Entrevista imposible a Václav Havel

Algo secreto que me supera

España · Ubaldo Casotto
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24 agosto 2019
La exposición “El poder de los sin poder. Interrogatorio a distancia con Václav Havel” del Meeting de Rímini, recorre bajo la forma de una larga entrevista póstuma, el testimonio y pensamiento del escritor checo, uno de los grandes protagonistas del siglo XX, disidente del régimen comunista, que permaneció preso una larga temporada y luego fue elegido presidente de Checoslovaquia en 1989, al culminar la llamada revolución de terciopelo. A las preguntas planteadas hoy por un grupo de jóvenes coordinados por los dos comisarios, Havel responde con palabras tomadas de sus libros. El resultado, a treinta años de distancia de su entrada en el palacio de Praga como presidente, es de una sorprendente actualidad. Vemos algunos ejemplos.

La exposición “El poder de los sin poder. Interrogatorio a distancia con Václav Havel” del Meeting de Rímini, recorre bajo la forma de una larga entrevista póstuma, el testimonio y pensamiento del escritor checo, uno de los grandes protagonistas del siglo XX, disidente del régimen comunista, que permaneció preso una larga temporada y luego fue elegido presidente de Checoslovaquia en 1989, al culminar la llamada revolución de terciopelo. A las preguntas planteadas hoy por un grupo de jóvenes coordinados por los dos comisarios, Havel responde con palabras tomadas de sus libros. El resultado, a treinta años de distancia de su entrada en el palacio de Praga como presidente, es de una sorprendente actualidad. Vemos algunos ejemplos.

¿Por qué habla tanto usted del milagro del ser?

La continua capacidad de sorprenderse forma parte de una vida digna y normal.

Su esposa Olga se pregunta muchas veces de dónde ha sacado una persona tan racional como usted esa convicción sobre la inmortalidad del alma. ¿Qué le responde?

Nada de lo que ha sucedido puede no volver a suceder. Del mismo modo, la personalidad humana, la existencia humana, perdurará definitivamente en la “memoria del Ser”. No solo no dejará de existir cuando su “poseedor” pase a otra sala o cuando lo encierren, ni siquiera cuando todos se olviden de él, ni siquiera dejará de existir cuando muera, ni cuando la última persona que lo conocía en el mundo o que sabía de la existencia de alguien así se olvide de él o perezca. Nada puede borrar de la historia la personalidad humana que existió en un momento dado. Existirá en la historia para siempre.

En su opinión, ¿el hombre solo vive plenamente su ser persona, es decir, vive con dignidad, si se concibe en relación con eso que usted llama el horizonte absoluto?

¿Por qué entonces cuando viajamos completamente solos en el segundo vagón de un tranvía, sin conductor, donde nadie puede darse cuenta de si pagamos o no, después de una pequeña batalla interior acabamos siempre introduciendo la moneda en el cajetín? ¿Por qué se hace el bien incluso cuando no es evidente que nos suponga ninguna ventaja (incluso cuando nadie sabe el bien que se ha hecho ni lo sabrá nunca nadie)? Y cuando no se hace el bien, ¿por qué uno se justifica consigo mismo?

Muchos no pagan el tranvía, ni hacen el bien.

No me interesa la razón por la que el hombre comete maldades, me interesa en cambio la razón por la cual (no importa dónde) hace el bien o, al menos, siente de debería hacerlo. Parece una cuestión de conciencia.

¿Qué es la conciencia?

Parece que, incluso cuando nadie le observa o incluso cuando tienes la certeza de que nadie sabrá nunca de su comportamiento, hay algo dentro del hombre que le empuja a comportarse (al menos en cierta medida) como si alguien lo estuviera mirando. Y si en tal situación hace algo que no debe, llega a establecer una especie de “diálogo” con el observador, intentando defenderse y explicar su comportamiento.

Entonces usted es kantiano.

Kant habla de “ley moral dentro de mí” y de “imperativo categórico”, pero creo que lo entiende de un modo excesivamente apriorístico y no tanto como una experiencia concreta de la existencia, mejor dicho, como “metaexperiencia”, es decir, la experiencia que se esconde dentro de todas las demás experiencias.

Digamos la palabra: Dios.

Claramente es una experiencia espiritual suprema, mejor dicho, una experiencia de algo absolutamente espiritual. Sin embargo, confieso que todavía no puedo hablar en ese sentido de Dios. En cambio, aquí soy consciente de la existencia de una paradoja: si Dios no ocupa el lugar que estoy intentando definir, todo parecerá una duda abstracta. ¿Qué hacer entonces?

Pero en otras partes usted no teme hablar de Dios, Michnik lo define como “extremadamente sensible al anuncio cristiano”. Un realista anti-utópico, como se define usted, ¿qué piensa de la religión y del cristianismo?

Hasta donde yo sé, vivimos en la primera civilización atea. La gran distancia de Dios que estamos viviendo en la modernidad no tiene parangón en la historia. Es extraño, aunque a fin de cuentas resulta absolutamente lógico. En cuanto el hombre ha identificado en sí mismo el más alto significado del mundo, el mundo ha empezado a perder las dimensiones humanas y ha empezado a escaparse entre las manos del hombre. Percibo que en el fondo de esta crisis contemporánea está el orgulloso antropocentrismo del hombre moderno.

Dice un texto suyo: “Cuando el hombre expulsa a Dios de su corazón, abre la puerta al diablo. Esa obra inmensa que fue el Holocausto (…) ¿acaso no fue una obra diabólica? Sabemos bien que el diablo es el maestro del disfraz. ¿Acaso podemos imaginar un disfraz mejor que el que propone el laicismo contemporáneo? Para el diablo, el mejor espacio de maniobra debe ser justo aquel donde se ha dejado de creer en el diablo”. Parece que estamos leyendo a C. S. Lewis. ¿Sigue diciendo que no es cristiano?

Seguramente no soy ni un auténtico cristiano ni un buen católico, como muchos de mis mejores amigos, por muchos y variados motivos. Por ejemplo, porque no presto culto alguno a mi dios y tampoco entiendo por qué motivo debería hacerlo. Lo que mi dios es —el horizonte sin el cual nada tendría sentido ni yo sería yo— lo es por su propia naturaleza, y por tanto no gracias a ningún gesto heroico por su parte que merezca un gesto de culto por la mía. Acojo la buena noticia de Cristo como un desafío para buscar mi propio camino.

Pero hay quien sostiene que usted se convirtió en la cárcel, tal vez por su relación con esos amigos.

No sé hasta qué punto me habré convertido, depende de la idea que se tenga de conversión. Según la entiendo yo, diría más bien que no me he convertido. Que hay algo secreto que me supera, un centro focal de todo lo que tiene sentido, y una autoridad moral superior; que el evento llamado mundo tiene un profundo orden y sentido, que con mi vida yo me dirijo hacia algo que me sobrepasa con mucho, a mí y al horizonte del mundo, que en todo lo que hago aflora de alguna manera sorprendente la eternidad. En verdad, todas estas cosas son sensaciones que he tenido siempre. Pero empecé a pensar coherentemente sobre todo eso en la cárcel. Aunque eso no significa aún que yo haya cambiado, y la conversión es precisamente un cambio. Una conversión real significa colocar en el lugar de un “algo” indefinido a un dios inequívocamente personal, y aceptar interior y plenamente a Cristo como Hijo de Dios. Este paso no lo he dado.

Pero lo primero que hizo como presidente fue invitar a Praga a Juan Pablo II, ¿qué relación tenía con el papa Wojtyła?

Conocí a Juan Pablo II y me atrevo a decir que éramos amigos, y justo por ello no logré llorar su muerte. Siguiendo su funeral por televisión (yo estaba en Washington), un espectáculo grandioso e impactante, percibí hasta físicamente cómo él, con una gran paz en su alma, se iba allí adonde —como bien sabía— siempre se había dirigido, a la tierra celeste. Todas mis conversaciones con el Papa, fuera cual fuera el tema tratado, las viví interiormente como una confesión. Y siempre, después de esa “confesión” y de una cierta absolución indirecta, me he sentido renacer.

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