Así Dios se hace visible

Cultura · Julián Carrón
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24 diciembre 2021
Por su interés, publicamos el artículo de Julián Carrón sobre la Navidad, hoy en el Corriere della Sera

Leyendo la prensa estos días, resulta inevitable toparse con múltiples indicios de la situación humana en que nos encontramos. En un artículo publicado en el Corriere della Sera, Mauro Magatti llamaba la atención sobre lo que él define como «el síndrome de la “retirada”». Un número creciente de jóvenes tiene dificultades para estar ante la realidad y «decide dejar un buen trabajo porque ya no encuentra motivos para seguir adelante» (22 de diciembre de 2021). Pero la retirada empieza antes, en la escuela. Ipsos, con Save the Children, estima que en 2020 han abandonado los estudios 30.000 alumnos más que los 120.000 que ya lo venían haciendo cada año. «En gran aumento los adolescentes “retirados” en casa» era el título de un artículo de Elisabetta Andreis, también en el Corriere (12 de diciembre de 2021). Este fenómeno no solo afecta a los jóvenes que van a clase o se incorporan al mundo del trabajo. En Estados Unidos, «entre julio y agosto pasados, más de ocho millones de empleados han dejado su puesto de trabajo, el 28% de ellos a ciegas, sin alternativa. (…) Los grandes periódicos recurren a titulares llamativos, como Great Resignation (La gran dimisión)» (ilfattoquotidiano.it, 22 de octubre de 2021).

Se abre paso la impresión de una creciente indefensión ante la vida. La huida de la realidad resulta por ello para muchos la única posibilidad de estar tranquilos. Sin embargo, ni siquiera en esta «retirada del mundo» logra la gente alcanzar la paz. Por muy distinta que sea la situación de cada uno, en todos emerge la imponente irreductibilidad del yo y su exigencia de sentido. El hombre sigue buscando a tientas, por todas partes, incluso en lugares inesperados, en plena “modernidad”, en una época dominada por la razón científica. En un artículo publicado el pasado 29 de noviembre en la revista digital Persuasion, Mark Alan Smith, profesor de la Universidad de Washington, señala que recurrir a la astrología, al karma, al tarot y al «mercado de servicios místicos» (con un volumen de negocios de 2.100 millones de dólares en EE.UU) es cada vez más común entre personas muy distintas, e indica que no hay gran diferencia entre ateos, cristianos, musulmanes o judíos.

Son síntomas de una confusión cada vez más generalizada y de la dificultad para encontrar respuestas pertinentes, adecuadas. Sobre el conocimiento de la verdad, santo Tomás afirmaba que «la verdad que la razón podría alcanzar sobre Dios», es decir, sobre el significado último del vivir, «sería accesible solamente a unos pocos, después de mucho tiempo y no sin mezcla de errores» (Summa Theologiae, I, q. 1., art. 1). Me parece un buen resumen de todos los intentos humanos por alcanzar alguna certeza sobre el significado que reclaman sus días, la fatiga diaria y la dureza de la vida.

En medio de esta situación llega la Navidad, y como cada año entra en la historia calladamente, se nos pone delante sin clamores, desarmada, como al principio, cuando pasó inadvertida para la mayoría de la gente, excepto unos pocos pastores.

La Navidad sucede de nuevo hoy, como entonces, desafiando nuestra manera de afrontar la vida y sus retos. ¿Cómo? Dios no se retira al mundo “espiritual”, sino que entra en la historia como un niño, como una presencia carnal, real.

La decisión de entrar en la historia como un hombre expone a Dios a las objeciones que conocemos bien, empezando por el riesgo a ser reducido. «¿No es el hijo del carpintero? ¿No es su madre María?» (Mt 13,55), se preguntaban los vecinos de Jesús. Siempre está al acecho la posibilidad de reducir, de no captar la excepcionalidad que se oculta en una humanidad como la de todos.

Pero nada puede impedir, hoy igual que hace dos mil años, que precisamente a través de lo humano nos llegue algo irreductible, que desafía nuestra medida y nuestra forma de pensar. «Nunca hemos visto una cosa igual» (Mc 2,12), comentaban asombrados ante los gestos de Jesús. ¿Qué vieron los que se encontraron con Él para afirmar algo así?

Él vino y sigue viniendo –aquí, ahora– en busca del hombre perdido de hoy, que sufre el «síndrome de la retirada» de la vida. Viene mediante sus testigos, a través de un atractivo irresistible, la fascinación de una humanidad excepcional, que despierta el deseo. Como repite a menudo el papa Francisco, «la Iglesia no crece por proselitismo sino “por atracción”» (Evangelii gaudium, 14). De este modo se comunica el cristianismo: por un atractivo.

Es verdad que el método utilizado por Dios para venir al encuentro del hombre real de todos los tiempos no puede no contar con los límites de los hombres que portan el anuncio de Su presencia en el mundo. Sin embargo ningún límite puede bloquear la iniciativa del Misterio. Nos lo recuerda Joseph Ratzinger con unas palabras liberadoras: «Así como la realidad de un hombre se revela en la historia de su vida y en las relaciones que establece, Dios se hace visible en una Historia, en hombres a través de los cuales su naturaleza se pone de manifiesto, hasta el punto de poder ser “nombrado” refiriéndose a ellos, reconocido en ellos: el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob. A través de relaciones humanas, a través de rostros humanos, Él se manifiesta y muestra su rostro». Por eso, sigue diciendo, «no podemos pretender alcanzar a Dios en su forma pura pasando por encima de estos rostros. Ese sería un Dios pensado por nosotros en lugar del Dios real, nos convertiríamos en altivos puristas que consideran los propios pensamientos más importantes que las acciones de Dios» (María, Iglesia naciente, Encuentro, Madrid 1999).

Esta es la provocación que la Navidad nos lanza todos los años a cada uno de nosotros: un hecho humano, real, desafía nuestros pensamientos, nuestra confusión, nuestra huida a mundos mistéricos, nuestra retirada de la vida, y nos “conquista” con el atractivo de una presencia humana excepcional. «Cristo me atrae por entero, tal es su hermosura», decía el gran Jacopone da Todi.

Y eso es la Navidad: Cristo, Dios hecho hombre, que viene a nuestro encuentro mediante personas que son presencias que atraen de tal modo nuestro afecto que nos liberan de las jaulas en las que nos encerramos para soportar los embates de la vida. Como me contaba hace poco un amigo, al que una persona le dijo, por la humanidad tan diferente que había notado en él: «Mira, ¡para mí hoy es Navidad!».

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