Baltasar Gracián, discreto y piadoso

Cultura · Antonio R. Rubio Plo
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13 octubre 2013
Muchos conocen al Baltasar Gracián autor de consejos morales y de desenvoltura en la vida, pero son menos los que conocen y valoran una de las grandes obras de la ascética española, su libro El comulgatorio.

Al mediodía del 12 de octubre, sale de la basílica del Pilar una imagen de la Virgen en plata dorada, adornada con joyas antiguas, perlas y pedrería, para iniciar una breve procesión que pueda pasar un tanto desapercibida en medio de la marea humana que ofrenda flores a la Patrona de la Hispanidad. Es una imagen procesional muy esbelta y airosa, de más de un metro de altura, con la llamativa peculiaridad de que la Virgen no aparece con el Niño entre los brazos. Se trata de una obra maestra de orfebrería, guardada todo el año en un armario de la sacristía mayor, y se atribuye a Miguel Cubeles, un platero valenciano afincado en la capital aragonesa. Debió de ejecutarla hacia 1620 por encargo de Bartolomé de Morlanes, «capellán del Rey Nuestro Señor en la santa Iglesia de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza».

Este eclesiástico, donante de la espléndida imagen mariana y miembro de una ilustre familia de artistas del Renacimiento aragonés, fue un gran erudito y coleccionista de antigüedades, un asiduo del círculo de intelectuales que frecuentaba en Huesca la residencia de Vicencio Juan de Lastanosa, mecenas y protector de Baltasar Gracián, el jesuita aragonés, autor de El Discreto, un tratado donde se alaba al hombre prudente con cualidades necesarias para moverse en sociedad. Uno de los capítulos de esta obra está dedicado a Morlanes, y allí leemos este consejo lapidario, no exento de ironía y ajeno a los tópicos atribuidos al Barroco: «Que el saber las cosas y no obrarlas, no es ser filósofo, sino gramático».

Pese a todo, en la valoración actual de Gracián pesan demasiado las alabanzas que de sus aforismos hicieran Schopenhauer o Nietzsche, y abundan los críticos que han resaltado el contraste entre la condición sacerdotal del escritor y sus saberes mundanos, una filosofía utilizada hoy a modo de píldoras de autoayuda por psicólogos y teóricos de estrategias empresariales. De ahí que sean frecuentes los reproches que rebajan a Gracián a la condición de experto en dobleces, simulaciones y engaños, unas acusaciones que marginan su fervoroso libro de ascética El comulgatorio y reducen el resto de su obra a una especie de maquiavelismo de corto alcance para la vida cotidiana. El autor barroco es víctima de la filosofía de la sospecha que, pese a lo que algunos creen, no es la antesala de la verdad. Se ha construido concienzudamente el mito de un Gracián mundano y relativista con el que se pretende silenciar otro Gracián piadoso, devoto de la Eucaristía y de la Virgen, cuyo santuario del Pilar no estaba muy distante del colegio jesuita de Zaragoza donde Gracián fue maestro de Sagrada Escritura desde 1650.

La devoción mariana de Baltasar Gracián surge espontánea en diversas meditaciones de El comulgatorio, uno de los mejores libros escritos para difundir el valor de la comunión frecuente, rico en imágenes y sensibilidades, que debe mucho al ejercicio de la buena imaginación de Ignacio de Loyola aplicada a la práctica diaria de la oración, y en el que el protagonista es un Dios hecho hombre. La carnalidad del Verbo es la negación de un racionalismo, que empieza a triunfar en Occidente en la época de Gracián, y que pretende persuadir a los hombres de que el mundo está dejado de la mano de Dios, reducido al distante papel de un relojero que se ha limitado a dar cuerda a su artefacto.

Una de las meditaciones más sugerentes es la que rememora al Niño perdido y hallado en el templo. Gracián sabe ponerse en el lugar de la Madre que no sabe dónde está su Hijo: «Meditarás qué afligida tal Madre sin tal Hijo, tan desconsolada cuan sola la misma soledad duplica el sentimiento, pues falta quien ha de ser el consuelo de las demás pérdidas; no puede reposar porque, sin Jesús, no hay centro; no admite consuelo, que no hay con qué suplir faltas de Dios». Y al igual que en otros pasajes de El comulgatorio, María es comparada a la amada del Cantar de los Cantares que parte, desbordante de ansias y esperanzas, al encuentro de su Amado, pero esa comparación se hace, además, extensiva al alma eucarística, pues el objetivo principal de la obra de Gracián es una buena preparación y una provechosa y sentida acción de gracias para la recepción del Sacramento. Los relatos evangélicos son punto de partida para este fin, un instrumento que sirve al autor para brindar consejos espirituales: «Y si no comió la Virgen ni durmió hasta hallarle, cométele tú en hallándole, y duerme en santa contemplación».

Pero el mejor elogio que puede hacerse de la pluma de Gracián es que sabe reflejar con viveza y entusiasmo la alegría de la Madre de Dios al encontrar a su Hijo: «Fue siempre la Virgen Madre tan agradecida como graciosa; volvería a entonar a Dios otro cántico nuevo, por haberle vuelto de nuevo su amado Jesús; vino en alas de un corazón afectuoso, volvería en pasos de una garganta agradecida, celebrando las misericordias del Señor».

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