Editorial

Alegría en casa de Zhu

Editorial · Fernando de Haro, Shanghai
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4 marzo 2018
La nueva regulación del presidente Xi JingPing, que ha entrado en vigor a comienzos de febrero, quiere “chinizar” de forma definitiva las religiones, especialmente el cristianismo. El proyecto es viejo, al menos tan viejo como la llegada al poder de Mao al final de los años 40. Parece que esta vez va a costar menos sangre y que no va a impidir que las pocas cosas importantes se transmitan. Se ve bien en la casa de Zhu Lan, un apartamento de 45 metros cuadrados en el que vive con su marido, su madre y su hijo. Nada que ver con los inmensos rascacielos construidos en el Bund.

La nueva regulación del presidente Xi JingPing, que ha entrado en vigor a comienzos de febrero, quiere “chinizar” de forma definitiva las religiones, especialmente el cristianismo. El proyecto es viejo, al menos tan viejo como la llegada al poder de Mao al final de los años 40. Parece que esta vez va a costar menos sangre y que no va a impidir que las pocas cosas importantes se transmitan. Se ve bien en la casa de Zhu Lan, un apartamento de 45 metros cuadrados en el que vive con su marido, su madre y su hijo. Nada que ver con los inmensos rascacielos construidos en el Bund, ni con las calles comerciales donde un lujo desmedido pasea en Ferraris y los escaparates contienen moda y joyas más caras de las que se encuentran en Londres o en París. La casa de Zhu Lan está en un bloque construido en los años 70, a pocos kilómetros del centro financiero, con ventanas que cierran mal, con balcones llenas de ropa tendida y consignas del partido por todas las esquinas que explican cómo hay que comportarse para “el bien de todos”. Son las mismas consignas que, impresas en grandes letras, cuelgan de algunos edificios y que nadie lee.

Zhu Lan, 50 años, escucha música mientras cocina. En el comedor, diminuto, su madre, de 80 años, reza el rosario. La madre de Zhu Lan, Xu Feng Ying, no habla mandarín, solo la lengua de Shanghai, peina canas nobles y cuando sonríe, lo que hace a menudo, se le ven unos dientes grandes. Recuerda muy bien “los tiempos oscuros” que sucedieron a la llegada al poder de Mao. No es muy explícita para referirse a esos años que provocaron el arresto del entonces cardenal de la ciudad, Ignacio Gong Pinmei, muchos mártires y 70 millones de muertos. Ella trabajaba en un taller de costura porque su familia era pobre, “aunque ya entonces procedíamos de siete generaciones de cristianos”. Las cosas fueron a peor cuando llegó la revolución cultural, a mediados de los años 60, cuando nació su hija Zhu Lan, cuando las iglesias fueron asaltadas y cerradas a cal y canto. Le duele no haber podido educar a su hija en la fe.

Zhu Lan vuelve de la cocina y se sienta en la misma banqueta en la que estaba su madre. “De los años de la revolución cultural me acuerdo de forma remota, era muy niña. Tengo en la memoria que se hablaba de las cosas malas que estaban sucediendo”. Zhu Lan encontró la fe “por casualidad”. Un día entró en una iglesia, empezó a preguntar qué era el cristianismo y “así recuperé algo que llevaba muy dentro, entonces me decidí bautizar”, cuenta. Ya había nacido Wu Shi Kan, su hijo de 23 años, que mientras hablamos llega del trabajo. ¿Qué piensas del hecho de que vuestro obispo esté en arresto domiciliario y de los demás obispos arrestados? “Ese es un asunto muy delicado”, me contesta. Es la misma frase que repiten todos desde que en febrero entró en vigor la nueva regulación para “chinizar” las religiones. Zhu Lan tampoco bautizó a su hijo. “Después de bautizarme yo, rezaba sin parar para que él se bautizará también”. ¿Y por qué te has bautizado?, le pregunto a Wu Shi Kan. “Me bauticé porque vi a mi madre muy contenta”, contesta el joven. “¿Aquí se vive la fe con libertad?, le pregunto. “Sí, pero hay cosas que conviene no hacer”, me contesta. ¿Por ejemplo?, insisto. “No se deben atender a entrevistas como esta. Yo le hubiera recomendado a mi madre, si lo hubiera sabido, que no vinieras”, me responde.

Franqueza en casa de Zhu Lan no falta. Ni tampoco una buena cena. Tres generaciones unidas en el credo, cuando todo parecía interrumpido. La casualidad, la curiosidad y la alegría han rehecho la cadena. Si esta es la fórmula en China, quizás pueda funcionar también en el mundo libre.

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