Ángeles y demonios

Cultura · Juan Orellana
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6 mayo 2009
Tras la versión cinematográfica de El Código Da Vinci, su director -Ron Howard- y su protagonista -Tom Hanks- se vuelven a ver las caras en la nueva adaptación del best seller de Dan Brown, Ángeles y Demonios. En pleno cónclave para elegir nuevo Papa, cuatro cardenales son secuestrados y se anuncia la colocación de una bomba de altísima potencia en el Vaticano. Con la plaza de San Pedro atestada de gente, la policía dispondrá de muy pocas horas para evitar esa catástrofe.

Un thriller convencional, muy esquemático y previsible, y en ocasiones exageradamente inverosímil, se envuelve de tramas vaticanas por puro oportunismo. Cuestiones que llenan bibliotecas enteras y que han ocupado a las mentes más privilegiadas de los últimos siglos, como la relación entre razón y fe, entre ciencia y teología, entre verdad y progreso, se ventilan en esta película de la forma más estúpida y pueril que uno se pueda imaginar.

La película destila un desconocimiento total de la Iglesia, de su forma de ser y de sus representantes. El guión sólo entiende de claves de poder y de conductas conspiratorias y presenta a unos cristianos carentes de la más mínima religiosidad. Son tan abundantes las falsedades, inexactitudes y errores de bulto que el resultado es un delirante e hilarante esperpento, que sólo puede entretener a los que lo ignoren todo de la Iglesia católica.

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