¿A quién hacía daño Eluana?

Cultura · Vicente Morro López
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10 febrero 2009
Hoy nuestro mundo es un poco más triste, más oscuro, más sucio. Llevaba varios días pensando sobre el caso de Eluana Englaro. Había pensado, aun reconociendo que era una obviedad la utilización de una frase tan manida en una situación como la presente, había pensado, repito, titular el artículo de esta forma: "Crónica de una muerte anunciada". Sinceramente, no se me ocurría forma más exacta de reflejar los hechos. Tarde o temprano, por desgracia mucho más temprano que tarde, Eluana iba a morir porque alguien, otros, habían decidido que su vida no tenía ningún valor ni sentido. El desenlace fatal estaba, pues, anunciado, predeterminado.

Su muerte, mucho antes de lo previsto, pues los médicos calculaban unas dos o tres semanas de agonía desde la suspensión de la alimentación e hidratación, se produjo, inesperadamente, a los cuatro días de haber desencadenado la solución final.

¿A quién hacía daño la vida de Eluana? Para algunos, Eluana no era una persona. Era una pieza que debían jugar en una infernal y trágica partida de ajedrez. Había una batalla que ganar y necesitaban un jaque mate. Eluana no estaba enferma terminal, ni siquiera enferma. Eluana había sufrido un accidente y estaba en estado vegetativo, pero seguía siendo, aunque a algunos les pesara, un ser humano. Como siempre, han estado mintiendo. No estaba "atada" a ninguna máquina, no existía encarnizamiento terapéutico. Respiraba por sí sola y su corazón latía sin necesidad de ayuda mecánica externa. No era una carga para el Estado, ni para su familia, ni para nadie. La cuidaban, con amor y dedicación absoluta, un grupo de monjas sin pedir nada a nadie, pues seguramente veían en ella a una persona humana con toda su dignidad inalterada a pesar de su situación concreta después de un accidente. Es más, seguramente veían en ella, como en todo prójimo, por vocación a Jesucristo. Amándola a ella y ayudando a su familia daban culto a su Dios, pues el mejor culto es el amor a los semejantes por encima de oblaciones y sacrificios.

¿A quién hacía daño Eluana con vida? Seguramente a todos aquéllos que están en contra de la cultura de la vida. A todos aquéllos que desprecian a la persona humana concreta so pretexto de ayudar, con falsa e hipócrita compasión o "humanidad", a la gente en abstracto. Necesitaban ganar una batalla contra la vida. Necesitaban acreditar que, en algunos casos, hay vidas que no merecen ser vividas. Tenían que sentar un precedente: en determinadas circunstancias, la vida de algunos puede, y debe, depender de las decisiones de otros, ya sean familiares, médicos, abogados o políticos, según los casos. Yo soy, gracias a Dios, padre de cinco hijos y no me creo con autoridad para decidir sobre su vida o su muerte. ¿Cómo puedo decidir yo cuándo debe morir alguien? ¿Y si le privo de que pueda probar un fármaco o un nuevo tratamiento aún desconocido que pueda ayudarle en su situación o en su sufrimiento? ¿Y si imposibilito que experimente una mejoría, total o parcial, por medios naturales? ¿Y si impido que pueda experimentar una curación por medios sobrenaturales?

Alguien, al final muchos, pues han intervenido médicos (¿qué diría el pobre Hipócrates si levantara la cabeza? No se lo que diría él, pero creo que el doctor Menguele aplaudiría encantado), políticos que se han lavado las manos (justo es decir que junto a otros que han tratado de salvarle la vida a Eluana y, de paso, a todas aquellas personas para cuyos casos éste será utilizado como precedente), y jueces que se creen con el poder y la razón absolutos, pues aplican leyes que han sido "democráticamente" elaboradas (si son justas o no, eso es otra cuestión), decidió que Eluana debía morir, y desgraciadamente lo han conseguido.

Todo este trágico final se desencadenó por una decisión definitiva de la Corte de Casación de Italia. ¡Cruel metáfora! El edificio romano que alberga esta Corte, cerca del Castillo de Sant'Angelo y lejísimos, espiritual y vivencialmente, del Vaticano, está rematado, como muchos otros en la misma ciudad, por una enorme cuádriga. ¡La Justicia, la Vida y la Humanidad misma están hoy a los pies de los caballos! Y muchos se alegran, si con eso consiguen ganar su miserable partida. Recemos hoy por Eluana, y también por nosotros, por nuestros hijos, y por ellos. ¡Que Dios les ilumine y les perdone! Que nos perdone a todos.

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