Acoger significa conocer

Mundo · Jean Duchesne
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19 noviembre 2015
En enero, después de los asesinatos en la redacción del semanario satírico Charlie Hebdo y en un supermercado hebreo, escribí en el semanario católico norteamericano Our Sunday Visitor que los franceses ahora podían entender cómo sería una guerra en el siglo XXI. Lo que pasó en París la noche del 13 al 14 de noviembre obedece a una lógica ya en acto. Sin embargo, es natural sentirse sacudidos por la violencia de un golpe inimaginable, aunque su eventualidad no podía ignorarse y aunque ya habíamos visto que agresiones de una barbarie parecida se habían visto frustradas. El desafío vuelve a plantearse ahora con renovada gravedad.

En enero, después de los asesinatos en la redacción del semanario satírico Charlie Hebdo y en un supermercado hebreo, escribí en el semanario católico norteamericano Our Sunday Visitor que los franceses ahora podían entender cómo sería una guerra en el siglo XXI. Lo que pasó en París la noche del 13 al 14 de noviembre obedece a una lógica ya en acto. Sin embargo, es natural sentirse sacudidos por la violencia de un golpe inimaginable, aunque su eventualidad no podía ignorarse y aunque ya habíamos visto que agresiones de una barbarie parecida se habían visto frustradas. El desafío vuelve a plantearse ahora con renovada gravedad.

Lo primero que hay que hacer es intentar entender las motivaciones del odio que suscita estos ataques tan ciegamente feroces. La venganza después de los bombardeos franceses contra el Estado islámico no lo explica todo. Porque parece que estas represalias homicidas han sido organizadas y llevadas a cabo por jóvenes nacidos y criados en Francia, que sabían dónde y cómo actuar para causar el mayor mal posible. Por tanto, hay que preguntarse sobre el fracaso de la integración de estos nietos de inmigrantes, sobre la frustración que les ha llevado a partir y a volver para matar al mayor número posible de personas antes de suicidarse.

De aquí nace la cuestión de saber si, frente a tal disfunción, basta con ondear una vez más la bandera de “valores” como la libertad, igualdad y fraternidad del lema republicano, añadiendo la tolerancia, la democracia, el pluralismo y la secularización. En un periodo de crecimiento económico casi nulo, donde hasta la educación está en crisis porque ya no sabemos qué transmitir y la escuela solo sirve para seleccionar, las diferencias culturales y especialmente las religiosas acentúan la marginación.

Esto genera un tercer problema, quizás el más agudo: ¿qué reconocimiento dar al islam, que innegablemente está presente en Francia y en cuyo nombre Francia se ve amenazada? Naturalmente, nadie piensa ni en sueños tomar estos acontecimientos como pretexto para hacer ideología del enemigo, y las condenas de la barbarie terrorista por parte de las autoridades musulmanas de Francia no han faltado. Queda el hecho de que no se puede considerar al islamismo yihadista como una aberración que desaparecerá en la nada por sí sola. También queda el hecho de que el “culto” musulmán (como lo define la legislación francesa) no se puede tratar igual que el catolicismo, al que no son ajenas la independencia de la dimensión temporal ni la autonomía del estado, puesto que los ha generado.

Por tanto, para hacer realmente espacio a sus ciudadanos musulmanes, a Francia le interesa tanto replantearse su noción de laicidad como comprender mejor el islam, y no solo en su territorio sino allí donde es corriente dominante, con sus variantes y divisiones. No puede esperar a que desaparezca o sea absorbido por la mentalidad mayoritaria de los países donde constituye una minoría nada despreciable. Si no nos resignamos a una confrontación a muerte, en su tradición se hallarán recursos que permitan al islam no ser ni dueño ni esclavo, pero sí respetar y ser respetado.

Paralelamente, no es neutralizándolo en nombre de la neutralidad del estado como se conseguirá integrarlo, pues acoger exige conocer e incluso amar.

Oasis

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