A propósito de los suicidios en France Telecom

Mundo · Horacio Morel (Buenos Aires)
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3 noviembre 2009
La noticia conmociona no sólo por su elocuencia estadística -25 sucesos en dos años y unos cuantos intentos frustrados- sino por la dramaticidad que entraña y expresa. Hablamos de la ola de suicidios en France Telecom. Las crónicas refieren 22.000 despidos en el mismo período de tiempo, reorganización empresarial, traslados, cambios de funciones, jubilaciones anticipadas, managment feroz...

El caso de France Telecom desafía las estadísticas, aunque Francia, con 11.000/12.000 suicidios anuales -de los cuales entre 300 y 400 se vinculan de alguna forma a problemas de índole laboral-, supera holgadamente la media europea y mundial.

Pero, ¿alcanza ello para explicar la decisión de un hombre de poner fin a su vida? ¿Puede el trabajo convertirse en un arma letal? ¿Es posible que el contagio suicida corra como un reguero de pólvora dentro de una misma empresa? Míchel, un técnico de France Telecom que se suicidó ingiriendo barbitúricos, fue el primero en acusar a su empresa de su muerte: "Me suicido a causa de France Telecom. Es la única causa de mi muerte voluntaria. No puedo más con las urgencias permanentes, el trabajo excesivo, la ausencia de formación, la desorganización total de la empresa. Los directivos practican el management del terror. Esa manera de trabajar ha desorganizado mi vida, me ha perturbado. Me he convertido en una ruina, un desecho humano. Prefiero acabar. Poner fin a mi vida".

Y Stephanie le escribe un correo a su padre antes de saltar al vacío por la ventana de su oficina: "Vuelven mis pulsiones suicidas, he decidido pasar al acto esta tarde/noche. Es inútil prevenir al propietario de mi apartamento, porque pienso poner fin a mis días en mi despacho. Mi jefe no estará prevenido, pero yo seré la vigésima víctima asalariada.  No acepto una nueva reorganización del trabajo. He vuelto a cambiar de jefe. Prefiero morir. Dejo mi bolso y mi celular en el despacho. Llevaré conmigo mi carta de donante de órganos, nunca se sabe. Te amo, papá".

Aunque no puedan desvincularse estas trágicas decisiones con lo acontecido en la empresa, es evidente la desproporción de los argumentos suicidas y, por ende, agotar en el nexo laboral el análisis de esta epidemia fatal no deja de ser una mirada simplista.

Ninguna duda cabe de que el trabajo es capital para la vida del hombre, y que invariablemente las malas condiciones de trabajo repercuten en toda la realidad de la persona. Y tampoco se pone en tela de juicio que en nuestra época el trabajo está enfermo. Las organizaciones exigen resultados muchas veces inalcanzables, disposición "7×24", rendirle culto a los ídolos del discurso marketinero que contaminó las relaciones laborales y que hacen tan necesario recordar que se trabaja para vivir y no a la inversa. Contemporáneamente, las mismas empresas son las que ante la crisis -sin originalidad alguna- apuesta por el ajuste laboral para afrontarla, suprimiendo puestos de trabajo, recortando salarios, aplicando cláusulas de movilidad, etc.

Hoy el trabajo no da lo que exige. Desaparecieron definitivamente antiguas certezas: que tener un trabajo permite apoyar en él un proyecto de familia, que trabajar bien asegura no perder el puesto, que dedicarse con esmero y profesionalismo a una organización posibilita siempre progresar en la misma… Jubilarse en la empresa en la que uno consiguió su primer empleo es una fábula del tiempo de nuestros abuelos y los cráneos que teorizan hoy sobre las relaciones laborales y manejan los departamentos de recursos humanos ya no consideran un buen antecedente que alguien lleve veinte años trabajando en la misma firma y que tal vez ese curriculum corresponda a una persona poco ambiciosa o incapaz de adaptarse a los cambios de la vida empresarial.

Todo esto es un contexto que no puede obviarse y que reclama de la sociedad un planteamiento profundo de qué significa trabajar, por qué y para qué se trabaja. No se trata de una especulación filosófica: tiene que ver con nuestra circunstancia cotidiana, con el maletín que nos pesa como una bolsa de cemento cuando salimos de nuestras casas todas las mañanas y con el nudo de la corbata que nos aprieta más de lo que el cuello de la camisa delimita dificultándonos la respiración.

Una ola de suicidios como la de France Telecom, sin embargo, habla de algo más. Dice del laberinto sin salida en la que puede encontrarse una persona cuando se ve acorralada y no encuentra un gusto por vivir. De la pérdida del sentido de la vida, del significado de la existencia. De las preguntas jamás respondidas, de los deseos incumplidos. De la insatisfacción profunda que hunde en el aburrimiento y el pesimismo.

O de mucho menos que todo ello: de la sutil y a veces inadvertida pero eficaz destrucción de lo humano que provoca el nihilismo moderno, el relativismo cultural en el que nos encontramos inmersos y que nos arrastra a una ceguera por la cual ya no podemos apreciar la belleza que hay en el mundo.

Un sagaz abogado porteño, con una dosis de ironía, se jacta ante sus colegas: "Yo soy un bacán, trabajo medio día", y ante la expresión entre curiosa y de admiración de sus interlocutores se apresura a aclarar, decepcionándolos: "doce horas".  Reducir las horas de trabajo no necesariamente conjura el peligro, ya que el tiempo libre y el ocio pueden ser tan catalizadores de la angustia existencial como lo es el ámbito laboral.

Necesitamos encontrar en el trabajo y en la vida una presencia. Una realidad humana transformada que exprese el sentido de vivir, de luchar, de trabajar, de construir y de esperar. Un punto de certeza donde reina lo provisional, lo precario, lo flexibilizado, desde el cual construir ámbitos en los que el trabajo, además de crear riqueza material, construya relaciones verdaderas, sea la ocasión y el medio para que cada uno exprese y desarrolle sus cualidades. Una compañía que ayude a vivir "el trabajo como fenómeno expresivo de la adhesión a la vida por parte del hombre, la actividad que concretiza la imagen de su realización" (Luigi Giussani).

¿De dónde vendrá una presencia así sino de la Iglesia, es decir, de ese pedazo de humanidad transfigurada nacida del encuentro con el Misterio hecho carne?

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