Apostasía del bien común

España · Francisco Medina
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24 mayo 2013
Vivimos en sociedad: éste es un hecho objetivo que reconoce todo el mundo, desde los profesores de universidad hasta los políticos; desde los obreros hasta los banqueros...que no estamos solos en medio de la nada lo es también y que nuestra vida cotidiana está plagada de encuentros es algo que asumimos sin ningún esfuerzo. Que, sin orden, hay caos, es otro axioma (utilizado, en muchas ocasiones, de forma torticera para justificar miles de abusos desde el poder -no sólo militar, también el político). Y que precisamos de un marco de convivencia en el que el respeto y la solidaridad sean algo que impregne nuestras relaciones es algo que ha sido sostenido desde que el Cristianismo penetró en el Imperio Romano y contribuyó a la construcción de la civilización europea. Pero, como abandonamos nuestra historia, dejamos el bien común y las obras de la comunidad. Ahora preferimos el interés general y los servicios públicos. ¿Por qué este cambio?

Ya es sabido que la ruptura del principio de que  la fe (o convicción) y la vida estaban unidos nos ha traído un desdoblamiento y una enorme desconfianza hacia nuestros propios actos. Nuestra falta de certeza sobre la realidad nos encogió de miedo, porque, en el fondo, sin una experiencia de que la realidad es positiva, cunde la incertidumbre acerca de nuestro mañana: la fatiga del compromiso con la propia vida y durante toda nuestra vida ha dejado que venza nuestro ánimo y queramos agarrarnos a aquello que dominamos. Descartes fue el responsable de este histrionismo de la razón. Y, ahora que hemos negado la mayor (que es posible conocer la realidad y hacer experiencia de ella), nos encontramos luchando contra nuestros gigantes imaginarios. Luchamos contra los excesos del mercado, los monopolios, el capitalismo salvaje, la contaminación, la opresión, la discriminación sexual, las restricciones a los derechos de salud reproductiva, los recortes al gasto público.  Nos pasamos combatiendo todos los días, desde que nos levantamos. Clamamos por nuestros derechos; nos dejamos llevar por los correos electrónicos que nos reenvían sobre que tal empresa ha despedido a 300 trabajadores y que Rajoy ha recortado en Sanidad, pero mantiene a Fulanito. Inconscientemente, crece la furia, la indignación y el deseo de protesta. Consummatum est: dejamos de ser humanos.

El bucle eterno y la espiral dramática del deseo

"¿Cómo puedes cuestionar el hecho de que haya servicios públicos en este país, de los que tú te estás beneficiando?. Policías, bomberos, médicos, enfermeras, funcionarios…luchando por servicios públicos de calidad". "Ya están los partidarios del neoliberalismo y la especulación, prestos a robarnos a todos y a enriquecerse a nuestra costa". La indignación crece y la gente sale a la calle a manifestarse un día, y al otro, y al siguiente… en defensa de los servicios públicos: "yo pago impuestos y recibo, a cambio, un servicio de transporte, sanitario, asistencia y vigilancia en carretera, seguridad ciudadana, etc…y puedo poner reclamaciones y exigir, escribiendo al Defensor del Pueblo, entablando recursos con la Administración, pleiteando en los tribunales con todo quisqui (sea mi vecino, la Administración, la empresa que me ha despedido, la Iglesia…); no lo cambio por nada. El problema eres tú, que no te mueves por tus derechos".

Sonaría muy bien…salvo que hay un pequeño detalle: que tenemos un Estado que, lejos de dar seguridad jurídica, se ha aprovechado de esta pasividad del "pago-y-a-cambio-recibo-y-luego-reclamo" para establecer sistemas recaudatorios de multas de tráfico, legiones de inspectores de Hacienda y de Trabajo para vigilar (quid custodiat custodes?), montañas de normas legislativas y reglamentos para justificar, cada vez más, actuaciones arbitrarias (sobretodo, en el ámbito de nuestras tan queridas autonomías y ayuntamientos); elevar las tasas judiciales para frenar las impugnaciones; gastarse montantes de dinero contantes y sonantes para subvencionar la cultura alternativa (ésa del sexo libre, de género y reproductivo) y meternos, por activa y por pasiva,  el mantra de que "yo soy dependiente del entorno".

No pasaría nada si admitiésemos de una vez que nuestra apostasía del bien común y la creencia en el interés general nos ha hecho pasivos, no protagonistas; nos ha hecho reaccionar al son de los  titulares y las noticias sensacionalistas (porque, al esperarlo todo de "papá-Estado", nos hemos dedicado a consumir). Los casos de corrupción, el calentamiento global, la especulación, el virus del SIDA, la cumbre del G-20, la victoria de Obama, la llegada de Rajoy con sus recortes, y un largo etcétera de factores externos (no todos negativos necesariamente -aun cuando al PP se le pueda pedir más creatividad en todos los ámbitos de la política-)… nos ha hecho extremadamente vulnerables. No tenemos certeza en el futuro, y aferramos a nuestros hijos. Que muchos defiendan el statu quo de estos servicios públicos que tenemos en España sin ceder a un cambio de mentalidad, que implique un tejido social  fuerte, creativo y generador de obras,  es síntoma de que tenemos miedo a un futuro de cambio, de que nuestro corazón se ha vuelto tan mezquino que se contenta con las migajas del "que me dejen mi espacio" de refugio y bienestar. Y es que el síndrome de Estocolmo que ha generado "papá-Estado" es tan fuerte que una reforma estructural no sería suficiente (aunque necesaria): si nuestro corazón no descansa en una experiencia de un Dios presente en nuestra historia, no tendremos certezas. Por eso, ver a personas que han encontrado su sentido más profundo y su proyecto vital en la relación con el Misterio es un soplo de aire fresco importante y un motivo de peso para seguir esperando. 

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