Desde el escaño

Ante la intimidación: jugando con fuego

Cultura · Eugenio Nasarre
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23 abril 2013
El 10 de noviembre de 1988 se produjo un granescándalo en el Parlamento alemán. El Bundestag conmemoraba el cincuentaaniversario de "la noche de los cristales rotos". Su presidente, eldemocristiano Philipp Jenninger, pronunció un discurso que provocó la ira delas filas de la oposición y de importantes medios de comunicación. Fueron detal calibre las reacciones adversas que Jenninger dimitió apenas veinticuatrohoras después.

¿A qué se debieron las furibundas críticas, querecorrieron el mundo antes incluso de que el Presidente del Parlamento hubieraterminado su discurso? A que Philipp Jenninger no se limitó a condenar laviolencia nazi sino que extendió la crítica a la sociedad alemana, que se dejó"fascinar" -esas fueron sus palabras- por el nazismo hasta que fue demasiadotarde. El profundo y cuidado análisis del político democristiano fueinterpretado, en aquellas primeras apresuradas reacciones, como un intento dediluir la responsabilidad del nazismo. Lecturas posteriores más sosegadas,empezando por las de los más acreditados medios judíos, rectificaron aquellaprimera reacción y Jenninger fue rehabilitado. Porque había emitido un juicioeminentemente moral: el horror del nazismo no habría llegado a consumarse sibuena parte de la sociedad alemana no hubiera tenido una actitud pasiva,justificatoria y complaciente, incluso en medios de la judicatura, ante losmétodos que los nazis fueron imponiendo en la vida social y política alemana delos años treinta. A los actos de violencia cometidos por las escuadras nazisGoebbels las había llamado "ira popular espontánea".

En España estamos asistiendo a la proliferación deactos de intimidación, violentos en sí mismos, contra representantes políticosdel partido que sustenta al gobierno. Han dejado de ser acciones esporádicaspara convertirse en sistemáticas. Los instigadores y ejecutores han traspasadouna línea sumamente peligrosa: la que marca el espacio de privacidad decualquier persona. Churchill dijo que la democracia era el régimen en el que, cuandoalguien llamaba a tu casa, era el lechero. Eso ya no es así para algunaspersonas en España.

Pero lo que más nos debe de preocupar no son los actosde intimidación sino el clima de complacencia que ante ellos se está instalandoen parte de la sociedad española. La justificación que prolifera responde en elfondo a la misma idea con la que Goebbels defendía la violencia de los añostreinta: "ira popular espontánea". El reciente episodio del Congreso de losDiputados en el que una parte de la bancada socialista aplaudía a los invitadosen la tribuna que proferían graves imprecaciones a diputados de la Cámararesulta inaudito. Hay que reconocer que Manuel Chaves, en un gesto que lehonra, intentó evitar el irresponsable comportamiento de sus compañeros. Nadamenos que el exdirector general de la UNESCO, Federico Mayor Zaragoza, hapedido la concesión del Premio Príncipe de Asturias de la Concordia a laplataforma que promueve los actos de intimidación. Las condenas a estos métodosviolentos o son tibias o brillan por su ausencia.

No quiero cargar las tintas en las gravescircunstancias que vive la sociedad española. Necesitamos todos hacer unejercicio de autocontención. Pero el desbordamiento de la legalidad esevidente. El derecho de manifestación, como cualquier derecho, tiene suslímites y sus cauces para ejercerlo. La desobediencia a la ley intentaimponerse como conducta socialmente aceptable. Todas estas iniciativas tienenun denominador común: pretenden la deslegitimación de nuestras institucionesdemocráticas.

Para mañana está convocada una concentracióncalificada por sus promotores como "asalto" al Congreso hasta "la dimisión delGobierno y la disolución de las Cortes". El desafío a nuestra democracia nopuede ser más claro. Constituye un escalón más en una estrategiadesestabilizadora. La crisis está alimentando en diversas partes de Europa laproliferación de fuerzas antisistema. El caso italiano no puede desestimarse.Grillo se ha convertido, tras las últimas elecciones italianas, en una fuerzaparlamentaria relevante. Pero eso no le está haciendo cambiar su estrategia,como lo demuestra su comportamiento en la elección del Presidente de laRepública.

Es imprescindible una decidida y potente acción paradefender los valores, principios y reglas de nuestra democracia, para que laopinión pública vea con mayor lucidez hacia dónde conduce este "deslizamientohacia la anarquía", como alguien lo ha calificado. En las sociedades libres lafunción de los medios de comunicación es primordial. En buena parte dependemosde su sentido de la responsabilidad. En nuestras sociedades todo lo tendemos aconvertir en espectáculo, en nada más que espectáculo. Los espectáculos tiendena producir "fascinación". Por eso los convocantes de mañana invitan a ir conantorchas. Todo esto es jugar con fuego.

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