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Año nuevo, ¿vida nueva?

Mundo · Elena Santa María
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9 enero 2019
El cambio de año es un momento inevitable de balance del año que se va, de repasar los mejores y peores momentos y de hacer, o al menos intentarlo, ´borrón y cuenta nueva´. Edurne Portela, en El País, decía que ´enseguida sustituimos el objeto roto por otro nuevo, despedimos el año viejo y abrazamos el nuevo como si de repente, por cambiar de número en el calendario, dejáramos atrás nuestras penas y dolores; nosotros a quienes no nos enseñan qué hacer con los afectos que se rompen salvo reprimirlos o relegarlos al olvido´.

El cambio de año es un momento inevitable de balance del año que se va, de repasar los mejores y peores momentos y de hacer, o al menos intentarlo, ´borrón y cuenta nueva´. Edurne Portela, en El País, decía que ´enseguida sustituimos el objeto roto por otro nuevo, despedimos el año viejo y abrazamos el nuevo como si de repente, por cambiar de número en el calendario, dejáramos atrás nuestras penas y dolores; nosotros a quienes no nos enseñan qué hacer con los afectos que se rompen salvo reprimirlos o relegarlos al olvido´.

El 1 de enero llega siempre como una bocanada de aire nuevo, es la posibilidad de volver a empezar, de volver a vivir, aunque el panorama que tenemos por delante sea aparentemente oscuro. Decía Iñaki Gil en El Mundo que ´pese a todas las incertidumbres mundiales, pese a que nuestra clase política parezca llena de replicantes, 2019 pinta mucho mejor que como lo imaginó Blade Runner´. ´Es tiempo de vivir´, añadía. Pero, ¿qué pasa con esas penas y dolores que arrastrábamos en diciembre? ´No tarda en aparecer la materia macilenta, eterna y común, de los viejos días, y con ella las cuitas y problemas que quisimos desterrados en diciembre´, reflexionaba Juan Claudio de Ramón en The Objective. Su hipótesis es: ´no seamos cenizos, y disfrutemos mientras dure la ilusión de una vida que hoy –refiriéndose al 1 de enero– al menos hoy, precisamente hoy, nos parece una pisada fresca en la arena´.

Aunque, como vemos, cada uno responde como puede, lo que está claro es que los primeros días del año, incluso ya cuando empieza de nuevo la vorágine cotidiana, tienen un telón de fondo de silencio. Precisamente, ´la práctica del silencio nos enseña a aprender a estar en la vida y no huir de ella´, decía Manuel Llorente en El Mundo. Y continuaba: ´hay que volver a lo que hay. Hay que saber estar en lo que estás, ahí está la vida´.

Este recorrido lo describe perfectamente Lorena G. Maldonado en El Español: ´Ahora ya no sé si el tiempo de verdad se divide en años. Si algo se limpia en nosotros de diciembre a enero, si podemos aprender algo realmente esencial, algo filosófico y hondo y estructural que aplicar a la vida (…) El juego se inaugura cada día, la invasión recomienza al poner un pie fuera de la cama´. Más adelante: ´lo que me une un poco a la humanidad en días así es la certeza infantil de que todos estamos esperando algo. Lo noto caminando por la calle, lo veo en las caras de la gente. Resisten porque creen que algo se acerca, que algo va a pasar: es impreciso, pero esta convicción resulta necesaria como lubricante anual´. Y termina: ´hablo de algo obviamente extraordinario, algo hermoso y sin grietas. Un regalo porque sí. Algo que se parezca un poco a lo que creemos que merecemos y no a esta carcoma con ratitos de éxtasis, no a esta mediocridad celebrada, no a la felicidad conformista de los otros, a este ‘psé’, a este ‘bueno, va’. Lo está esperando todo el mundo –también la legión de escépticos en la que milito–, lo estamos amasando en silencio aunque no sepamos bien qué es, o quién es, o de dónde viene, o qué forma tiene, o cómo hará para manifestarse. Algo está moviendo sus engranajes. Algo se alinea. Algo se activa en alguna parte. Algo está viajando furiosamente hacia aquí. Algo radicalmente bueno´.

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