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Angie: ahora Europa

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23 septiembre 2013
Después de la gran victoria de este domingo (42 por ciento de los votos) la gran tarea de Merkel es Europa. Estamos en un momento similar al que se produjo tras la II Guerra Mundial y al que vivimos en los años 80, antes y después de la caída del muro. Los retos de ahora no son menores que los de entonces. Y requieren superar la amenaza siempre presente de los viejos nacionalismo.

Después de la gran victoria de este domingo (42 por ciento de los votos) la gran tarea de Merkel es Europa. Estamos en un momento similar al que se produjo tras la II Guerra Mundial y al que vivimos en los años 80, antes y después de la caída del muro. Los retos de ahora no son menores que los de entonces. Y requieren superar la amenaza siempre presente de los viejos nacionalismo.

La actitud de la canciller durante la última crisis, especialmente desde 2010, ha permitido salvar la moneda única pero no ha puesto las bases de una estabilidad definitiva. El euro se construyó sobre una mutua cesión: los alemanes tenían que olvidarse de su querido marco a cambio de que el resto de los socios aceptaran la integración de Alemania Oriental. Merkel ha navegado entre dos aguas: ha hecho posible el rescate completo de Grecia, Portugal, Chipre e Irlanda así como el rescate del sistema financiero de España. Pero ha impuesto unas condiciones, especialmente en el caso de Grecia y de Portugal, que son de casi imposiblemente cumplimiento. Las exigencias de la Troika se han convertido un yugo excesivo para los países del sur. Lo mismo ha sucedido con la política monetaria. Alemania ha permitido al Banco Central Europeo respaldar al euro. Sin ese apoyo no hubiera salido adelante. La decisión era tan arriesgada como necesaria y todavía puede ser echada para atrás por el Tribunal Constitucional. Pero al tiempo que abría la mano por ese lado ponía freno a la unión bancaria, a la unión fiscal, y por supuesto a los eurobonos. Fórmula esta última que en el día de cierre de campaña Merkel rechazó de forma expresa. Es evidente que la sindicación de la deuda y todo lo demás herramientas, a pesar de las resistencias germánicas, son necesarias para que el euro no sea víctima de los mercados globalizados. Hay que acabar lo empezado.

En las cuestiones de soberanía económica ha sucedido otro tanto. Alemania y sus satélites han impulsado, en el caso de los países intervenidos, una cesión de competencias a favor del Consejo Europeo y del Ecofin que son los que deciden qué política hay que hacer. El caso de España en este capítulo es muy ilustrativo. El Gobierno de Rajoy no quiere ni por asomo que se prolongue la ayuda del MEDE (Mecanismo Europeo de Estabilidad) porque ya le resulta más interesante financiarse en los mercados. Pero el liderazgo germánico prefiere que se prolongue la ayuda para poder obligar con más fuerza al Ejecutivo del PP a controlar el déficit. Las cesiones de soberanía tendrían que venir acompañadas de una mayor integración política en beneficio de los órganos europeos de gobierno y no de acuerdos coyunturales en los que manda el más grande y el más rico sin unas reglas claras.

Merkel tiene dos obsesiones: la competitividad y la sostenibilidad del sistema. Y es justo y razonable que las tenga. La canciller no para de repetir que Europa pierde peso en el mundo. Y recuerda constantemente que con la demografía que tenemos las cuentas no salen para mantener en pie el Estado del Bienestar. Absolutamente cierto. Estas preocupaciones, el éxito de la Agenda 2010 puesta en marcha por Schröder en 2003 y el temor a que el euroescepticismo creciera entre los alemanes han condicionado la política en la última legislatura. La Agenda 2010 puede ser, como ha pretendido Merkel, un referente para Europa: es absolutamente necesario reducir el sector público para hacerlo eficaz, reformar el mercado de trabajo para que sea más dinámico, alargar la vida laboral, modificar el sistema de pensiones y conseguir austeridad fiscal. Pero aplicar la receta sin consolidar las instituciones europeas y sin acompañarla de algunas políticas de estímulo nos estanca. Ya hemos visto lo que ha sucedido en los últimos años. Las políticas de austeridad fiscal se han traducido en subidas de impuestos que han frenado la actividad. Y es imposible ganar competitividad sin invertir en conocimiento y en educación.

La verdadera capacidad para competir no se puede cimentar en la devaluación interior que en el caso de una moneda única se produce por la bajada de salarios y por el descenso del consumo. En este punto España es también un ejemplo sintomático. Las exportaciones son las que están tirando de la economía y son las que van a propiciar la reactivación. La balanza comercial mejora porque se produce lo mismo que antes de que hubiese seis millones de parados y porque esa producción se lleva a cabo con bajadas salariales de los que trabajan que llegan hasta el 30 por ciento. No es un modelo sostenible en el tiempo. Siempre habrá alguien dispuesto a trabajar por menos dinero, sobre todo al otro lado del Mediterráneo.

El incremento de productividad necesario es que el que genera un uso intensivo de la tecnología, el conocimiento y el posicionamiento en sectores de alto valor añadido. Y solo con austeridad eso no se consigue.

Es lógico que los alemanes no quieran cargar con las deudas de los demás, de los países en los que la fiesta duró demasiado. Pero el destino de Alemania está cosido al del resto de Europa. Solos no salimos adelante, Europa debe avanzar. Nos encomendaremos a Schuman, De Gasperi y a Monnet (aunque este último no fuera creyente).

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