Atraeré a todos hacia mí

Carrón · Julián Carrón
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6 abril 2024
Publicamos las intervenciones de Julián Carrón en el Triduo Pascual.

Domingo de Ramos

Las lecturas que acabamos de escuchar nos indican hacia dónde quiere la Iglesia dirigir nuestra mirada desde el comienzo mismo de la Semana Santa: hacia la Pasión de Cristo. Con esta indicación, la Iglesia no quiere hacer otra cosa que seguir lo que Cristo había dicho ya: «Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 32). No hay otra sugerencia más adecuada para nuestra fragilidad, siempre tentada por la distracción, que la de dejarnos atraer por Cristo. Nada nos introduce mejor en el gran misterio que celebramos estos días que dejar que prevalezca en nosotros su rostro, su Presencia. Mirar su rostro, sin distraernos con otro pensamiento que el deseo de identificarnos con Cristo, es el único modo de penetrar cada vez más en este misterio inaudito. Y hacerlo hasta sentirnos implicados en su entrega. San Pablo resume muy brevemente este misterio en la segunda lectura: «Cristo Jesús, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo,  hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz  (Flp. 2,6-7). Este amor es un misterio insondable, ante el que percibimos toda nuestra incapacidad. Sólo su gracia puede abrirnos cada vez más a la comprensión de este misterio que nos sobrepasa por todas partes, haciéndonos -como dice san Pablo- capaces de “abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, comprendiendo el amor de Cristo, que trasciende todo conocimiento. Así llegaréis a vuestra plenitud, según la plenitud total de Dios”(Ef.3, 18-19). Esta identificación continuamente perseguida, y nuestra continua tensión  por volver a centrar nuestra mirada en Él, con la sencillez de un niño después de cada distracción, nos llevarán con el tiempo a sorprendernos cada vez más por este acontecimiento único, que nos deja sin palabras. La inmersión en este acontecimiento es el único camino para conocer. Esta semana nos ofrece la oportunidad singular de dejarnos arrastrar hasta sorprendernos pegados a Aquel que dio su vida por nosotros. Sólo quien, superando toda su medida, todo escepticismo, tenga la audacia de acompañar esta iniciativa podrá comprender y verificar hasta quedar asombrado como es de cierto es que «cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí».

 

Jueves Santo

«Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”. ¿En qué consiste este amor hasta el extremo? «Estaban cenando; ya el diablo había suscitado en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la intención de entregarlo; y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido”. Lo hemos escuchado en el Evangelio. Este amor hasta el extremo no puede reducirse sólo a lavarles los pies. Hay algo más profundo en este gesto de abajamiento del lavatorio de los pies. Se comprende en el diálogo con Pedro: «Llegó a Simón Pedro y este le dice: “Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?”. Jesús le replicó: “Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde”». Pedro no lo puede entender en ese momento. Entenderá más tarde el sentido profundo de lo que hace Jesús. Se trata de un gesto con el que Jesús quiere anticipar todo lo que está por venir, su amor que llega hasta el extremo. Este amor sólo se revelará plenamente mediante su entrega total, su pasión y su muerte, es decir,  un amor sin límites. Por eso Jesús, ante su resistencia a dejarse lavar los pies, sube la apuesta y reta a Pedro sin concesiones: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo”. Entonces, Simón Pedro, ante este desafío que no tiene escapatoria replica: «Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza”. Pedro sólo cede cuando se da cuenta de que está en juego su relación con Jesús. Su terquedad – “No me lavarás los pies jamás”- no le hace tan obtuso como para no rendirse ante semejante desafío. Y así Jesús revela el sentido profundo del gesto del lavatorio de los pies. A través de ese gesto, Jesús intenta hacer comprender a los discípulos qué tipo de pureza necesitan para tener parte con Él, para llegar a ese vínculo sin el cual la relación con Jesús sigue siendo superficial. «Jesús dice: uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos”. Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: “No todos estáis limpios”. (Jn 13. 1-11). La cena de Pascua era una conmemoración, como hemos escuchado en la primera lectura, de la liberación de los egipcios. En ella los israelíes debían inmolar un cordero por familia.

En la última cena, Jesús anticipa el gesto de la inmolación de sí mismo, que está a punto de tener lugar, como un cordero que lleva a término la salvación que con la  liberación de Egipto solo se había iniciado. Ningún cordero tendría el poder de purificar del pecado, de «hacer puro», como dice Jesús. Sólo el que era «el Cordero de Dios, el que quita los pecados del mundo» (Jn 1,29), podía alcanzar esa pureza. Pero esta purificación, que nos hace uno con Jesús, no se nos da de manera automática, saltando por encima de nuestra libertad. El don debe ser acogido con nuestra libertad. Por eso dice; “También vosotros estáis limpios, aunque no todos”. Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: “No todos estáis limpios”». Aunque su amor es ilimitado, podemos rechazarlo. Judas nos lo recuerda siempre. Su amor sin límites puede chocar con nuestro rechazo que pone un límite a ese amor. Pero Él no se cansa de venir una y otra vez a reabrir la partida, como nos dice san Pablo, revelando todo el sentido de lo que celebramos: » Hermanos yo he  recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: que el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía”. Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: “Este cáliz es la nueva alianza de  mi sangre”. Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva” (1 Co. 11. 23-26) Pablo nos da todo el sentido de la Última Cena: «Esto es mi cuerpo y mi sangre, entregados por vosotros» La Última Cena es, pues, el anticipo, la verdadera interpretación de lo que podrán ver al cabo de unas horas: la entrega de su cuerpo y de su sangre. Jesús termina con una instrucción: haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía. Al decir esto, nos hace comprender que la memoria no es un recuerdo devoto, es una venida continua, a través de la eucaristía con su presencia viva, para suplicar nuestro amor que muchas veces puede rechazarlo, para llevarnos a esa plenitud que no podemos alcanzar con nuestras propias fuerzas. Sólo puede dársenos gratuitamente, libremente, y ser libremente  recibida por cada uno de nosotros. Sólo dejándonos atraer por Él, por su amor siempre nuevo, podemos llegar a ser nosotros mismos.

 

Vigilia Pascual

La luz del cirio pascual domina esta noche, en la que celebramos la victoria de la luz de Cristo sobre todas las tinieblas. Con esta luz podemos mirar atrás para comprender cada vez más, para sumergirnos cada vez más en la historia de Jesús que hemos vivido estos días. Tenerla siempre en la mirada es decisivo para entender también la resurrección.

Jesús entró en la pasión decidido, no obligado, sino libre. «Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente”  (Jn 10. 17-18). ¡Qué asombro produce siempre contemplar  su libertad, su certeza; camina  seguro en medio del dolor, el rechazo, la angustia, sin dejarse confundir, afrontando las tentaciones de todos sin dejarse enredar, desafiando toda oscuridad, toda soledad, incluso la de sus amigos, apoyándolo todo en el único pilar que nunca falla, su relación con el Padre.

¿Quién no desearía ser así, poder atravesar todas las circunstancias de la vida como protagonista, sin dejarse bloquear por el miedo o el desconcierto? Este es el atractivo que Él nos pone delante, para despertar en nosotros el deseo de ese protagonismo, de ser nosotros mismos. Jesús inauguró un modo de ser hombre que antes era inimaginable. Tal vez por eso, el Padre no escatimó a su Hijo nada de lo que había de atravesar, ni siquiera el abismo más profundo del mal, la soledad más oscura, sin rehuir entrar en ella para superarla definitivamente. Me llama la atención que Jesús no le haya ahorrado a sus discípulos la prueba como no nos la ahorra a nosotros. Por eso dijo a Pedro: «He rezado por ti, para que en la prueba que tendrás que pasar -cuando yo sea rechazado y puesto en la cruz- no disminuya tu fe, tu certeza de lo que has visto al vivir conmigo”. “Y tú, cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos”.  (Lc 22,32).¿Por qué Jesús no evitó a los discípulos ni siquiera la oscuridad de la muerte? Para que pudieran llegar a comprender quién era Jesús verdaderamente. Para que comprendieran la novedad que Él podía introducir incluso en las circunstancias más oscuras. Y nosotros debemos estar siempre agradecidos a los discípulos que atravesaron las tinieblas de «esa» muerte por nosotros.

Hoy podemos preguntarnos: ¿cómo habrían vivido Juan y Andrés cualquier circunstancia de sus vidas después de pasar por toda esa oscuridad y verlo vivo? Estoy seguro de que no podían evitar enfrentarse a cualquier reto, a cualquier trastorno, a cualquier circunstancia, por inquietante que fuera, sin tener en sus ojos la presencia de Cristo resucitado, al que habían visto vivo. Necesitaron atravesar toda esa oscuridad para darse cuenta de que no estaban solos con su impotencia, con sus problemas, con su oscuridad. Desde la Pascua, todos han sido alcanzados por una Presencia, única, diferente de todas las demás

Por eso, san Pablo pudo resumir con esta frase lo que fue  la vida de todos los seguidores de Jesús después de Jesús, después de su resurrección: «Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí». (Gal 2,20). Los primeros discípulos de Jesús nos dan así la clave para entrar en cualquier  circunstancia, para afrontar cualquier reto: antes de hacer nada, antes de imaginar cómo afrontarlo, el reconocimiento de Su presencia viva dominaba su corazón, invadía su memoria.

Por eso, para afrontar cualquier desafío, partimos de aquí -del reconocimiento de Su presencia – para no tener que huir, para poder entrar en cualquier oscuridad con Su compañía. Para poder mirar cualquier circunstancia de la manera correcta. Ya no hay un mundo, ni circunstancia, ni oscuridad, en la que Cristo resucitado no haya  entrado y no pueda entrar. Porque Él fue el primero en entrar en las tinieblas del sepulcro; no contempló nuestra muerte desde el balcón, sino que la padeció, entrando en el sepulcro para poder decir, no con un discurso, no con una fábula, no con un eslogan -«todo irá bien»-, sino con un hecho: las tinieblas y la muerte han sido vencidas.

«Ese Hombre resucitado -decía don Giussani- es la Realidad de la que depende toda la positividad de la existencia de todo hombre. Toda experiencia terrena, vivida en el Espíritu de Jesús, resucitado de entre los muertos, florece en lo Eterno». Pero este florecimiento no se refiere sólo al futuro, «este florecimiento no sólo se manifestará al final de los tiempos, ya ha comenzado en el crepúsculo de la Pascua».

Quien deja que esta Presencia entre en su vida, quien reconoce esta presencia viva de Cristo, ¡comienza ya a ver el florecimiento de su propia vida! Por eso, si dejamos que Su presencia viva en nuestros corazones, en los pliegues de nuestra vida, la circunstancia a afrontar no será para nosotros una tumba, sino el lugar de la resurrección, el lugar donde podemos ver el florecimiento de nuestro ser. Para ello debemos tener una sola preocupación: «Es como si el primer objeto de atención -dice de nuevo don Giussani- fuese esta Presencia: no el «deber» que hay que cumplir. Es como si el primer término del afecto fuera esa Presencia: no la realidad que poseer. Es como si la fuente primaria de la que se extrae la energía necesaria fuera esa Presencia: no la propia fuerza ética. La claridad de juicio […], la inclinación afectiva a lo que es justo, la fuerza de la voluntad, todo esto madura como consecuencia: de hecho, en la relación con esa Presencia toda la persona es atraída,  y conducida al bien». Con su resurrección, Jesús ha inaugurado para nosotros un «camino nuevo y vivo» (Hb 9,20). Y así nos interpela a todos, mostrándonos que es posible vivir a la altura de nuestra humanidad sin compromisos, porque «Por el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva.» (Rm 6,4). Este es el hecho que celebramos hoy: una vida nueva ha sucedido, una novedad absoluta está al alcance de todos en cualquier momento. Pero esta novedad que introduce la Resurrección tiene que verificarse en la vida para convencernos de su verdad, para convencernos de que Cristo resucitado tiene la capacidad de hacerlo todo nuevo. No podemos conocer verdaderamente la realidad de Cristo resucitado sin dar cabida a su Presencia viva. Él se nos revela en toda su realidad, en su capacidad de cambio, en su capacidad de generar nuevas criaturas. ¡Qué experiencia debieron de vivir los primeros cristianos que les llevo a hablar de «criatura nueva»! Sin dejarla operar en nuestras vidas, la resurrección será una fórmula hermosa, pero vacía; verdadera, pero inoperante; afirmada y repetida, pero no creída plenamente como algo real; lo único que la hará creíble es la experiencia de su capacidad de transformación que siempre nos sorprende, que podemos reconocer porque no está a merced de cualquier cosa, como antes.

Foto de archivo

Domingo de Resurrección

Lo único que no se les había ocurrido aquella mañana, cuando corrieron al sepulcro, es que había sucedido, ¡eran tan inimaginable! Es impactante releerlo todos los años.

«El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro”.  Ante la evidencia de que la piedra fue removida del sepulcro, cualquier otra explicación era más probable (que la resurrección).

«Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. Era la explicación más plausible: alguien se lo había llevado. Pero esta respuesta no les detuvo.

«Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de Él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte”.

Ni siquiera a Pedro, que por lo general siempre era rápido, se le ocurre nada. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Sólo Juan, el discípulo amado, adivina enseguida (qué ha sucedido).

«Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que Él había de resucitar de entre los muertos” (Jn, 20:1-10) Aunque eran conscientes de que las Escrituras hablaban de la resurrección, las Escrituras no eran suficientes para hacerles pensar en ella. Esta es una pista muy significativa. Significa que no inventaron el hecho de la resurrección a partir de las Escrituras. Fue el hecho el que hizo que comprendieran la Escritura.

La tumba estaba vacía. ¿Cómo pudo suceder? Un hombre solo no puede darse esta nueva vida después de la muerte. En cambio, Él estaba allí ante ellos, resucitado, lleno de una vida totalmente nueva. ¿Cómo explicarlo? Sólo otro, el Dios vivo, tenía el poder de llenar de vida al que había sido depositado en el sepulcro.

¿Cómo podían creer los discípulos? Sólo viéndole vivo podían convencerse de algo tan singular. Sólo un hecho que sucedía ante sus ojos tenía el poder de persuadirles. Ningún tipo de razonamiento habría bastado.

Lo mismo nos ocurre a nosotros hoy. ¿Qué puede persuadirnos para no reducir la resurrección a algo consolador, pero en última instancia virtual, no real? ¿Qué necesitamos? ¿Qué necesitan aquellos para los que la palabra “resurrección” es una palabra vacía? Ayer como hoy, todos necesitamos ver al Resucitado. Ver a un vivo. A alguien  que está vivo con una vida nueva, cuya novedad no puede explicarse como el resultado de la propia performance, de la propia coherencia. Una vida que se reconoce por su diversidad, por su libertad en medio de las circunstancias, por su alegría, por su paz, por una plenitud que libera de las migajas del poder, por una manera asombrosa de vivir lo cotidiano que (normalmente) aplasta, por su capacidad de recuperación de cualquier herida, por una superabundancia desbordante de vida que desafía a la nada que la rodea. Precisamente todos necesitamos ver a quien vive una vida nueva para no reducir la resurrección a nuestra medida. Sólo la realidad puede hacernos comprender. Al fin y al cabo, para tener ante nuestros ojos el verdadero significado de la palabra resurrección necesitamos su realidad. Sólo la realidad es capaz de abrir nuestra razón más allá de toda medida y hacer que lo captemos todo.

No es posible hacerlo solos. Es el Otro quien lo hace posible. Sólo quien ha tenido una experiencia como la de san Pablo puede llegar al origen de tal novedad y que esta se convierta en la única explicación a la altura de un hecho tan estremecedor: «Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí».

Necesitamos no un Prometeo cualquiera, sino una criatura nueva que se sorprenda cada vez de ser engendrada por alguien tan distinto de sí mismo, tan divino, que desborde de gratitud. Necesitamos ver «personas vivas», como se llamaba a los primeros cristianos. Hombres llenos de vida en los que brille la vida nueva de Cristo resucitado, el esplendor de la Pascua hoy, ahora.

El mundo necesita ver hoy testigos del Resucitado. Personas en las que veamos, hecho realidad, lo que Jesús prometió a los discípulos en la Última Cena:  “viviréis, porque yo sigo viviendo” (Jn 14,19). Cuando uno lo tiene delante de los ojos, no puede evitar decir: «tú brillas», como dijo una alumna a su maestra. Es el esplendor del Resucitado que sigue brillando ante nosotros, dejando sin palabras por lo real que es su esplendor.

Quizá haya hecho falta la secularización, el vaciamiento de las iglesias, la pérdida de interés por un cristianismo vacío para que nos demos cuenta de lo que necesitamos: ver a Cristo resucitado. Ese Cristo es otra cosa, totalmente distinta de lo que la vulgata sigue propagando. Sólo esta presencia rebosante de vida podrá convencernos de que una nueva plenitud de vida es posible en la situación histórica que vivimos. Nadie podrá arrancar de la historia el hecho de que aún hoy, en la oscuridad de este mundo, Él sigue brillando más que nunca, «estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo», desafiando cualquier oscuridad, cualquier nada en la que vivamos.

 

Apuntes de las homilías del Triduo Pascual de 2024


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