Actualidad de Augusto del Noce

Cultura · Carlos Hoevel y Salvatore Muscolino
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27 enero 2022
Del Noce, desde los años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial, ha intentado superar determinadas posiciones de una mayoría en el mundo católico de la época, encaminadas a rechazar tout court cualquier diálogo con la modernidad tanto en su vertiente filosófica como en sus aspectos político-institucionales.

Las sugerencias juveniles derivadas de la lectura de Humanisme intégral de Maritain lo acompañarán a lo largo de los años incluso cuando, en cierto momento, se aleje del filósofo francés y de ciertas modas posconciliares que consideraba negativas para el pensamiento cristiano.

Una de sus propuestas más originales e importantes a nivel histórico-filosófico es sin duda la de superar la visión unilateral de la modernidad filosófica propia del enfoque neoescolástico que dominó hasta el Concilio Vaticano II. En lugar de considerar el cogito cartesiano como el comienzo de un camino filosófico destinado a culminar en el ateísmo del siglo XIX, Del Noce sugiere dividir la historia de la filosofía moderna en dos vertientes: la primera, que finalmente tuvo éxito, es la que comienza en Descartes, continúa con el idealismo alemán y culmina con el ateísmo de Marx; la segunda, en cambio, que Del Noce propone, se origina también en Descartes pero pasa también por Pascal, Vico, Malenbrache y alcanza finalmente su punto culminante en la filosofía del ser del filósofo italiano Antonio Rosmini.

A la luz de un nuevo marco hermenéutico basado en una lectura original de la filosofía cartesiana como filosofía de la libertad, Del Noce considera fundamental el paso teórico de Marx para comprender no solo la historia de la filosofía moderna sino también la historia contemporánea. Desde su punto de vista, de hecho, la opción a favor de la filosofía de la praxis hecha por Marx frente a toda la tradición occidental, desde Platón hasta Hegel, abrió un escenario completamente nuevo en la relación entre la filosofía y la política. Con Marx y, sobre todo, con la revolución bolchevique de 1917 la primacía de la praxis política y económica sobre la filosofía “se vuelve mundial” y condiciona todos los hechos históricos del siglo XX.

Se trata de la famosa interpretación transpolítica de la historia contemporánea fundada, para Del Noce, precisamente en el supuesto de que el marxismo es el momento culminante de la historia de la filosofía moderna. Solo partiendo de estas coordenadas filosóficas, o quizás sería mejor decir posfilosóficas, basadas precisamente en la primacía de la praxis se entiende toda la historia contemporánea.

A partir de esta tesis hermenéutica general, Del Noce realizó aportaciones fundamentales sobre otros temas centrales del debate historiográfico y filosófico que caracterizó la segunda mitad del siglo XX hasta el 1989, año de su muerte y de la caída del Muro de Berlín. Por ejemplo, en obras como El suicidio de la revolución (1978) o Giovanni Gentile. Para una interpretación filosófica de la historia contemporánea (publicada póstumamente en 1990), Del Noce ofreció una interpretación original de la relación entre las ideologías fascista, nazi y comunista y el idealismo de Giovanni Gentile (también en sus relaciones con el régimen de Mussolini y con el pensamiento de Antonio Gramsci). Para él todas estas ideologías vinculadas con el fenómeno del totalitarismo no fueron un fenómeno excepcional ni pasajero, sino que se hallan dentro del mismo contexto postmarxista de la primacía de la praxis, que elimina cualquier dimensión trascendente, constituyendo la base de continuidad de la igualmente problemática “sociedad opulenta”.

Precisamente en referencia a este último tema, creemos que es importante hoy volver a meditar sobre los análisis que Del Noce dedica a los desarrollos socioculturales y políticos de la sociedad occidental posterior a 1968. De hecho, desde el fin de la Guerra Fría y en la fase de la llamada globalización, la filosofía y la teología católicas se enfrentan a nuevos desafíos que son también el resultado de opciones ideales muy concretas llevadas a cabo a lo largo de los años. Sobre todo a partir de finales de los años sesenta con la afirmación de nuevas modas culturales vinculadas a los temas de liberación y costumbres sexuales y la afirmación del paradigma utilitarista que guió la globalización en las últimas décadas hasta la crisis de 2007-2008, parecerían no representar otra cosa que la concreción de esa “sociedad opulenta” de la que hablaba Del Noce.

Esta última transformó al hombre del centro de la creación en mera herramienta al servicio de mecanismos o procesos económico-financieros anónimos promoviendo el consumo, la eficiencia y el lucro como máximos valores. Tal como había pronosticado Del Noce, vivimos el triunfo de la razón tecnocrática y el declive de cualquier referencia al logos, a la trascendencia o a alguna instancia que no sea imputable a la praxis y la acción instrumental, según el famoso diagnóstico de Max Weber. Ante tales escenarios económicos y, más en general, culturales, ¿cómo debería posicionarse el pensamiento católico interesado en salvaguardar el valor de verdad del cristianismo y su contribución positiva a la historia de la humanidad?

En el contexto histórico y cultural en el que vivió, Del Noce siempre ha criticado, considerándolas negativas, aquellas modas filosófico-teológicas que, desde el Concilio Vaticano II, se han engañado a sí mismas con la idea de que el diálogo con la modernidad implicaba casi necesariamente la asunción de un utilitarismo secular y de todas las categorías filosóficas marxistas. En el contexto político italiano, el reflejo de estas orientaciones teóricas fue el famoso Compromiso Histórico entre la Democracia Cristiana y el Partido Comunista Italiano durante la década de 1970. Dejando de lado estos desarrollos más estrictamente políticos para concentrarnos en la dimensión más teórica, solo recordamos que para Del Noce, donde la filosofía o la teología católica han seguido este camino, han tenido que asumir la autocomprensión de la modernidad propia del pensamiento secular (especialmente marxista), que ve en la categoría de secularización una suerte de destino de Occidente e, incluso, un momento de purificación del propio pensamiento cristiano-católico.

Del Noce, por el contrario, buscó una comparación positiva con la modernidad a partir de su lectura plural de esta última, partiendo precisamente de aquellos autores como Antonio Rosmini que intentaron incorporar la instancia moderna de la libertad preservándola de los desenlaces ateos o incluso nihilistas de la filosofía moderna y contemporánea. Frente a la idea de que la modernidad, a partir de Marx, debe necesariamente ser interpretada a través de la categoría filosófica de la Revolución, Del Noce sugiere recuperar la basada en la categoría filosófica del Risorgimento. A sus ojos, solo un pensamiento que se mueva en la estela de la filosofía del ser puede salvar al catolicismo del riesgo de estar subordinado al pensamiento secular y finalmente ser marginado como fuerza espiritual operante en la sociedad actual.

Si una de las propuestas más interesantes y debatidas de los últimos años es la de Jürgen Habermas sobre la necesidad de construir una sociedad post-secular en la que las grandes tradiciones religiosas puedan hacer un aporte decisivo para frenar las consecuencias de una sociedad inclinada al nihilismo, entonces el pensamiento de Del Noce puede constituir sin duda un importante estímulo para articular una propuesta filosófica de raíz católica que logre tener un lugar propio en el debate actual.

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