Benjamín Button, un quiero y no puedo

España · Enrique Chuvieco
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3 octubre 2013
Los temas recurrentes del devenir humano aparecen encarnados en las vidas de los personajes de El curioso caso Benjamin Button, último trabajo cinematográfico de David Fincher, quien puja por 13 estatuillas en la próxima edición de los Óscar y tiene el enganche de contar con Brad Pitt y Cate Blanchett como pareja protagonista en una relación atravesada por el deseo de una eternidad que resulta imposible.

El amor para siempre, percibido desde el primer momento en Romeo y Julieta o en otras recreaciones clásicas, está sólo presente como intento pero nunca como expresión en la relación entre Benjamin y Daisy, a pesar de que se muestra la ternura y la entrega entre ellos, que tiene su momento álgido cuando Daisy acuna a Benjamin en su regresión infantil que le lleva a la muerte. Pitt y Blanchett ya compusieron una relación memorable -y más humana, a mi modo de ver que ésta- en Babel, del mexicano Alejandro González Iñárritu.

Al deseo de permanecer junto a quien la vida es más, se unen otros anhelos y características milenarias del paso del hombre en la tierra, como son la inexorabilidad del transcurrir del tiempo, la muerte y la posición del hombre ante ella, la decrepitud, la fragilidad humana, el destino y la libertad.

Fincher muestra en El curioso caso de Benjamin Button todos estos elementos en sus casi 180 minutos de metraje para contar la curiosa historia de un bebé (Pitt) que nace viejo y va rejuveneciendo hasta encontrarse con Daisy (Blanchett) y formar la pareja transitoriamente perfecta. Será Daisy quien narre esta relación a su hija antes de morir en un hospital de Nueva Orleans poco antes de la devastación del huracán Katrina.

Por boca de Daisy, Fincher nos cuenta la inexorabilidad del trascurrir del tiempo (la alegoría del relojero Gateau es un acierto extraordinario del guión) que no acarrea más que pérdidas o resignación, como expresan dos de sus personajes poco antes de morir (el padre y el capitán-tutor de Benjamin). La conclusión es que lo único razonable es vivir el presente, ya que nada permanece en el tiempo.

El planteamiento de la película elude mostrar sin remilgos el sinsentido del vivir, tal vez porque opta a los Oscar y al favor del gran público, pero el mensaje central es ése, aunque se mezcle con posiciones más realistas, y por eso trascendentes, de otros personajes, como la madre adoptiva de Benjamin.

Lo que escamotea el guión es la posibilidad de que exista el modo y lugar donde se cumpla el deseo de amor permanente y de cumplimiento de la vida que expresan Benjamin y Daisy y  el resto de hombres y mujeres de la película. Al final lo que parecía nuclearmente humano -clásico, porque se puede identificar cualquier hombre de época y lugar- se convierte en un discurso cinematográfico incoherente con los planteamientos vitales de su inicio; eso sí, de muy bella factura.

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