Alejandro ha muerto

Editorial · Fernando de Haro
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16 agosto 2022
El Más Allá en el Más Acá siempre llega con un nombre propio, con una forma de torcer las botas. No llega sin historia.

El problema, amigo mío, la paradoja, es que esa forma de torcer las botas, ese nombre propio no es inmortal. No hay nadie realmente inmortal. Pensemos en el gran Alejandro, del que 2.300 años después muchos recuerdan su nombre.

Recordemos cómo en el colegio nos brillaban los ojos al escuchar sus hazañas. Un jovencísimo rey de Macedonia, con un ejército pequeño, consiguió someter al gran Imperio Persa, fundó Alejandría y deshizo el nudo gordiano. Llegó con sus tropas hasta el río Indo, como sabes. Tenía todavía una mirada firme, un corazón no del todo negro, un corazón de alguien con poco más de 30 años. Toda esta historia ya la sabes.

¿Pero es Alejando inmortal? Su recuerdo perdura, sin duda, y sus hazañas serán contadas todavía durante muchos siglos. Pero no tuvo una existencia sin muerte. Como también sabes, un mal paludismo, quizás un envenenamiento, se lo llevó de esta vida. Permanecer en el recuerdo, por mucho que se suela decir en los memoriales y en los funerales, no es ni mucho menos seguir vivo. El recuerdo, incluso el de los grandes emperadores, se va diluyendo.

Los antiguos, como también sabes, pensaban que el cosmos, el mundo, los ríos y las montañas, los animales eran inmortales. El agua aparece en un tímido arroyo, corre hasta convertirse en un gran río que se entrega generoso en un mar inmenso del que sale como lluvia. Y luego vuelve a aparecer en el arroyo. Se muere un caballo y nace otro. Toda la vida era un ciclo para los antiguos. El hombre, por el contrario, asciende como una flecha y, de pronto, pierde vigor hasta que cae. No hay ciclo. Alejandro estaba condenado a convertirse en un relámpago entre dos nadas, a menos que, tal y como hizo, su nombre estuviera asociado a grandes hazañas. Pero se equivocaron los antiguos. Del gran Alejandro solo queda el recuerdo, y el recuerdo no es la inmortalidad. El recuerdo es menos que un relámpago. El recuerdo llega al presente como una sombra, no está en el presente con vida. En realidad, amigo mio, no hay nada ni nadie inmortal, el tiempo es así.

No hay, amigo mío, inmortalidad, pero sí hay eternidad. La eternidad está fuera del tiempo, pero también está en el tiempo, está viva en esta fracción de segundo que se nos acaba de ir. En cierto modo, amigo, no hay nada más que presente y Alejandro no está vivo en este segundo, no cambia nada de este segundo. No hay valores inmortales: sin presente la compasión por los pobres, la justicia, las ganas de trabajar, la fidelidad, la lealtad… todas esas grandes palabras están muertas. Defender los valores inmortales es como defender el recuerdo de Alejandro.

Hace falta un modo humano de torcer las botas para que el Más Allá esté en el Más Acá. Hace falta un modo de hablar, una sensibilidad particular, un determinado modo de pisar para que la eternidad le diga algo al presente. Pero esas botas, y esta es la paradoja, no son inmortales. Podemos tener esas botas en un museo, mirarlas y remirarlas. Podemos fabricar unas nuevas idénticas y caminar con ellas por el mismo pueblo, por los mismos patios, por las mismas escaleras, por el mismo camino que sube a la montaña o que se abre a una bahía entre el olor del tomillo y del romero. Será inútil. Los recuerdos, amigo mío, son mortales. Y lo que es peor, como los recuerdos son mortales, siempre aparece algún listo, algún clérigo, algún intelectual dispuesto a gestionar y a instrumentalizar el recuerdo. Hay quien intenta detener el tiempo, limpiar lo que ha ocurrido de sus impurezas temporales para hacerlo inmortal y universal. Y entonces la mortalidad se acelera. Los clérigos y los intelectuales se hacen los dueños del recuerdo y solo consiguen que se marchite con más rapidez. La muerte y la descomposición son especialmente crueles con los recuerdos exactos y precisos a los que se les quiere dar vida.

Esta es la paradoja, amigo. Necesitamos un presente auténtico, un presente eterno, necesitamos la eternidad de todos los presentes, pero no lo podemos fabricar. Todo lo que sale de nuestras manos, aunque sea tan grande como lo que hizo Alejandro, muere. Estamos a merced del azar, amigo. Queremos que lo que sucedió se convierta en ley, en parte del necesario orden de las cosas. Y, en realidad, solo podemos esperar a que aparezca alguien que quizás no use botas, que quizás use zapatos o zapatillas, pero que los tuerza como lo hacía el primero. Ese pronunciará con el mismo acento que el primero, pero en otra lengua. Ese dirá otras cosas diferentes que el primero porque el primero habló en un tiempo que no es inmortal. Dirá otras cosas, porque para cada tiempo hay una palabra, pero tendrán la misma sintaxis, la misma gramática de vida. Y entonces sí que sí, lo eterno volverá a estar en el presente.

Olvídate de todo lo demás amigo, no te distraigas. Por mucho hablar, por mucho lamentarnos o por mucho aplaudir no tendremos otra vez la eternidad en el tiempo. No hay otra vez. Hay una nueva vez. Y una nueva vez de nuevo. Y así hasta el infinito. hasta el infinito. Y estamos, amigo, aparentemente, sometidos al azar.

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