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Algo que pide atención

Mundo · Elena Santa María
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1 diciembre 2016
El pasado sábado, La Vanguardia publicó una columna de Remei Margarit titulada “El Suspiro”. Empieza así: ´En este mundo tan racional y acelerado en el que vivimos aquí en Occidente, lo más difícil es encontrar un tiempo para uno mismo. Y con eso quiero decir un tiempo de calma, de tranquilidad, de quietud, sin ruido alguno, en una palabra: de silencio´. Muchas veces este tiempo para uno mismo, que decía Margarit, de silencio (que no es tal) se deja en manos de otros, que nos ahorran el trabajo no siempre fácil de estar en silencio con uno mismo.

El pasado sábado, La Vanguardia publicó una columna de Remei Margarit titulada “El Suspiro”. Empieza así: ´En este mundo tan racional y acelerado en el que vivimos aquí en Occidente, lo más difícil es encontrar un tiempo para uno mismo. Y con eso quiero decir un tiempo de calma, de tranquilidad, de quietud, sin ruido alguno, en una palabra: de silencio´. Muchas veces este tiempo para uno mismo, que decía Margarit, de silencio (que no es tal) se deja en manos de otros, que nos ahorran el trabajo no siempre fácil de estar en silencio con uno mismo. Un ejemplo de ello es la politización de todo cuanto nos incumbe. Lo confirma Joaquín Luna en La Vanguardia, cuando dice que ´la campaña en curso por la reforma horaria de la Generalitat pisa fuerte: si su vida es gris, infeliz o agobiante es porque no deja que nosotros –los funcionarios públicos– organicemos su agenda personal, laboral y privada´. Y esto tiene consecuencias. Afirma José Andrés Rojo en El País, hablando de Cuba, que ´cuando las sociedades se politizan al máximo, enseguida se impone la diabólica dialéctica entre los míos y los otros (…) para entrar en esa dinámica toca abandonar la distancia crítica y olvidar que tienes que dar tú mismo nombre (y palabras) a tus afectos y que la vida está llena de grises. Eso sí, por ahí es más fácil conquistar la pringosa camaradería de la tribu: nosotros contra ellos´.

´Sin ese tiempo no podemos escuchar lo que nos pasa, cuerpo y alma adentro´ –continúa Margarit– ´Prima el hacer sobre la sencillez de ser o tan sólo de estar. Y es por eso que a veces, desde dentro de la persona se nos escapa un suspiro, un suspiro entrecortado, como el que hacen los niños después de llorar, cuando la pena todavía no les ha abandonado del todo. Y nos sorprende esa cosa que sale de no se sabe dónde y que no teníamos pensado expresar. Ni sabemos tan sólo el porqué, si las circunstancias que estamos viviendo no le convocan. Pero sale y sin permiso, tal cual, por la sencilla razón de que existe y quiere expresarse. ¿Y por qué personas adultas y conscientes de sus palabras y hechos no pueden contener un suspiro? Pues tal vez porque la pequeña criatura que todos llevamos dentro quiere llorar y quizás incluso ya llora aunque no seamos conscientes de ello. Y de repente, el suspiro sale de las entrañas, convertido en testimonio de ese llanto, como diciendo: ‘Este maltrato no lo quiero ya más, necesito mi tiempo’´. Ese testimonio nos lo solemos guardar para nosotros. Dice Joana Bonet, también en La Vanguardia, que ´es difícil creer que exista alguien que no practique el habla interna, que no se explique el paisaje que contempla desde la ventanilla del coche, que no se narre la extrañeza que le recorre la espalda en un hotel anodino de una ciudad fantasma, la tarde vacía´.

´Y sería bueno escucharlo porque en este mundo tan sólo tenemos el tiempo, que no se puede despilfarrar en cosas fútiles y ambiciones desbocadas. Se necesita tiempo para escuchar el llanto que provoca el suspiro y eso quiere decir que también se necesita un espacio donde poder expresarse; es una parte importante de la persona porque surge de sus raíces más primarias´, insiste Remei Margarit. A Jordi Llavina le enseñó a expresarse su profesora, lo cuenta en La Vanguardia: ´aquella auténtica maestra a muchos de nosotros nos marcó más que ningún otro profesor, más que ninguna otra figura pública, célebre, de esos tempranos ochenta. Porque nos enseñó a describir, cargados de palabras y argumentos, las cosas de la existencia que gozan de un tacto blando y poroso como el de la piel de una mandarina. Pero, aún más, nos preparó para combatir todo lo que nos resulta áspero e ingrato como el restregamiento de una lima por la carne viva de una herida, recurriendo al goce de las palabras. A mí me regaló la herramienta más valiosa de toda mi experiencia como estudiante: una suerte de Allen de la sensibilidad. Un tesoro, en definitiva, que tiene que ver con el intangible de la literatura y con las cosas que cuentan de verdad´.

Termina Margarit su artículo: ´tan sabelotodo que parecemos ser, no le hacemos caso, tal como si fuese un sencillo estornudo, lo dejamos de lado como si nada. Y un suspiro es un suspiro, es algo que pide atención, es un síntoma de un malestar del alma y una llamada de socorro, como si fuese una válvula de seguridad, para anunciar que la presión interna ya no se aguanta. Tal vez unos instantes cotidianos de silencio y soledad aclararían muchas cosas importantes de uno mismo que aún desconocemos´.

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