Argentina no se enfrenta a otro corralito

España · Arturo Illia
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10 mayo 2018
El anuncio realizado por el presidente Macri y el ministro de Hacienda argentino, Nicolas Dujovne, sobre la petición de ayuda al FMI, a la que siguió el viaje del segundo con todo su equipo a Washington, ha agitado una situación que se creía ya en calma tras el “lunes negro” de los mercados por el incremento de los tipos de interés norteamericanos sobre una Argentina en pleno “trabajo de reconstrucción”. Realmente no se entiende el sentido de esta maniobra, pues las reservas del Banco Central argentino pueden hacer frente perfectamente una situación que no se puede comparar ni de lejos con la de 2001. Pero tratemos de recorrer el camino emprendido por este gobierno.

El anuncio realizado por el presidente Macri y el ministro de Hacienda argentino, Nicolas Dujovne, sobre la petición de ayuda al FMI, a la que siguió el viaje del segundo con todo su equipo a Washington, ha agitado una situación que se creía ya en calma tras el “lunes negro” de los mercados por el incremento de los tipos de interés norteamericanos sobre una Argentina en pleno “trabajo de reconstrucción”. Realmente no se entiende el sentido de esta maniobra, pues las reservas del Banco Central argentino pueden hacer frente perfectamente una situación que no se puede comparar ni de lejos con la de 2001. Pero tratemos de recorrer el camino emprendido por este gobierno.

Empecemos diciendo que en 2015, en su toma de posesión, Macri heredó una Argentina con las cajas vacías, tras 13 años de gobierno Kirchner que, aun viviendo una extraordinaria situación económica debida al altísimo valor de la soja en el mercado internacional, en vez de aprovechar la ocasión para marcar un cambio en el país y dotarlo por fin con infraestructuras dignas y encaminarlo hacia la construcción de una economía no dependiente del precio de las materias primas sino capaz de producir derivados, secó las cajas del Estado tanto por la mayor corrupción vista en la historia (con obras pagas completamente sin que nunca llegaran a realizarse) como por subvenciones y subsidios utilizados demasiado a menudo como moneda política de cambio. En cierto momento la inflación llegó hasta el 40%, pero se disfrazó con datos falseados por el INDAC (Instituto Nacional de Estadística) y por un tipo de cambio al dólar que se mantuvo bajísimo (¡nueve pesos!) artificialmente.

Resumiendo, igual que en 2001 el peronismo se preparaba de nuevo para pasar el poder con una bomba de relojería bien pensada. Pero esta vez, después de ganar inesperadamente las elecciones, Macri supo manejar la situación gracias a su ministro de Economía Alfonso Pratt-Gay, que empezaron resolviendo la espinosa cuestión de los bonos Tango con una emisión extraordinaria de títulos y cuando había frenado la que consideraba la bomba principal, subió el cambio del peso al dólar a un valor de 15 pesos.

Una vez desactivada la bomba había que pensar cómo llenar las cajas del Estado para poder afrontar los enormes gastos debidos no solo a la inversión social (pensiones, subsidios varios…) sino también para poder empezar por fin a programar la construcción de infraestructuras capaces de acompañar un desarrollo económico. ¿Cómo? Mediante préstamos internacionales, acuerdos con un mundo al que Argentina volvió a enfrentarse después de 13 años de aislamiento, y una inevitable subida de impuestos. Intentado también recortar subsidios inútiles, como la locura de, solo en Buenos Aires, subvencionar el 80% de las facturas energéticas (gas y luz). En la práctica, la suma de ambas equivalía a menos del precio de un café en el bar, provocando así un consumo energético superior a las reservas, cosa que durante años ha causado cortes de suministro, sobre todo en la energía eléctrica. Además, el 70% de estas subvenciones beneficiaba sobre todo a las clases más ricas. Un auténtico despropósito entre otros tantos que el gobierno actual intentó remediar manteniendo los subsidios para las franjas menos favorecidas de la sociedad, pero al mismo tiempo contradiciendo su principio de gradualidad, con aumentos repentinos de las tarifas energéticas hasta del 500% (que por desgracia aún continúan), con el consiguiente peso no solo en los bolsillos de una clase media que compone gran parte de la fuerza laboral de este país (ocho millones de habitantes de un total de 40, una cifra inquietante ya en sí misma), sino también de la pequeña y mediana empresa, que constituya la verdadera fuerza industrial de Argentina.

Aquí nos encontramos con el límite real de este gobierno, su defecto más grave: la comunicación. Ya se notó en el discurso inicial de su mandato en el congreso de la nación, donde Macri no insistió en la terrible herencia económica recibida, quizás por no echar más leña al fuego en un país que llevaba décadas dividido trágicamente por una brecha política entre el peronismo y sus adversarios. Además, no era misión imposible explica (aparte de utilizar un poco de gradualidad) no solo las razones de estos incrementos, sino también comenzar la construcción de una mentalidad de ahorro energético ausente entre la población, tratando de animar la industria nacional de producción de electrodomésticos de bajo consumo y ofreciendo facilidades para su compra, de tal modo que, en un periodo moderado de tiempo, el consumo reducido pudiera absorber el aumento de los costes energéticos.

Desde hace poco tiempo se ha empezado a ver algo en este sentido, pero muy poco, y lamentablemente la incapacidad de comunicar ayuda a una oposición muy dividida (el peronismo se ha hecho pedazos) en su propaganda distorsionada de una realidad que en gran parte deriva de la herencia de un poder pasado. Un pasado que ha dado lugar a investigaciones que han confirmado no solo la altísima corrupción política sino también sindical, dando lugar a una cadena de arrestos preventivos que, aunque parcialmente justificados por el riesgo de manipulación de pruebas o fuga de los acusados, ha puesto de manifiesto otro de los límites del gobierno Macri. A diferencia de lo sucedido con las políticas energéticas, la reforma judicial necesitaba una aceleración en sus cambios para poder permitir, entre otras cosas, no solo la vida de la república sino de un Estado de derecho, pero también había que imprimir velocidad en los tiempos procesales con el fin de juzgar a los culpables de la corrupción pasada. Unos procesos que parece que nunca terminan de arrancar, con graves daños para todo el sistema de un país que intenta atraer inversores que tardan en llegar, precisamente por este motivo.

En definitiva, nos encontramos, al contrario que en otros momentos financieramente complicados para Argentina, en un país que, debido a errores políticos a veces inexplicables (a los que se añade el distanciamiento de Pratt-Gay como ministro de Economía, así como el de Carlos Melconian e Isela Costantini, que pusieron en marcha entes estatales en “eternas” dificultades económicas, como el Banco Nación y Aerolíneas Argentinas), está intentando avanzar en la recta dirección hacia un cambio que le permita, en el futuro, poder evitar situaciones difíciles dictadas por coyunturas internacionales como la actual, pero que nada tienen que ver con el nefasto corralito de 2001.

La entrada en escena del FMI sigue siendo un misterio y se encuadra probablemente en una maniobra de seguridad financiera para prevenir otras situaciones que en el futuro puedan turbar la situación de un país cuya historia reciente ha estado marcada precisamente por políticas erradas del FMI.

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