“África merece ser tratada con respeto y con paciencia”

Entrevistas · Ángel Satué
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22 octubre 2021
El misionero Paul Schneider (1983) está al frente de la misión de Lagarba en Etiopía. Un país en guerra civil. Nos recibe en su parroquia de Villanueva de la Cañada (Madrid), donde ha vuelto a pasar unos días, tras dos años sin visitar España.

¿Por qué África? ¿Etiopia?

Porque África en mi mente es un ejemplo de los extremos que hay en el mundo, y dentro de mi vocación sacerdotal, sentí un fuerte deseo de ir a ayudar, al menos temporalmente, aunque ya es a tiempo completo, a un lugar de misión, de pobreza, donde no hubiera una antigua evangelización, que fuera un sitio nuevo y también que fuera un lugar de necesidad material, para expresar de distintos modos la caridad cristiana, tanto por expresar la fe como por actuar la fe con la comunicación cristiana de bienes y el compartir. Así que no era nada evidente que fuera a ser misionero, aunque tengo un padre que siempre admiró a los misioneros.

¿Tu presencia es una manera de decirnos que hay que remangarse para mejorar el mundo?

Desde luego hay que remangarse y eso vale para gente creyente y no creyente. Yo soy sacerdote y también creo que una parte muy hermosa de nuestra fe es nuestra comunión de los santos, y me concibo como una extensión de mi diócesis y de mi grupo de amigos y sacerdotes en África y creo que también contribuye a la alegría de la gente en España saber que hay personas nuestras, en este caso yo, u otros misioneros en otro sitio del mundo, que están amando, conociendo, viendo otras cosas, otras realidades… Me encanta estar ahí, ser parte de la Iglesia, a pesar de que haya lugares y momentos de persecución religiosa, momentos de poca libertad religiosa… No obstante, no me veo como una persona más generosa que los demás, aunque soy consciente de que en el imaginario colectivo tiene mucho tirón, atrae mucho, la figura de un misionero en una tierra como Etiopía ¡Esa imagen! Pero no lo hago por dar lecciones a nadie sino porque para mí también es una experiencia muy gratificante, una aventura que Dios me brinda, como poder aprender una nueva lengua y vivir la vocación de un modo renovado, en circunstancias nuevas.

Hablando de alegría, ¿encuentras alegría en la gente?

Es verdad que no es tan sencillo como decir que no tienen nada, pero son felices porque en realidad, si pudieran elegir, elegirían más bienestar material, tener recursos de todo tipo e irían hacia el consumismo y el confort, que es una tendencia humana, muy natural y muy instintiva, que tenemos todos.

Pero yo creo que un componente importante de esa alegría que expresan es que no están hastiados ni llenos, ni atiborrados, ni satisfechos como estaba el rico Epulón, sino que muchas veces están hambrientos, están con ciertas carencias y entonces también tienen el espíritu y los instintos, el sentido tal vez más ágil y más preparado para la sorpresa. Es decir, no están completamente llenos, ni satisfechos pues de lo contrario serían un poco más insensibles.

¿Qué valores pueden enseñarnos a los occidentales?

Pues el respeto a los mayores, generalmente, y también los niños tienen una capacidad de atención y de curiosidad bastante mayor porque no están saturados con demasiados estímulos e información. También hay familias numerosas y estas son muy sensibles al afecto de los visitantes, y un valor esencial para ellos es que todos creen en Dios, aunque puede ser una fe superficial, de pertenencia, de orgullo étnico, o de identidad, pero nadie cuestiona que existe.

Es como entrar en un mundo religioso pues todos creen en un Creador, y todos lo llaman “Fetari”. Cristianos y musulmanes lo llaman igual, aunque hay diferencias profundas entre ambos y se reconocen las diferencias, pero creen en Dios y, de hecho, cuando alguien no cree, aquí es lo extraño. Desde luego, no están en ese momento cultural que tuvo Europa de la Ilustración.

En todo caso, es bonito en todo esto que, como creyentes, a diferencia de lo que vemos en Occidente, se reconocen criaturas, dependientes, que no son inmortales, y saben que nadie es dueño de su vida, como para poder eliminarla, o que nadie se considera como la fuente de la moralidad, sino que siempre hay una autoridad y una ley moral, y una ley de la vida, que proviene de Dios, como regalo, de modo que las leyes que rigen el destino y la felicidad vienen de Dios, y hay que hacer caso, pues Dios es el autor de esas leyes, el autor de la vida y eso se expresa a través de las tradiciones religiosas, sobre todo, en la zona, a través bien del islam, o bien del cristianismo ortodoxo.

No están hastiados ni llenos, ni atiborrados, ni satisfechos como estaba el rico Epulón, sino que muchas veces están hambrientos, están con ciertas carencias y entonces también tienen el espíritu y los instintos, el sentido tal vez más ágil y más preparado para la sorpresa

¿Qué relaciones hay con musulmanes y ortodoxos?

En este momento los ortodoxos vienen a ser, por expresarlo de una manera, más aliados nuestros. Especialmente en esta zona donde me encuentro, pero no siempre fue así. Los católicos de la misión lo son desde hace apenas cinco generaciones, pues antes fueron musulmanes (NdE. Actualmente, el 33% de los 100 millones de etíopes son musulmanes) o paganos.

Hay que tener en cuenta también que la cuarta ciudad santa del islam, después de La Meca, Medina y Jerusalén, es Harar y está en Etiopía. Es el nombre de nuestro vicariato, donde vive nuestro obispo. Históricamente el emirato de Harar era vasallo del emperador cristiano etíope, y curiosamente en esa época este emperador era el más agresivo hacia la fe católica, porque se la veía como un poder extranjero, aunque hoy en día con los ortodoxos hay mucha unidad y con los musulmanes, si son personas de buena voluntad y si son fieles a los preceptos más puros de su conciencia y su tradición religiosa, puede haber muy buen entendimiento y buena relación. No quita que haya que tener cierto cuidado y no ser ingenuo porque también hay fuerzas políticas que utilizan la religión, de un lado y del otro. La religión como fuente de conflicto, ideológicamente, nacionalistamente.

Decía Andrea Riccardi que “el desprecio de los pobres es creer que solo necesitan pan” frente a esa tentación de hacer muchos proyectos.

En Etiopía se da una circunstancia especial. En algunas conversaciones me dicen que ellos no son como el resto de África, porque tienen una tradición religiosa desde tiempos bíblicos. Sienten haber pertenecido al pueblo elegido desde la época del rey Salomón, que fue visitado por la reina de Saba y que dio a luz al primer rey de la dinastía etíope, Melenik. Entonces, desde el nacimiento de Cristo hasta los primeros evangelizadores que llegaron a Etiopía, ha habido siempre una cierta conciencia de ser una tribu perdida, pero dentro de la Alianza de Dios, que tenía la sabiduría y las costumbres del rey Salomón.

Los propios etíopes saben que el extranjero viene con proyectos internacionales, pero no son receptivos cuando trae un mensaje religioso que le pueda venir de fuera, por toda esa tradición que he comentado. De alguna forma, consideran que está todo el pescado vendido y que el que es musulmán es musulmán, y si es etíope y cristiano de siempre, se entiende que es ortodoxo, de esa Iglesia antigua.

Cuando ven a un blanco suele haber sentido de hospitalidad, pero no hay ningún rastro de complejo de inferioridad o resentimiento por ninguna colonización porque es uno de los pocos países de África que nunca fue colonizado, a pesar de la ocupación italiana de cinco años, o la de Eritrea, que fue parte del imperio etíope, y que acabó siendo un país aparte. Y tal vez por eso, son menos receptivos.

¿Qué esperan entonces de ti?

Por la experiencia que tienen con occidentales piensan, y esperan eso de mí, al menos al principio, que voy a hacer proyectos, cosas sanitarias o educativas… pero no esperan que yo les pueda dar o aportar algo sobre religión. Con la religión hay que saber que no es inmediato, que hay que ser más paciente, mucho más sutil y no con discursos sino con la vida y expresar el amor de Cristo y al final, confiar en que eso es más fuerte que sus prejuicios, que son de tipo religioso, y vienen a plasmarse en que un blanco realmente no puede enseñar nada sobre la religión, Dios, el Misterio y sobre la relación de los hombres con Dios, a ellos, que son parte de aquel pueblo que nació del mismo Salomón.

En Etiopía se da una circunstancia especial. En algunas conversaciones me dicen que ellos no son como el resto de África, porque tienen una tradición religiosa desde tiempos bíblicos. Sienten haber pertenecido al pueblo elegido desde la época del rey Salomón

¿Son amigables los etíopes?

En general sí, pasa como en España, donde es fácil hacer amigos. No son suspicaces ni mal pensados. Les encanta, y es un honor para ellos, entrar en relación con un extranjero, en este caso con un blanco. Puede haber también algo de interés, pero aparte de eso, es como un honor hacer amistad con alguien de una tierra lejana. De todos modos, a veces no se sabe, y solo se puede ir viendo con el paso del tiempo. A veces te llevas una decepción o pensabas que había en una persona una intención más pura, no condicionada por la esperanza de conseguir dinero o ayuda.

¿Ha hecho amigos?

Sí, aunque no muchísimos. Hay varios grados de amistad. Hay un conocimiento que te lleva a poder sentir afecto por una persona, incluso quedarte con el número de teléfono de esta persona, pero también yo ya no soy un niño y en la vida también vamos seleccionando personas para tenerlas cerca, en mi caso porque tienen una profundidad que me va a ayudar a crecer. Además, como misionero, por un lado, tengo una vocación de ayudar a los débiles, a todos, pero también me debo afianzar y echar raíces en cuanto a la vida, la seguridad, la alimentación… Ahora bien, cuando detecto una persona que tiene buen corazón, y eso es algo que va más allá de la fe, estoy abierto a la amistad. Otras muchas veces no se da la relación por falta de tiempo, o porque simplemente deliberadamente no he profundizado, no he intensificado la relación.

En concreto, en la misión tengo a Shawle, que es el administrador elegido por el pueblo, y ya es un amigo. Además, somos más o menos de la misma edad, él tiene un año menos que yo. Le quiero mucho y trabajo con él, aunque como todo trabajo, siempre hay roces, pero se sobrellevan. Es una persona de la que me puedo fiar, y también tengo la ayuda de otras personas en la misión, con las que cuento. A todo esto, se mezcla que soy sacerdote en una población rural, tradicional, de costumbres, donde al sacerdote lo respetan.

¿Es parte de las fuerzas vivas?

Bueno, soy la fuerza viva (risas), no hay alcalde, por descontado, no hay farmacéutico, aunque hay una curandera, y el alcalde del que dependemos está a dos horas y es musulmán… pero en todo, volviendo al tema de la amistad, intento ayudar a todos, y ayudo también al que me ayuda y quiere formar parte de la misión, y mucha gente va entendiendo ya que voy allí para ayudarles, para vivir con y entre ellos.

¿Te ayuda en tu misión esta proximidad y cercanía?

Así es. Necesito que mi presencia sea benéfica, una buena influencia para ellos, y pueda llevar yo las cosas que propongo. Necesito contar con gente que también crea en mí. Saben que, junto con la religión, la fe y la práctica de la fe también les deseo que tengan mejor salud, que estén sanos, fuertes, que tengan mejores trabajos, que sean responsables con sus familias, o sea, como quien ama a alguien, que le deseas lo mejor.

¿Y te relacionas con otros sacerdotes?

También. Es importante resaltar que hay otros 15 sacerdotes en el Vicariato, pero hay uno en especial, el padre Abba Tsaga Tadesse, con el que comparto muchas cosas, aunque cada uno es distinto, lógicamente. Con él he podido muchas veces abrir mi corazón y encuentro en él un alma pura, y él también comparte sus dificultades. Él es etíope, apenas cinco años mayor que yo, y estuvo estudiando en Italia 3 años y, por cierto, valora su cultura, y no solo ve lo negativo de lo de fuera, sino que valora positivamente también muchos aspectos de Europa, como la libertad de la que disfrutamos legal y culturalmente, la puntualidad, expresarnos con claridad, la honestidad en los negocios… En definitiva, muchas cosas donde Europa es objetivamente superior a África. Aunque él ama las expresiones de la fe de su país, muy originales y nobles. Como ves, nuestra amistad se basa en compartir afecto, pero también en compartir valores.

En Etiopía, cuando abandono la misión, sí siento que no es mi país, luego tengo cuidado de protegerme

¿Has pensado en algún momento “qué hago yo aquí”?

Cuando viajo y me desplazo por el país, normalmente solo, sí que siento una sensación de extrañeza. En la tradición cristiana cuando uno viaja pide la intervención y la protección de los ángeles custodios, porque psicológicamente y espiritualmente hay un poco como sensación de confusión, de desamparo, de desprotección. Cuando viajo a la capital de Etiopía, Addis Abeba, solo cuando entro en casa de las monjas puedo sentirme como en casa, mi refugio. En España no me pasaba porque por España voy conduciendo por las carreteras y, salvo que uno sea un cafre, la situación raramente es comprometida. En Etiopía, cuando abandono la misión, sí siento que no es mi país, luego tengo cuidado de protegerme, de no procurar que se haga de noche mientras viajo… realmente, hasta que no llego de vuelta a la zona de nuestros católicos, con sus campos sembrados, no me siento seguro del todo. En un país como este uno siempre está un tanto a merced de la hospitalidad y la bondad y las buenas intenciones de personas que no conoces pero que podrían actuar diferente. En tal caso, yo estaría expuesto, y no voy con escolta de ningún tipo, aunque ciertamente, hay que hacerse un poco niño.

¿A qué te refieres?

A admitir una vulnerabilidad posible, y que en la vida no todo se puede controlar. Ser como un niño ante Dios. Me fio de ti, Dios. Siempre hay un punto de no controlar la situación. En estos cuatro años siempre me he movido en transporte público, con sensación de estar desprotegido y expuesto, pero como decía antes, lo que sea lo procuras vivir con lealtad y paz ante Dios. La gente hasta hoy ha sido buena, y me apoyo en esa experiencia positiva y en la confianza en Dios.

¿Tienes algún santo o misionero al que te gustaría parecerte o que te diga algo?

Para mí siempre fue referente e influyó poderosamente en mi posterior vocación misionera la película de “La Misión” y sus personajes, con Jeremy Irons. Esa imagen de aquellas misiones y sus misioneros jesuitas entregando la vida, de modo sencillo, sin ayuda ni apenas comunicación del exterior, nada comparable desde luego a los medios con los que cuento yo, te toca. Iban educando a la gente, les acompañaban en sus circunstancias reales, conocen el ambiente. La película, obviamente, tiene ese componente de ficción, en unas estimulantes historias personales, pero es creíble. Durante la pandemia, sobre todo, ha venido recurrentemente a mi mente la vida del Padre Damián, en las islas Molokai, donde llega a morir en aquellas tierras lejanas. Olvidado y dándose en una forma suprema de sacrificio. Hoy esa lejanía y ese olvido no son así, pues en tiempo real tu familia, tu gente, sabe cómo estás, lo que te pasa, casi siempre hay cobertura de internet y teléfono. Esto ensalza aún más aquellas vidas gastadas y entregadas de misioneros, el máximo de la entrega. Diferente a otros, no mejores, pero diferentes a los místicos con su encuentro con Cristo en la cruz. Así que efectivamente, tengo esta llama misionera, la de estos últimos años de mi vida y pienso en los misioneros que han ido a tierras lejanas pasando penurias, comiendo lo que la naturaleza les ofrecía, afrontando un desafío y, en última instancia, la muerte y enfermedad, como el caso del Padre Damián, que sabiendo que iba a contagiarse se quedó con su pueblo, como pastor.

¿Es la soledad más soledad en la misión? ¿Hay un antes y un después del padre Paul una vez que ha pasado por estos años en Etiopía?

De joven sufrí una depresión, en la que te encuentras aislado. Además, hay que entender que yo he pedido venir a esta misión. Tuve que insistirle a mi obispo de Getafe. No me enviaron, lo pedí. Si me hubieran enviado, hubiera sido cuestión “solo” de obedecer. Tenía una llamada interior muy fuerte en mí. Para mi sorpresa, puedo decir que nunca me he sentido solo. Dios me ha dado toda la fortaleza emocional necesaria, también me ha rodeado de buenas personas, tengo la capacidad, aunque no toda la que quisiera, de aprender la lengua, lo necesario para comunicarme, que era uno de mis grandes temores.

“La palabra de Dios hace ver a los demás con el corazón”, decía Andrea Riccardi. ¿Cómo mira a “sus” etíopes el padre Paul?

Los americanos, y mi padre es norteamericano, dicen que todo santo tiene un pasado y todo pecador tiene un futuro. Y sí, puedo tener la tentación de no mirar con el corazón a mi gente de Lagarba, de no mirar hacia el futuro. Cuando no les miro con el corazón, es cuando veo que muchos son campesinos analfabetos, académicamente hablando, aunque habrá personas cuya sabiduría sea la de la vida, que venga de la pura inteligencia natural, de la capacidad de observación, de sus circunstancias y de la guía del Espíritu Santo. En esa tentación, como en la que cayó Judas, les vería con escasa profundidad y delicadeza de alma.

Pero son gente que cuando les miras, aprendes a ver los golpes de la vida tan dura en aquel país. Golpeados por la vida se han refugiado en el alcohol, que hasta lo utilizan de anestésico. De modo que beben y así dejan de pensar en la vida que tienen y no pensar, a lo mejor, es su solución, o se emborrachan para no tener hambre o dolor por la enfermedad, ante la ausencia de un sistema sanitario en condiciones. Cuando les miras, aprendes a no juzgar, pero les debo decir que, aunque vivan en una economía de pura subsistencia, no está bien que no se ayuden entre ellos, que se evadan, y que castiguen a aquellos que no trabajan el campo, por lo que sea, y les discriminan. En mi papel, que es un poco lo que subyace en esa pregunta, debo pensar que no soy un papá Noel, que viene a dar regalos o créditos. Estoy para hablarles con mi vida del amor de Cristo y que están hechos para Dios.

¿Necesitan esa mirada desde el corazón?

Realmente necesitan una mirada, no de banco de créditos, sino de padre, que les quiere, pero que a veces les dice lo que está bien o lo que está mal. Trato de amarles, o como dice Riccardi, mirarles con el corazón, porque amar a veces implica tener que decirles no y a veces es también reconocerles el esfuerzo, aunque a veces no me escuchen. Creo que es importantísima esta función de pastor, de padre, pero a veces, y en lugares pobres como este, uno tiene la tentación de tratar de conseguir algo, con ansiedad, es decir, dejar de mirarles con el corazón. Sobre todo, les quiero enseñar sobre el Evangelio y sobre la fe.

Debo pensar que no soy un papá Noel, que viene a dar regalos o créditos. Estoy para hablarles con mi vida del amor de Cristo y que están hechos para Dios.

¿La emigración es otra manera de evasión?

Sí, así es. Aunque son comunidades arraigadas en el territorio y sus tradiciones, y un pueblo cerrado, que hasta reprime sus sentimientos, salvo en los funerales, piensan mucho en emigrar y llevar una vida en otro país, con más bienestar, si bien, en su día a día, está mantener sus propias tradiciones, lengua, etc… Sucede en Canadá o en EE.UU., donde hay grandes comunidades de etíopes. Emigrar está en las conversaciones. Es una posibilidad nada remota.

¿Hacia dónde emigran?

Aparte de América, Europa del Norte, en España no les compensan los sueldos que hay y tampoco emigran a países limítrofes, porque están muy parecidos. Igual se marchan y tratan de llegar a Sudáfrica, tras uno o dos años de larga travesía y penurias. Ellos saben que en cualquier otro país se progresa y se ahorra, y se puede mandar dinero de vuelta a casa y que, trabajando 5 o 10 años, se terminan construyendo una buena casa y logran una comodidad de vida en Etiopía que, de otro modo, es imposible.

¿No hay cierta contradicción entre su arraigo a su tierra y el deseo de emigrar?

Sí, parece contradictorio, pero es que quieren mejorar. Este tipo de contradicción se ve muy bien en el islam, pues es curioso que por una parte ensalzan su religión, como la verdadera, la mejor, pero no son capaces de llegar a la conclusión, de que la carencia de igualdad, de desarrollo y derechos sociales y económicos en los países islámicos no es por casualidad, sino más bien es una causalidad. Saben de los defectos de otros países y a pesar de ensalzar su religión, quieren emigrar al Occidente cultural, y en cambio no les preocupa contaminarse con la decadencia de Occidente, a cambio de prosperidad y dinero.

Entre esos defectos de Occidente, ¿podría estar la neo-colonización de África por un pensamiento anticristiano, posmoderno?

Sí. Hay iniciativas como las que promueven Bill Gates y su exesposa, que solo dan ayuda a cambio de que las poblaciones acepten el aborto, la contracepción, la ideología de género… en políticas que van contra el sentido de familia tradicional africana y de la vida y la muerte natural y la identidad humana. Ciertamente, hay aspectos que hay que cambiar, como el papel de la mujer en la sociedad africana, pero no pasa por ese chantaje, pasa por dar ejemplo. África se merece ser tratada con respeto y con paciencia.

Realmente necesitan una mirada, no de banco de créditos, sino de padre

La profesora Antoninette Kankindi, congoleña, que da clases en Nairobi (Kenia) de Filosofía y Ética Política, dice que Occidente ya no tiene unos valores que hablen a todos, y que sus imposiciones violan los principios de las sociedades en las que arraiga la nueva mentalidad, la nueva colonización, que califica más dura que la del XIX.

Pues es cierto. Esos valores que se tratan de transmitir a través de cursos y de formación, y de proyectos financiados por ayuda gubernamental occidental, y pensados desde el primer mundo, pero no desde las comunidades locales, destruyen de manera abyecta la sociedad y la familia, la fe, y en última instancia el ser humano. Juegan con la necesidad de la población, y con sus propias carencias institucionales. Es una forma efectivamente abyecta de geopolítica y de colonización.

¿Cómo deseas terminar esta entrevista?

Quiero decir que tengo un deseo muy fuerte de que mi pueblo crezca y sean felices y conozcan a Dios, y por eso soy sacerdote y posteriormente me hice misionero. Quiero que conozcan la alegría del Evangelio, la alegría de la vida y protegerles también. Tengo esa pasión de llevar el Evangelio a tierras lejanas y esto solo se explica también yendo al origen, a mi amada comunidad de España, a la que más que dinero y proyectos, que también, les pido más oración y hacer misión. Somos un pueblo grande y una comunidad de amigos que cumple con la comunión de los santos. Se puede hacer misión sin dinero y sin proyectos, pero no sin esta comunidad de amigos, que forma parte de la comunión de los santos. Muchas gracias. Que Dios te bendiga.

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