Azurmendi abrazado

Editorial · Fernando de Haro
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9 agosto 2021
La última vez que nos vimos cara a cara corría una suave brisa entre las hojas de los árboles. Él mismo los había plantado junto a su casa. Y la luz dulce del verano en la ladera del monte Igueldo nos acompañaba con discreción y exaltaba la belleza de las palabras.

Y las manos sarmentosas de Mikel, castigadas por la artritis, que habían sido las de un obrero en la fábrica, de un estibador, de un escritor, de un profesor, de un escritor, esas manos hacían figuras en el aire para explicar cosas de la tierra. Hablaba de Jesús de Nazaret, en Dios no hubiera creído, él que conocía casi todos los nombres que se le han dado. Repetía las palabras de Jesús que en su boca tenían el aliento del presente. Y decía que la vida era para darla. “Resucitó y sabemos que vamos a resucitar”, decía con su sonrisa de niño, de niño socarrón, bajo el bigote cano. Y lo último, lo menos razonable, lo menos lógico, sería despegarse de este “sabemos”. Lo último, ahora que nos faltan sus abrazos (va un abrazo) , sería tener un pensamiento, un sentimiento, un latido alejado de este “saber suyo” sobre la resurrección.

Azurmendi no hablaba de espiritualidad porque estuviese llegando al final de su vida. Azurmendi no hablaba de espiritualidad. Fue al revés, según él mismo decía, era la vida, la vida buena que siempre había buscado, la que le había alcanzado a través de un encuentro. Azurmendi no tenía ninguna inclinación hacia lo católico, más bien rechazo, en cuanto supo que Girard y Macintyre, dos autores que le habían seducido, lo eran, los dejó de lado. Pero en un momento inesperado, a partir de 2014, quiso “estudiar los nexos causales y temporales de su asombro”. 

Su padre, con una carbonería en la cuesta de Igueldo, se lo llevaba a trabajar con él dos horas antes de ir a la escuela y dos horas después de la última clase. Y los domingos a limpiar el camión. Y fue su padre el que le enseñó que las cosas había que hacerlas hasta el final, acabarlas. Y ese querer hacer las cosas hasta el final marcó su vida. Estudiar vasco hasta el final para saberlo como nadie porque conocer la lengua era saber cómo se nombra. Euskera de verdad, de los caseríos. Hasta el final la lucha por la justicia social, que no se podía aprender con teorías en los libros, que tenía que hacer turnos de fábrica en las fábricas en las que nadie aguanta. Y hasta el final la entrada y la salida de ETA, la lucha contra la dictadura silenciosa del terror. Y hasta el final significó sufrir atentados, amenazas, exilios en España (Almería) y fuera de España (Estados Unidos). Hasta el final con la filosofía, con la sociología, con el estudio de las brujas. 

Hasta el final no era solo ser fiel a lo que creía. Hasta el final era escuchar y seguir seriamente lo que su corazón inteligente le sugería en cada momento. Por eso, en el lejano otoño de 1966, cuando Julen Madariaga, jefe en la naciente banda terrorista, obliga a decidir en su presencia un asesinato por votación, él se revuelve. Nunca olvidó esa ocasión que le terminó de apartar de la violencia. Hasta el final en su crítica al sistema de convivencia nacido de la Ilustración y basado exclusivamente en los derechos subjetivos de cada ciudadano. Un sistema que consideraba fuente de hostilidad social porque convierte al otro en una frontera. Esa crítica le llevó en un momento dado a una especie de callejón sin salida en su búsqueda. Ya no había posibilidad de fundamentar la vida buena, si acaso en un imperativo categórico de carácter ético o en convertir la elección en el criterio último. Pero esa elección no servía para distinguir el bien del mal. 

Entonces, de un modo inesperado, se encontró con una “tribu de cristianos” que atrajeron su interés. “Aquí pasa algo”, se dijo. Y tiró por la borda los dogmas de la sociología de Weber y de Durkheim que le impedían implicarse personalmente y se zambulló en lo que le había asombrado. Hasta el final, guiado por una lealtad, una capacidad crítica, una sistematicidad y una sencillez para superar prejuicios que no se sabía de dónde salían. En un momento de su indagación tuvo que aceptar o rechazar lo que esa extraña tribu decía de sí misma, de su origen. Y entonces recordó a uno de sus grandes maestros, Wittgenstein. Azurmendi no quería quedarse como el pensador austriaco, esperando la venida de un Dios que descendiese como la luz que se filtra por una claraboya. Quiso atreverse a reconocer en una cadena de testigos el Dios que estaba encarnado, que estaba presente. Hasta el final en el uso de la razón y del corazón. Todo en los últimos seis años de Mikel ha sido un ser seducido y un dejarse seducir por el Dios presente. Hasta el viernes pasado en el que terminó de presentársele, aferrándolo por entero. Sabía que estaba cerca el momento. Quería gastar la vida dándola. Hasta que volvamos a oír su voz, mientras el viento mueva las hojas bajo una luz eternamente dulce, sería irracional mirar el mundo alejados de la resurrección que conoció.

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