Alianza reforzada

Mundo · Ángel Satué
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13 julio 2022
Hace tiempo que han dejado de sonar las sirenas en la capital temporal de la Alianza Atlántica por un par de días, Madrid.

El ulular de los coches de policía y de la secreta, el ir y venir de furgonetas de lujo atravesando a la velocidad de un rayo la Castellana y otras calles de renombre, desde el aeropuerto a los hoteles, y vuelta, han dejado paso al sonido seco de algún martillo de obra, a las cotorras y las chicharras. Madrid vuelve a su ser, en espera de un verano apacible, sin sobresaltos, que se merece, con la vista puesta en la inflación, el paro, las vacaciones para el que pueda y la pandemia. Dos madrides, o tres contando a las televisiones. Uno, conectado a una sociedad global y cosmopolita. Otro, castizo, conectado a su caña y pincho.

Finalmente, en la cumbre no estuvo el presidente de Ucrania, que no encajaría en la definición de héroe de un personaje de Le Carré, que decía que “héroe era el primer hombre en escapar por la puerta trasera cuando se pedían voluntarios” (La Casa Rusia). Tampoco Rusia atacó Madrid (es de suponer que sí cibernéticamente hablando, pero ojos que no ven…), que de todo se habló en la Villa y Corte.

España es un pilar fundamental de la OTAN, y probablemente cuente con la base norteamericana más importante de Europa, desde luego sí en términos navales, más ahora que se unen dos nuevos buques a Rota, que conforman el escudo antimisiles. Se cumplían 40 años de nuestra entrada en esta formidable alianza defensiva.

La OTAN es una Alianza militar, venida a más, sorprendentemente, tras los fiascos de Afganistán y Libia, al recordar “tiempos mejores”, en que el enemigo era la URSS. Es natural que encuentre cierto acomodo en sacar antiguas visiones estratégicas que dan un cierto sentido, en una búsqueda de un propósito anhelado, desde que cayera el Telón de Acero en 1989.

Pero si algo es, pese a Francia, es una alianza política, venida a más, en cuanto Suecia y Finlandia entren (el 5 de julio firmaron los protocolos de adhesión) y que va encontrando un nuevo sentido estratégico –el fin de la cumbre era aprobar el nuevo concepto estratégico–, en torno al concepto poco conocido de la seguridad humana, que abarca lo militar pero también lo climático, lo político, las catástrofes naturales y sanitarias, las crisis migratorias y alimentarias o las nuevas tecnologías emergentes. En definitiva, poner proa al gobierno de los asuntos globales desde una dimensión de seguridad ampliada.

En un mundo como el que vivimos, siempre al borde del caos universal, y a pesar de la evidente amenaza rusa, estableciendo un nuevo telón (de tela), la Alianza encuentra en la defensa del territorio de los países que la integran, y en una concepción más amplia de la seguridad, una clara razón de ser. No olvidemos empero que la Alianza no existe más allá de los 30 países que la conforman, y de su mayor contribuyente (EE.UU. aporta el 70% del presupuesto).

En esta cumbre se ha aprobado el nuevo Concepto Estratégico de la OTAN –el octavo desde su fundación– que se sustenta en unas consideraciones de fondo que interesa enumerar:

  1. UU. está ahí, comprometido con Europa, y Europa está ahí, comprometida entre sus países miembros, y también con la cooperación con los EE.UU.
  2. Europa está comprometida con EE.UU. y en este sentido, el vínculo transatlántico se reconoce como existente, como importante, y constituyente de una relación especial y necesaria.
  3. Entra en juego la “realpolitik”, y es mejor estar en el club que no estar, aunque se entra por invitación, y se apoya a quien se considera, en función de consideraciones estratégicas (por ejemplo, para frenar ciertas aspiraciones, en el caso de Rusia).
  4. Por primera vez se dice abiertamente que el continente no está en paz (“The Euro-Atlantic area is not at peace”).
  5. Se hace una referencia explícita a las armas nucleares de la Alianza, en concreto se dice que la Alianza pueda llegar a utilizar su capacidad nuclear es algo extremadamente remoto, y que cualquier ataque nuclear a la OTAN (no dice que sufra las consecuencias de un ataque, sino ataque directo) alteraría la naturaleza del conflicto (¿se piensa en Rusia?). En todo caso, se afirma la capacidad y resolución de la Alianza para imponer costes al adversario, no indica de qué naturaleza, de modo que los costes superarían con creces todo beneficio que tales adversarios pudieran pensar en obtener.
  6. Se abre la Alianza a la cooperación con otras organizaciones y países (Nueva Zelanda, Japón, Corea del Sur, Australia) y se asientan las bases para alentar una Unión Europea de la defensa, como pilar fundamental de la Alianza. De este modo, queda modulado el concepto de autonomía estratégica de la Unión Europea, que nunca quiso significar la independencia de criterio, pero sí cierta emancipación, para algunas cuestiones y zonas del globo donde el actuar europeo pudiera no depender de EE.UU. En particular, la Alianza “reconoce el valor de una Europa más fuerte y más capaz que contribuya a la seguridad global y transatlántica”. La idea fuerza es la de complementariedad y cooperación.

No obstante, para la cuestión rusa y la china, no olvidemos que, para la Europa occidental, son dos países con los que se pretende tener cierto entendimiento, si bien todo pasa primero por construir la confianza, en torno a unas reglas comunes, de gobierno, que no dejan de ser de entendimiento y, hoy por hoy, es un asunto de décadas.

El problema para la Alianza, y para la Unión Europea, es que nuestra fortaleza es vista como debilidad desde Jerusalén hacia el oriente y, en este sentido, es de esperar que las tensiones desencadenen tensiones aún mayores y seísmos en torno a la seguridad humana.

Es clave, por tanto, trabajar en la percepción que terceros tengan acerca de nuestras fortalezas, que lo son de veras. Acerca de nuestra polis. Trabajar el plano ontológico del euro-atlantismo, y que conlleva un debate político, que lejos de ser una debilidad, es una ocasión para la mejora; y las presiones migratorias, una ocasión para el encuentro con otros, distintos pero igualmente dignos en derechos, y una ocasión para profundizar en la noción de ciudadanía; y así con todos los retos globales sobre la mesa.

Nos ven débiles cuando somos fuertes, y eso es una gran amenaza que se cierne sobre nuestras cabezas, y una grave paradoja que hay que atajar cuanto antes. Entendamos Grecia, porque somos Grecia… y Roma.

No cabe una concepción sin la otra, pese a las reticencias francesas. Si algo nos ha dejado la Cumbre de Madrid es la sensación de que los aliados han vuelto a pronunciar un juramento secreto, quién sabe si bajo los salones de Palacio o en algún otro lugar. Lo que es claro es que la Alianza sale reforzada, y de eso habrán dado cuenta las delegaciones y embajadas de terceros países que en Madrid tiene su sede diplomática.

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