Ante el aborto, todos estamos en la carretera

España · Fernando de Haro
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17 septiembre 2008
Los dos personajes de La Carretera, padre e hijo, avanzan hacia el sur por un mundo desolado cubierto de cenizas, en el que no quedan alimentos ni  combustible; un mundo cubierto por los restos de una civilización extinguida en la que los cadáveres son como chatarra vieja. La novela de Corman McCarthy, con una sobriedad y fuerza expresiva conmovedora, describe la lucha esencial que un adulto, en compañía de un niño, libra minuto a minuto por reconocer el valor de la existencia. Es una lucha concreta, desnuda, jalonada por diálogos elementales y cargados de sentido, marcada por la búsqueda de comida y abrigo, frente a amenazas exteriores y a fantasmas y sueños interiores que presentan a la muerte como una dulce evasión.

En la carretera estamos todos cuando el Gobierno anuncia que España tendrá una legislación que va a permitir el suicidio asistido y una  reforma del aborto que lo va a convertir en derecho. "¿Quién tiene la culpa de esto?". Es la pregunta que muchos padres hacen al ginecólogo o al pediatra cuando le anuncian que su hijo padece síndrome de Down. La amniocentesis, la prueba que se hace para detectar si un feto sufre algún tipo de minusvalía o de malformación, se ha convertido en parte del protocolo de todo embarazo, a pesar de que implica un riesgo de muerte del uno por ciento (altísimo) para el niño en gestación.

Los últimos datos oficiales del Ministerio de Sanidad referidos a 2006 reflejan que de los 100.000 abortos que se practicaron en España, casi 25.000 se le practicaron a mujeres que estaban casadas. La debilidad para percibir el valor de la vida no es pues algo vinculado exclusivamente a sectores marginales, mujeres solas, adolescentes sin formación sexual. Esa debilidad afecta a un porcentaje altísimo de parejas estables. En realidad es una debilidad que nos afecta, de un modo u otro, a los que vivimos en un mundo cubierto de cenizas como el de McCarthy. 

Habrá que denunciar con insistencia y precisión las leyes injustas y aberrantes. Pero como al padre de La Carretera, nos hace falta un diálogo continuo con alguien que nos enseñe a amar la vida. Este verano mis hijos han jugado con María y Willy. María tiene espina bífida y mueve con agilidad sus muletas. Willy es hijo de una chica negra soltera que fue acogida por un cirujano y una profesora de música. La chica abandonó la casa que les acogió y ahora los nuevos padres de Willy son el cirujano y la profesora. No habían escogido a sus hijos, pero se les ve satisfechos. Quiero que los padres de Willy y María me hablen, como le habla el hijo al padre de La Carretera.

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