Asalto a la Catedral

Mundo · Miguel de Cerralvo
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21 abril 2008
El repique de las campanas, para la mayoría de la humanidad, es signo de paz, esperanza y alegría, porque nos recuerda que existe Dios y que está entre nosotros. Sin embargo, el pasado 18 de noviembre estas mismas campanas fueron el pretexto para que un grupo de personas, probablemente bautizadas, que participaban en una asamblea convocada por Andr és Manuel López Obrador (autodenominado "presidente legítimo de México") en el Zócalo capitalino, irrumpieran enfurecidas en la Catedral Metropolitana de Ciudad de México, causaran daños en el mobiliario y agredieran a los feligreses que participaban en la Eucaristía. Su comportamiento es condenable desde cualquier punto de vista. Como consecuencia, la catedral ha estado cerrada durante una semana, cosa que no ocurría desde la persecución religiosa de los años 20.

La Catedral no es sólo patrimonio histórico de la nación mexicana, sino también un recinto sagrado para el pueblo católico. Por ello, argumentar que el repique de las campanas, que pretendía llamar a Misa y al rezo del Ángelus como cada domingo al mediodía desde hace cinco siglos, era una provocación o pretendía "acallar la voz del pueblo", como dijo el orador de turno, desenmascara en realidad el nuevo populismo que pretende difundirse en nuestro país y en todo el continente, y que tiene un claro perfil: autoritario, antidemocrático y por ello profundamente antirreligioso. La escena pudo resultar solamente cómica y nos habría recordado solamente las peleas entre Peppone y don Camilo en la novela de Guareschi si no fuera por las consecuencias que produjo.

Sería lamentable que este incidente provocara una mera reacción combativa que responda a la confrontación, sin embargo sí nos hace ver la urgencia de seguir luchando por la libertad religiosa en México, tal como han reclamado hace un mes el Nuncio Apostólico y los obispos mexicanos con ocasión de los 15 años de las relaciones diplomáticas entre la Iglesia y el Estado Lo que construye esta libertad, más que una reacción airada momentánea, es la presencia pública y cotidiana como católicos en todos los ámbitos de la sociedad: la escuela, la universidad, la política y la empresa. Hoy a los católicos no se nos pide luchar por una posición hegemónica en el plano político, cultural o social, ni tampoco entrar en una mera dialéctica cultural con las demás posiciones que hay en nuestra sociedad, sino ofrecer las "razones de nuestra esperanza", las mismas que deben medirse con las preguntas y exigencias humanas de nuestros interlocutores, como dice el Patriarca de Venecia en su libro Una nueva laicidad.

Por otra parte, es hora de que las leyes protejan las creencias religiosas del segundo país con mayor número de católicos del mundo y se termine con la esquizofrenia que se vive en México entre un pueblo profundamente católico y unas leyes elaboradas durante la revolución que discriminan lo religioso. Pues hay que reconocer, como dice el Premio Novel mexicano Octavio Paz, que: "la Virgen de Guadalupe ha sido mucho más antiimperialista que todos los discursos de los políticos del país y ha preservado como nadie el ser de América Latina".

 

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