Arriety y el mundo de los diminutos

España · Juan Orellana
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3 octubre 2013
Hay quien piensa -equivocadamente- que la animación tradicional ya ha pasado a la historia, desplazada por la animación en 3D con Pixar a la cabeza. Aunque hay numerosos ejemplos de la validez y pervivencia de la animación clásica, existe un maestro que sigue cautivando al mundo entero con la genialidad de sus películas dibujadas de forma tradicional: Hayao Miyazaki y sus estudios Ghibli. A sus setenta años, este dibujante de Tokio, que trabajó en las series de Heidi y Marco, y que en 1988 sorprendió con la deliciosa película Mi vecino Totoro, ha ido regalándonos cada dos o tres años obras maestras de la animación -El viaje de Chihiro, La princesa Mononoke... siendo la última la maravillosa Ponyo en el acantilado.

Ahora se estrena un film escrito y producido por Miyazaki, pero dirigido por uno de sus discípulos, Hiromasa Yonebayashi, que debuta como director después de años trabajando en el equipo de su maestro. El guión es una adaptación libre de las novelas de Mary Norton sobre los Borrowers, palabra que se traduce como "los que toman prestado". En otros libros y en el film en cuestión se traduce como "los incursores". El argumento nos cuenta la historia de Sho, un niño enfermo de corazón, que guarda reposo en casa de su tía preparándose para una operación a vida o muerte. Sus padres están divorciados: el padre ya no ve nunca a su hijo, y la madre se ha volcado en su vida profesional. En la casa de su tía, Sho cree ver un día, entre las flores, a una linda adolescente de 10 centímetros de altura. A partir de ese momento, su gran ilusión es poder volver a verla.

Este cuento, llevado al cine y a la televisión tantas veces, adquiere en manos de Yonebayashi, un halo de delicadeza y sensibilidad que supera a la propia novela de Norton. Lo que muchos pueden imaginar como una historieta infantil sin pretensiones, en esta película se convierte casi en un melodrama para adultos, con unos personajes sólidos y convincentes, y con unos conflictos que pueden llegar a doler. También hay humor eficaz y tierno, mucha poesía, y todos los elementos típicos de la factoría Ghibli: ausencia de maniqueísmo, veneración mística por la naturaleza, personajes atravesados por la enfermedad, y ese halo de misterio imprevisible que caracteriza a las producciones de Miyazaki. Añádase la música de Cécile Corbel y Simon Caby, así como las letras de las canciones de Yôko Ihira.

Arriety y el mundo de los diminutos es una de las historias de amor más puras que nos ha contado el cine. La relación entre Sho y Arriety no tiene futuro como pareja por razones obvias, y es por tanto pura gratuidad y amor al destino del otro. Pero, como es un amor verdadero, se convierte en un vínculo para siempre. Así, Sho, que ha perdido las ganas de vivir al sentir que no es importante para sus padres, recupera su deseo de sobrevivir a la operación al sentirse vinculado a Arriety, a la que seguramente no vuelva a ver. La película nos habla, por tanto, del amor puro como sanación del corazón herido por la soledad, pero también nos ofrece una interesante reflexión social y moral sobre el sentido de la familia y de la justicia social: bajo el eufemismo de prestatarios (borrowers), los diminutos o incursores son unos ladrones, técnicamente hablando, y merecen una sanción a los ojos del mundo -encarnado en la criada Homily. Pero el niño prefiere la compasión y la misericordia, y en un hermoso gesto les regala lo que le roban. En fin, otra obra maestra de la factoría Ghibli.

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