Beginners

Cultura · Juan Orellana
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5 julio 2011
El guionista y director Mike Mills, que ya demostró su interés por los conflictos existenciales de origen biográfico y psicológico en Thumbsucker (2005), su opera prima, encuentra en su historia personal un nuevo argumento de película. Su padre, cuando tenía 75 años de edad y 45 de matrimonio, confiesa su condición de gay. Esta traumática revelación supuso a Mills tal conmoción que decidió contarlo en una película. Beginners plantea ese hecho en relación directa con la huella que deja en el hijo -interpretado por Ewan McGregor- y en su incapacidad de llevar hasta el final una relación de pareja. El recuerdo del desamor de sus padres y la inesperada revelación homosexual de su progenitor -encarnado por Christopher Plummer- generar en él un pánico hacia los compromisos de pareja y una incertidumbre sobre el amor.

Dicho esto Beginners tiene dos caras muy distintas. La trama que se refiere a Hal, el padre de Oliver, es aparentemente festiva, muy celebrativa de lo gay, y adopta un tono propagandístico y militante. Ciertamente se puede percibir un punto de sabor agridulce, e incluso patético, en el contraste entre la alegría desmedida e incontrolada de quien sale del armario tras más de medio siglo de espera, y la decadencia física de un anciano con cáncer terminal. Pero es la otra trama, la romántica, entre Oliver y Anna (Mélanie Laurent), la que realmente interesa por su autenticidad. Todo lo que en la historia de Hal suena a postizo -no porque no pueda ocurrir en la realidad, sino porque es postizo e impostado aunque ocurra-, es honesta veracidad en la relación de Oliver y Anna. Por un lado se filma con maestría el surgimiento de una atracción y amor nobles y sinceros, sin artificios, sin veleidades literarias, con el mero lenguaje de las miradas y gestos puestos al servicio del cine. Por otro, el drama de la procesión que va por dentro, de la soledad, de la confusión afectiva, de la ausencia de certezas vitales. En este sentido, el importantísimo personaje de Arthur, el perro, es el catalizador de estas soledades heredadas y compartidas, objeto de un amor sin riesgos que no produce vértigo.

Las tesis del film son muy sencillas: por un lado deja claro que en los tiempos que vivimos es muy difícil manejarse con el amor y la afectividad se desenvuelve sin certezas; por otro subraya la importancia de los lazos paternos y maternos en el desarrollo humano y emocional de las personas. Es una película esencialmente posmoderna, que ilustra las contradicciones y perplejidades de una sociedad amorfa y desorientada.

Se agradece la forma en la que está contada el film, lenta, intimista, muy visual, y por encima de todo con unos actores descomunales, sobre todo McGregor y Laurent, que llenan el guión de verosimilitud humana. No es una película de gran público, aunque el toque militante gay pueda resultar más comercial, pero creo que bajo su apariencia de comedia romántica, subyace una inquietante reflexión sobre el presente.

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