Benedicto XVI, maestro de laicidad

Mundo · José Luis Restán
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17 septiembre 2008
La "laicidad positiva" ha sido una de las estrellas del reciente viaje de Benedicto XVI a Francia. Algunos lo han presentado como novedad, pero lo cierto es que el Papa viene acuñando el concepto en sucesivos discursos desde el inicio de su pontificado, aunque en otras ocasiones ha preferido hablar de "sana laicidad" o de "laicidad abierta". Quizás haya sido la convergencia de términos empleados por el presidente Sarkozy y por el Papa la que haya lanzado al estrellato un concepto sobre el que es preciso profundizar, tanto desde la esfera socio-política como desde el propio campo eclesial.

En su discurso a las autoridades francesas, el Papa ha expresado su profunda convicción de que "una nueva reflexión sobre el significado auténtico y sobre la importancia de la laicidad es cada vez más necesaria". Es pues una tarea a la que el Papa nos invita cordialmente, pero no tengo la sensación de que los distintos protagonistas del mundo católico entiendan la urgencia del asunto, o al menos no en toda su amplitud y especialmente en lo que se refiere a generar un discurso católico creativo sobre la laicidad, que vaya más allá de la justa reivindicación de los derechos de la Iglesia. En Madrid tuvimos la oportunidad de escuchar, hace ahora un año, la intervención del cardenal Angelo Scola, pero sigue siendo una rara avis.

Por ejemplo, es importante que los católicos no nos dejemos arrebatar el término "laicidad", como si fuese algo que en el fondo es extraño (cuando no hostil) a nuestra tradición, y con lo que a duras penas tenemos que transigir, siempre que se presente en sus formas más moderadas. Notemos que el Papa no habla de laicidad moderada, sino sana, positiva y abierta. No es extraño encontrar artículos y declaraciones eclesiásticas de variado pelaje en las que la palabra laicidad aparece teñida de un sentido negativo y en las que no se advierte distinción alguna entre laicidad y laicismo. Todo eso no nos coloca precisamente a la altura que requiere el debate, nos coloca en posición de debilidad y nos empuja a los cuarteles de invierno. ¡No! Deberíamos más bien aprender del Papa cuando afirma sin ambages que "la laicidad no está en contradicción con la fe", sino que "es un fruto de la fe, pues el cristianismo era desde el principio una religión universal, por tanto no se identificaba con el Estado y estaba presente en todos los Estados".

De regreso de Francia, Benedicto XVI ha dado una vuelta de tuerca más, al explicar que "la auténtica laicidad no es prescindir de la dimensión espiritual, sino reconocer que precisamente ésta, radicalmente, es garante de nuestra libertad y de la autonomía de las realidades terrenas, gracias a los dictados de la Sabiduría creadora que la conciencia humana sabe acoger y realizar". Por tanto el desarrollo de dicha dimensión espiritual, su vivencia comunitaria y su expresión pública no son enemigas de una construcción civil armónica y plural, sino un verdadero recurso, como ha reconocido el presidente Sarkozy. Pero esto es preciso saber argumentarlo y saber mostrarlo: todo el discurso del Papa al mundo de la cultura ha sido una demostración palmaria de esa familiaridad genética entre laicidad y cristianismo, pero me pregunto si nuestro afán polemista está dispuesto a aprender de este maestro o nos conformamos más bien con alabarle sin implicarnos en sus caminos.

Profundizar en la laicidad nos obliga a replantear nuestro método misionero en un mundo de profunda raíz cristiana que sin embargo padece una terrible amnesia respecto de su origen, más aún, se coloca muchas veces en abierta dialéctica con él. El espacio de esta laicidad, sana, abierta y positiva, es el espacio de una narración de nuestra experiencia que busca "tocar" al otro, incidir en la razón y el corazón del interlocutor alejado, que no es un enemigo sino alguien que secretamente advierte la sed del Dios desconocido. Por eso ha interesado el discurso del Papa a los hombres y mujeres de la cultura en París, por eso ha descolocado a los periodistas escépticos y a los intelectuales diletantes: porque narraba el recorrido del hombre cristiano en relación con las preguntas, las esperanzas y las angustias de nuestros contemporáneos. Sin ceder un ápice de la verdad encontrada, pero a la escucha humilde y atenta del corazón necesitado del hombre.          

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