Argentina en tiempo de descuento

Mundo · Horacio Morel (Buenos Aires)
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25 mayo 2011
La agenda electoral entra en su tramo final, es tiempo de definiciones.  Una oposición fragmentada y especuladora le está haciendo fácil las cosas al Gobierno, que espera confiado un triunfo en las urnas en el mes de octubre.  Si bien la presidenta Cristina Fernández de Kirchner se ha encargado de sembrar algo de misterio, postergando la oficialización de su candidatura a la reelección hasta el límite legal de junio -al tiempo que ciertos rumores alegan problemas de salud no confirmados, al menos en su entidad-, parece ser más una maniobra deliberada para dar lugar a un "operativo clamor" por el cual las masas imploren su permanencia y ella no pueda decir que no al pueblo.

La oposición en su laberinto

La clase política, revelando su casi nula vocación de servicio y confesando tácitamente que lo único que le importa es el poder, vive con la mirada puesta en las encuestas y no en la gente y sus problemas.  Por eso los candidatos opositores (con la única excepción de Alfonsín hijo) se fueron bajando de sus aspiraciones presidenciales al no ver garantizado el triunfo electoral: Macri por derecha, Pino Solanas por izquierda. Otros lo hicieron tras verdaderos papelones políticos, como Das Neves, quien no pudo imponerse con claridad en su propia provincia en medio de un escándalo de fraude electoral que hoy se ventila en la justicia, como Rodríguez Saa y Duhalde, también referentes del llamado "peronismo federal", quienes organizaron entre sí un pretencioso proceso interno para dirimir la candidatura a presidente que naufragó en segundo turno por abandono de Duhalde, que apostó por ser el garante de una fórmula encabezada por Macri y fracasó en el intento apenas dos semanas después. 

La única candidatura firme en estos días que transita la oposición es la confirmada del radical Ricardo Alfonsín, quien no obstante aún duda en definir su socio político: Francisco de Narváez, peronista, gran triunfador de las legislativas de dos años atrás que le quitó la mayoría parlamentaria al oficialismo y candidato a la gobernación de Buenos Aires, o la centroizquierda expresada por los otros grupos radicales y el socialismo, para quienes convivir en un mismo espacio con De Narváez es impensable. En estas latitudes siempre hay lugar para sorpresas, pero el tiempo arrecia inexorable y la falta de definiciones lleva a pensar que todo se dirimirá entre Cristina y Alfonsín, un duelo desigual por antecedentes, recursos y aparato. Es difícil creer que aparezca algún candidato con chances ajeno al lote inicial de inscritos en la carrera electoral, principalmente porque nadie quiere hacerse cargo de la pesada herencia que dejaría el kirchnerismo en materia social y económica. Los que no se anotaron (como Reutemann) y los que abandonaron (como Macri) prefieren ceder a la especulación y "preservarse" para 2015, plazo que en la Argentina pertenece al campo de la ciencia ficción.

El oficialismo al desnudo

El Gobierno y sus aliados no conforman un todo compacto, pero son poseedores de una inteligencia al servicio del poder a la que rinden honores todos los días para llevarse lo que consideran suyo, y sólo suyo. La principal grieta es, paradójicamente, su principal sostén, Moyano, el todopoderoso jefe de la central sindical.  Dueño de un estilo confrontativo y bestial, de la mano del extinto Néstor Kirchner fue ganando cada vez más poder, basado principalmente en dos pilares: la expansión horizontal de su gremio (los camioneros), interfiriendo en otros sindicatos menguando su cuota de representatividad, y el manejo de fondos públicos vinculados al sistema de salud. Ha acrecentado, además, su fortuna personal incursionando en actividades empresarias de todo tipo. Consiguió nombrarse presidente del peronismo en el principal distrito electoral del país (la provincia de Buenos Aires), y desde allí busca expandir su influencia a todos los niveles políticos, exigiendo lugares en todas las listas de candidatos.

El oficialismo neto (Cristina, sus funcionarios más cercanos y "La Cámpora", corriente kirchnerista juvenil fundada por su hijo Máximo), buscan sacarse de encima a Moyano en este escenario electoral, a quien consideran un "piantavotos", y aunque lo necesiten otra vez al día siguiente de ganar las elecciones para sostener mínimamente el clima social. Aunque tengan puntos de contacto (como el caso del joven presidente de Aerolíneas Argentinas, hijo del principal diputado moyanista y abogado de la CGT, perteneciente también a "La Cámpora") las diferencias son profundas, y la presidenta inclina su preferencia a favor de los jóvenes kirchneristas para ocupar puestos claves de la administración pública. El moyanismo le contestó a la presidenta mediante un mensaje pseudomafioso, sosteniendo en referencia a Cristina que "nadie se suicida". Cualquier escenario futuro es atroz: si el Gobierno gana las elecciones y mantiene su alianza con Moyano, éste reclamará la autoría del triunfo y más poder, y si decide romperla, el sindicalismo se convertirá en un feroz enemigo con el que será casi imposible fumar la pipa de la paz. Cristina apuesta todo al frente judicial abierto contra Moyano, quien es investigado por cuentas suizas y malversación de fondos públicos en el sistema de salud, entre otras causas.

El debate pendiente

Así, el país marcha a una campaña electoral de las más pobres de su historia. Sin juicio no hay experiencia, y en la política argentina no hay nadie que proponga un juicio serio sobre los acontecimientos recientes y no tan recientes. Sin este juicio, hablar de proyecto nacional es toda una ilusión.

A modo de ejemplo, como consecuencia de la estatización del sistema de capitalización provisional llevada a cabo por el Gobierno hace algo más de tres años atrás, el Estado se convirtió en accionista de varias e importantes empresas y bancos privados, en los que las ya olvidadas AFJP tenían invertido parte de los ahorros de sus afiliados. Esto le da el derecho a designar directores en los consejos de administración y la enorme tentación (¿por qué no, no?) de intervenir en las decisiones empresariales. Para ello cuenta, además, con el plus que le otorga ser el Estado, es decir, quien regula las actividades de los sectores a los que pertenecen dichas empresas (industria, exportación, banca, etc).

El primer "round" ha sido con el grupo Techint: la asamblea de accionistas en la que se debatió la designación del "director estatal" entró en cuarto intermedio y un juez comercial ya entiende en la causa.  Techint quiso comprar la parte del Estado, y éste se negó: la sombra de lo que le sucedió en Venezuela con Sidor sobrevuela en la cabeza de los empresarios.  Bien, nadie del estamento político plantea seriamente un debate sobre cuál debe ser la actuación del Estado en materia económica, más bien todo lo contrario, todos los candidatos a presidente que sobreviven como tales aprueban sin mayor análisis la intervención estatal en todos los ámbitos de la economía, y si fueran elegidos, pondrían a sus hombres de confianza en los directorios de las empresas buscando una participación activa y no meramente formal.  Tampoco los empresarios lo hacen, ni confiesan el pecado de haber buscado los fondos públicos para financiarse y que los obliga a tener que aceptar ahora la representación de dicho capital en sus consejos de administración.

El otro debate impostergable es el del peronismo. El justicialismo necesita hacer un balance de su actuación histórica, predominante en la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI, proscrito o no, en el poder o en la oposición; debe hacerlo si desea volver a ser la expresión política del acceso de las clases postergadas a la vida social, económica y cultural, o si permanece como un monstruo mutante, vehículo para la sola saciedad de poder de quienes lo usan en beneficio propio (en versión menemista, kircherista, etc). El peronismo debe afrontar el juicio por el cual verifique si su protagonismo excluyente en la vida política nacional ha contribuido o no a sus tres autoproclamadas "banderas históricas": soberanía nacional, independencia económica y justicia social. En definitiva, si ha incidido positivamente en la construcción de una sociedad más justa y más libre.

Entre tanto, la situación económica del país revela datos contradictorios por los cuales sería aconsejable encender una luz de alarma: la inflación amenaza con destruir todos los logros en materia económica de estos últimos años, empobreciendo al común de los argentinos. El Gobierno, como ya se sabe, opta por desconocer este dato manipulando las estadísticas oficiales y multando a las consultoras privadas que difunden sus propias mediciones, al tiempo que emite circulante en forma permanente.

El contexto descrito es, antes que fuente inagotable de lamento, toda una invitación a los hombres de bien a sacudirse del aburguesamiento y abandonar la comodidad de sus particulares actividades para entregarse a la causa de la construcción de la casa común.

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