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Autoderminación

Editorial · Fernando de Haro
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29 noviembre 2020
La rebelión de las feministas clásicas españolas ilustra cuál es la última frontera antropológica: el idioma, la gramática con la que se pronuncia la palabra yo. La polémica se centra en la identidad sexual o de género, pero seguramente podría plantearse en cualquier otro campo. El conflicto se ha desatado porque el Gobierno de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias impulsa una “ley trans” para facilitar el cambio de sexo. El fundamento de los nuevos derechos, la capacidad de autodeterminación y de autonomía, que normalmente se había aplicado a las acciones que puede realizar una persona, se traslada a la persona misma. La nueva ley, impulsada por Podemos, bebe en los postulados de algunas doctrinas queer (muy diversas entre sí) y apuesta por un “genero sentido” o “sexo sentido”. En términos prácticos, cuando entre en vigor, permitirá un cambio de sexo sin informe psíquico. Los menores podrán recibir tratamientos hormonales y operaciones quirúrgicas sin autorización de los padres.

La rebelión de las feministas clásicas españolas ilustra cuál es la última frontera antropológica: el idioma, la gramática con la que se pronuncia la palabra yo. La polémica se centra en la identidad sexual o de género, pero seguramente podría plantearse en cualquier otro campo. El conflicto se ha desatado porque el Gobierno de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias impulsa una “ley trans” para facilitar el cambio de sexo. El fundamento de los nuevos derechos, la capacidad de autodeterminación y de autonomía, que normalmente se había aplicado a las acciones que puede realizar una persona, se traslada a la persona misma. La nueva ley, impulsada por Podemos, bebe en los postulados de algunas doctrinas queer (muy diversas entre sí) y apuesta por un “genero sentido” o “sexo sentido”. En términos prácticos, cuando entre en vigor, permitirá un cambio de sexo sin informe psíquico. Los menores podrán recibir tratamientos hormonales y operaciones quirúrgicas sin autorización de los padres.

Las feministas clásicas, muchas de ellas muy cercanas al PSOE, han escrito una carta al presidente. Denuncian que, con una norma de estas características, toda su lucha en favor de la autodeterminación de las mujeres pierde sentido. Con acierto señalan que los menores en crisis de identidad sexual (cada vez más) deben ser acompañados en un momento de transición como es el de la pubertad. No es conveniente etiquetarlos como niños trans.

Las feministas clásicas revindican la distinción entre el sexo y el género. El género es una construcción de estereotipos. No es lo mismo ser mujer a comienzos del siglo XX que en el siglo XXI. Defienden la naturaleza objetiva del sexo y por eso critican que la autodeterminación subjetiva pueda precisarlo. Si el sexo no es objetivo, es absurdo luchar contra las construcciones de género (culturales) que oprimen a la mujer. La subjetivación absoluta de sexo y género de la ideología queer –sostienen– perpetúa la dominación del género femenino a través del patriarcado, la prostitución o los vientres de alquiler.

Lo interesante de este debate entre feminismo y doctrinas queer es que discute sobre los límites y el contenido de la autodeterminación personal. Las feministas, muchas de ellas grandes defensoras del pensamiento ilustrado, todavía sostienen que la autodeterminación se ejerce con un yo que está en relación con algo. En este caso, en relación al hecho de ser mujer, de haber sido generadas por la naturaleza con unos determinados rasgos genéticos, hormonales, anatómicos y genitales (dicen ellas en su carta). Y aquí es donde tienen todas las de perder. No solo por una cuestión de poder, que también. Esa relación generativa ha dejado de ser evidente.

Cada vez es menos claro que la autodeterminación se ejerce sobre un yo que mantiene algún tipo de relación. Triunfa un tipo de autodeterminación que forma un bucle sobre un yo vacío. Es el final de un mundo. No es un paso más en el desarrollo de nuevos derechos o una transformación como la que supuso el 68. No es un cuestionamiento de la tradición identificada como forma de opresión. Es una incapacidad para entender que el yo, el sujeto, tenga algún tipo de solidez, sea precedido por algún dato positivo. Podemos hablar de identidad sexual pero también de identidad humana o transhumana, de identidad social o de identidad de tribu. El borrado del yo es el mismo.

Cualquier respuesta semejante a la que han dado las feministas clásicas, que invoque la objetividad de la naturaleza humana, los criterios de una sana antropología, los límites de autodeterminación o algunos valores puede despertar la simpatía de un esfuerzo melancólico. Pero se verá condenada de antemano. La razón es un fenómeno histórico y la razón de las nuevas generaciones está desprogramada. Aunque vivan una relación con algo o alguien que les genere tienen una inmensa dificultad para reconocerlo.

No hay más camino que proporcionar a esos jóvenes una experiencia que tenga como contenido objetivo relaciones en las que sean generados y se reconozcan generados. Es una tarea lenta, se requiere no una buena teoría de la autodeterminación sino una experiencia de la autodeterminación efectiva y concreta. La meta es educar jóvenes que digan yo de un modo no conflictivo, sereno, sobre la roca de una relación/es que les haga salir del extravío y el dolor en el que viven.

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