio de Igualdad,  que no son planes sino ideología de género, las retenciones kilométricas  generaban miles de horas perdidas sin derecho a indemnización. Detrás del lapsus, que quizás no era sólo un lapsus, con el que llamó a los diputados, representantes de la soberanía nacional, "miembros y miembras", se desliza algo más que un error gramatical. Es el error de construir una nueva antropología en la que no hay sexos, no hay deferencia natural sino géneros construidos por la convención para superar la dominación histórica de lo masculino sobre lo femenino.

El "miembro" sería el poder contra el que luchar para superar la creciente violencia que sufren las mujeres. No se hacen las cuentas con el hecho de que detrás de esa violencia hay una pérdida de conciencia de la propia dignidad y  falta de autoestima creciente de las nuevas generaciones con dependencias afectivas diabólicas. Se aplica el viejo esquema marxista. Y por eso la ministra anuncia programas de "reeducación". Quiere, según ha declarado, "contribuir con políticas preventivas a otro modelo de masculinidad, desde el que establecer las relaciones de pareja sobre nuevas referencias". Un nuevo modelo de masculinidad que no consiste en que los hombres echen una mano en casa. Se trata de suprimir la diferencia natural, la polaridad irreductible entre hombre y mujer en la que se fundamenta nuestra sociabilidad: no existe el individuo cerrado y autosuficiente, sino la persona necesitada de la complementariedad.  El feminismo, convertido en ideología de género, al eliminar la diferencia natural de identidades, entrega el sexo y la familia al Estado, que se convierte en la única instancia objetiva.

El Gobierno con su estatalismo feminista, empeñado en destruir el valor social de la diferencia entre hombre y mujer, quiere  sustituir al viejo socialismo. Pero una cosa es la agenda deseada y otra, la agenda real. La crisis, para la que no se han tomado medidas, estalla con la huelga de transportistas. Zapatero y su equipo se quedan sin apenas margen de maniobra y se pone en evidencia el estatalismo económico. En los cuatro primeros meses del año la desaceleración ha provocado que el superávit se haya limitado a un 0,8 por ciento. Si la recaudación del IVA ha caído drásticamente, el problema para hacer frente a las protestas no es sólo que Europa no permita una rebaja unilateral de la fiscalidad sobre los carburantes, es que no hay de dónde sacar. Sólo siguen funcionando relativamente bien los ingresos de la Seguridad Social (incremento superior al 19,7 por ciento). Por eso el Ministerio de Transportes ha ofrecido retraso en los pagos. Es lógico que no ceda ante la petición de que se fije un precio mínimo. Pero la huelga refleja la debilidad de una política industrial que se arrastra desde hace tiempo. Los transportistas, afectados por la subida de los precios de los carburantes, pertenecen a pequeñas y medianas empresas (PYMES). No ha habido una política económica clara durante los últimos años, pero en el caso de las pequeñas y medianas empresas la falta de iniciativa ha sido clamorosa. No hay una política que reconozca la diferencia sexual, previa a la intervención del Estado. No hay una política económica que reconozca el carácter diferencial de las pequeñas y medianas empresas, donde la sociedad civil es más creativa.

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