Editorial

Aprendizaje fallido

Editorial · Fernando de Haro
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10 mayo 2020
En silencio. A tres metros unos de los otros. Esperando el turno para rellenar la ayuda a los desempleados delante de la oficina de trabajo. En la boca, la mascarilla. En la cabeza una gorra o una capucha. Como si tuvieran que esconderse, como si haber sido despedido fuera una vergüenza. Como si fueran culpables y no víctimas. Nuevos parados. El paquete de dos billones de dólares de estímulo aprobado por Trump a finales de marzo no ha impedido que en el mes de abril se destruyeran más de 20 millones de empleos y la tasa de paro se eleve del 4,4 por ciento al 14,7 por ciento. Bajo las capuchas y detrás de las mascarillas, es muy probable que los nuevos parados no estén leyendo las recomendaciones de los mejores periódicos para “buscar un antídoto a la incertidumbre” a través de la rutina o canalizando la sensación de inestabilidad en una mayor energía creativa. No les servirían de mucho. Presuponemos que todos los intentos “por aprender qué hacíamos mal antes de que llegara el Covid” tienen buena intención. Lo que no significa que todos sirvan. Sobre todo cuando se está en la cola del paro y cuando aflora el sentimiento de culpa.

En silencio. A tres metros unos de los otros. Esperando el turno para rellenar la ayuda a los desempleados delante de la oficina de trabajo. En la boca, la mascarilla. En la cabeza una gorra o una capucha. Como si tuvieran que esconderse, como si haber sido despedido fuera una vergüenza. Como si fueran culpables y no víctimas. Nuevos parados. El paquete de dos billones de dólares de estímulo aprobado por Trump a finales de marzo no ha impedido que en el mes de abril se destruyeran más de 20 millones de empleos y la tasa de paro se eleve del 4,4 por ciento al 14,7 por ciento. Bajo las capuchas y detrás de las mascarillas, es muy probable que los nuevos parados no estén leyendo las recomendaciones de los mejores periódicos para “buscar un antídoto a la incertidumbre” a través de la rutina o canalizando la sensación de inestabilidad en una mayor energía creativa. No les servirían de mucho. Presuponemos que todos los intentos “por aprender qué hacíamos mal antes de que llegara el Covid” tienen buena intención. Lo que no significa que todos sirvan. Sobre todo cuando se está en la cola del paro y cuando aflora el sentimiento de culpa.

En Estados Unidos (con 330 millones de población) 20 millones de nuevos parados. En España (con una población de 47 millones) un millón de nuevos parados desde que empezó la pandemia, a los que hay que sumar los 3,3 millones acogidos a los ERTES (trabajadores pagados por la Seguridad Social, parados técnicos). Se trata de aprender. Aprendió rápido el Banco Central Europeo cuando decidió corregir su tímida respuesta de marzo. Se nota que ha aprendido porque ha hecho frente a la sentencia del Tribunal Constitucional de Alemania en contra de los programas de compra de deuda. Va aprendiendo, aunque con demasiada lentitud, la Unión Europea: Fondo de Rescate (MEDE) sin condiciones para los países del sur, programa de recuperación que puede alcanzar 1,5 billones de euros ligado al presupuesto.

Pero la UE tiene que darse prisa. Las colas del paro en Estados Unidos se parecen a las del 29. Por eso urge algo semejante a un New Deal. Es necesario discutir el destino de las inversiones: ¿no ha habido demasiada obra pública en infraestructura tradicional?, ¿no habría que pensar en vivienda social, en renovación energética? Quizás ni siquiera eso significa haber aprendido. Favorecer la inversión en sectores de futuro, mejorar la educación, renovar el tejido productivo son cambios necesarios. Pero seguramente no suficientes.

Hace unos días Alfredo Pastor, que fuera economista en el Banco Mundial y miembro de los gobiernos socialistas de los años 90 en España, en un intento encomiable por identificar el aprendizaje necesario, señalaba que “es necesario salir de la prisión mental” en la que estamos. Añadía: “ningún paquete de medidas cambiará por sí solo nuestra visión del mundo, que es lo que hay que cambiar”. Es llamativo y admirable que Pastor, miembro de una tradición tecnocrática, subraye que lo esencial no son los planes sino su espíritu. Los planes deben inspirarse en lo que hemos aprendido de la pandemia: donaciones de empresas y personas, voluntarios, solidaridad como fuente de felicidad. Pastor centra la cuestión, quiere convertir lo que nos ha sucedido en método. Pero cuando formula lo aprendido lo concreta “en tres innovaciones morales”: “el respeto a la dignidad del trabajo” (mejorará el empleo), “la satisfacción del trabajo bien hecho” (con ganancias para la productividad) y “la alegría del don” (facilitará la financiación). No se puede minusvalorar la aportación de Pastor y considerarla como un “capitalismo con valores” no es justo. Pero habrá que debatir si el aprendizaje es puramente ético, si tiene que ver con lo que deberíamos ser o con lo que somos. Es fácil predecir, como escribía Houellebecq hace unos días, que si solo hemos aprendido “innovaciones morales” el mundo después de la pandemia será igual, solo que un poco peor.

La expresión “dignidad del trabajo”, por ejemplo, no es un punto de llegada sino un punto de partida para convertir la crisis en oportunidad. Es sin duda un criterio para valorar tareas que hasta ahora eran invisibles, para modular la Renta Mínima Vital en función de las circunstancias, para reforzar un Estado o una Sociedad del Bienestar que no sofoque la responsabilidad personal. Pero sin intentar entender las consecuencias para el mundo del trabajo que tiene habernos redescubierto (inter)dependientes durante estas semanas, el aprendizaje tiene el riesgo de ser periférico. Una suerte de complemento que no provoca el cambio de mentalidad que Pastor reclama.

Lo mismo sucede con el valor del don, de lo gratuito, que nos ha acompañado desde que comenzó la pandemia. No basta con subrayar “la alegría de dar” si no repensamos la antropología del interés que utilizamos cuando pensamos en el mercado o la antropología negativa que inspira nuestra concepción del Estado.

Los nuevos desempleados que hacen cola en nuestras ciudades, escondidos tras mascarillas y capuchas, necesitan más que un New Deal, más que una corrección (necesaria) de valores. Necesitan, necesitamos todos, un aprendizaje que no sea fallido. Un aprendizaje que cambie el modo de recibir un subsidio, de hacer empresa, de trabajar, de construir un Estado mejor, una sociedad con más protagonismo.

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