Andrew Jackson y Donald Trump: ¿opuestos o paralelos?

Mundo · Antonio R. Rubio Plo
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7 febrero 2017
António Pedro Barreiro, un joven estudiante portugués de Ciencias Políticas, ha tenido la oportunidad de publicar en el diario digital observador.pt “A moral da Historia”, un interesante artículo en el que invita a una reflexión histórica para tratar de comprender estos convulsos inicios de la presidencia de Donald Trump. Resulta significativo que algunos lectores le hayan felicitado por el rigor histórico, si bien otros ponen en duda que se puedan sacar enseñanzas de la Historia. Para muchos, la Historia se reduce a una acumulación de datos, una especie de trabajo de documentación adicional, pero que poco tendría que enseñarnos porque las circunstancias actuales son muy diferentes.

António Pedro Barreiro, un joven estudiante portugués de Ciencias Políticas, ha tenido la oportunidad de publicar en el diario digital observador.pt “A moral da Historia”, un interesante artículo en el que invita a una reflexión histórica para tratar de comprender estos convulsos inicios de la presidencia de Donald Trump. Resulta significativo que algunos lectores le hayan felicitado por el rigor histórico, si bien otros ponen en duda que se puedan sacar enseñanzas de la Historia. Para muchos, la Historia se reduce a una acumulación de datos, una especie de trabajo de documentación adicional, pero que poco tendría que enseñarnos porque las circunstancias actuales son muy diferentes.

Lo de que la Historia se repite a la manera hegeliana, que los acontecimientos del pasado tienen su correlación, a veces casi automática, en el presente y que, en consecuencia, podemos prever el futuro se ha repetido, a modo de consigna ideológica, durante casi dos siglos. Ha sido la influencia del marxismo, sin duda, aunque otras ideologías de signo opuesto han participado de los mismos planteamientos. Sin embargo, el mecanicismo histórico no existe porque el ser humano es, ante todo, un ser libre, pero el conocimiento de la Historia puede ser útil a la hora de comparar situaciones. Las conclusiones también serán libres. Pese al auge de la tecnología y de la globalización, las pasiones humanas son las mismas, las reflejadas en las tragedias griegas o en las de Shakespeare. Ni que decir tiene que la política, con sus procesos de ascensión y caída de los líderes, tiene bastante de tragedia.

La comparación hecha por Barreiro se refería a la presidencia de Andrew Jackson, elegido en 1828. Era un hombre de carácter arrogante y difícil. Hasta entonces se había dedicado a la abogacía y desarrollado una carrera militar, combatiendo a los británicos en 1812. Fue implacable en la lucha contra los indios creek a quienes expulsó de los actuales estados de Alabama y Georgia. Se presentó a las elecciones de 1824, pero sus adversarios invalidaron su elección, pese a tener la mayoría de los votos populares; y la presidencia pasó a John Quincy Adams, hijo de un anterior presidente. Jackson fue el candidato favorito de los pioneros y colonos, hijos de un ambiente en el que convivían el rifle y la Biblia. Con todo, Jackson desagradaba a una burguesía mercantil e industrial, procedente de las primitivas trece colonias, la que calificaba de patán, demagogo e ignorante a aquel hijo de irlandeses que se había hecho a sí mismo. Nada nuevo bajo el sol. El hombre de la América profunda luchando contra las élites tradicionales de la costa noreste.

Un político como Jackson tenía que cuestionar forzosamente las instituciones tradicionales y presentarse como un abanderado en la lucha contra la corrupción. Era un populista antes de inventarse ese término. Se puede afirmar además que Andrew Jackson era tan imprevisible como Donald Trump. No es casual que el actual presidente haya mandado colgar un retrato de Jackson en el despacho oval. Se conoce que Trump no es la excepción en esa lista de presidentes americanos a los que les gustan los paralelismos históricos. Difícilmente convencerá a muchos de que es un nuevo Ronald Reagan, aunque también haya ganado las elecciones a los setenta años, si bien no ha desaprovechado la oportunidad de presentarse como una especie de reencarnación de Andrew Jackson. Sin embargo, a cualquier estudioso del período del séptimo presidente de EEUU le resultará muy difícil relacionar al magnate Trump con la imagen del hombre común representada por aquel lejano inquilino de la Casa Blanca. No se puede negar que no le haya votado más de un hombre común, aunque no es menos cierto que él nunca quiso serlo. Más de un historiador estaría de acuerdo en compararlo con un César que, en vez de parecer un cónsul, tenía actitudes propias de un tribuno de la plebe.

El improvisado articulista del diario observador.pt no sería original en su tesis si tuviera la nacionalidad estadounidense. Pero en Europa su artículo resulta muy acertado. Sirve para argumentar que la democracia americana sobrevivió a la tentación populista por la existencia de un sistema de equilibrio de poderes. En otros países al sur de Río Grande, dotados de instituciones inspiradas en las norteamericanas, la situación podría haber evolucionado hacia un sistema caudillista. No sería así en EEUU. De ahí que António Pedro Barreiro esté convencido de que el sistema político estadounidense sabrá resistir el desafío lanzado por Trump y sus continuos decretos presidenciales. Los europeos deberíamos de creerlo y no dejarnos contagiar por ese antiamericanismo primario que se extiende por nuestro continente. Si los norteamericanos legitimaron esta situación en las urnas, serán ellos mismos los que encuentren una salida, y esa salida pasará siempre por el triunfo del Estado de Derecho.

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