Berlín 2009: El muro del miedo y la ingeniería del deseo

Mundo · Artur Mrowczynski-Van Allen
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10 noviembre 2009
Todos tenemos en la vida algún recuerdo que se podría titular "yo estuve allí". En mi caso, uno de esos recuerdos reaparece estos días con una fuerza especial. Hace 20 años, yo estaba en Berlín. Aquel largo fin de semana de noviembre de 1989, la hasta entonces dividida capital alemana desplegó su habitual encanto de los meses invernales. Meses que los berlineses llaman "Selbstmordmonate", los meses del suicidio. Pero en aquellos días nos importaba poco el pesado cielo gris que se esparcía como la depresión sobre las no menos grises calles de Berlín. El ambiente vibraba caóticamente al ritmo de las noticias que, como espasmos, corrían por entre la creciente multitud. La famosa rueda de prensa de Herr Günther Schabowski desencadenó una oleada de acontecimientos que, con cada hora que pasaba, se convertían en una oleada humana que crecía irremediablemente ante los pasos fronterizos en el lado oriental del muro. Luego, en cuestión de horas, la historia pasó entre nosotros y nos arrastró.

Hoy todos conocen las imágenes de aquellos días. Pero quizás sólo los que estuvimos allí nos acordamos de que, en la mente de muchos, o incluso en la de todos, aunque fuera durante un instante, apareció la imagen de un camarero de aquel hotel cercano al aeropuerto de Schönefeld. Esa imagen poseía una fuerza inquietante. Esa imagen sembraba el miedo.

Chris Gueffroy, de 21 años, camarero de profesión, fue la última victima del muro. En 1987, la noche del 5 al 6 de febrero, acompañado por un amigo, intentó cruzar la frontera que dividía la ciudad. No sabía que al cortar con tanta facilidad la alambrada activaba la alarma. Desde la torreta de vigilancia un guardia abrió fuego. Al joven lo alcanzaron diez balas. Unos días antes, Chris Gueffroy decidió saltar el muro porque oyó que Honecker ordenaba a la guardia fronteriza no disparar a los que intentasen hacerlo. El rumor resultó ser falso.

En la noche del 9 de noviembre de 1989, nadie podía estar seguro, realmente, de que los mismos guardias no volverían a abrir fuego. Se sabía que los rusos estaban acuartelados en sus bases y que no parecían dispuestos a ayudar a mantener el régimen. Pero, enfrente, estaban los temidos guardias y, entre la creciente multitud, los agentes de la Stasi. Nadie quería convertirse en la siguiente víctima del muro. Los ingenieros del miedo aún mantenían el control. Cuando por fin se abrieron las verjas y, en cuestión de horas, miles de alemanes cruzaron la frontera, Chris Gueffroy, junto con el muro, pasó a la historia. Con ellos pasaron 117 hombres, ocho mujeres y nueve niños asesinados durante los intentos de evasión. Y también las 252 personas que murieron por paros cardiacos mientras pasaban controles "normales" cuando cruzaban legalmente la frontera. El miedo desapareció con el muro y también se escondió en la historia. Parecía que el deseo de vivir en libertad hubiera derribado el muro.

Aún guardo en el cajón de mi escritorio los trozos de cemento que arranqué del Muro de Berlín, pero no estoy seguro de que, finalmente, lo hayamos vencido. La memoria me hace ver de nuevo las imágenes de aquellos días de noviembre de 1989, y me lleva a pronunciar de nuevo el nombre de Chris Gueffroy. Pero también la misma memoria, al son de la música de Wagner que acompaña al festejo conmemorativo, me obliga irreverentemente a acordarme de los otros 9 de noviembre de la reciente historia alemana. El 9 de noviembre de 1923, el Putsch de la Cervecería, en Múnich. El 9 de noviembre de 1938, la Kristallnacht, la Noche de los Cristales Rotos.

Y no puedo dejar de preguntarme si acaso lo que hoy nos parece tan gran victoria no habrá sido en el fondo más que una más de las metamorfosis del Muro. Del Muro que nos engulló y que, cambiando la ingeniería del miedo por la del deseo, aún nos controla y separa.

Artur Mrowczynski-Van Allen, Centro Internacional para el Estudio del Oriente Cristiano. Granada

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