En tierra de Boko Haram: las niñas están limpias

Llevo un millón y medio encima. Mil quinientos billetes de mil nairas que ocupan dos bolsas de basura y que cuando voy a pagar se acaban escondiendo en todos los rincones de la mochila. He cambiado esta mañana en una zona de cambistas musulmanes y no me he parado a contarlos. «Tú eres un buen musulmán y por eso eres un hombre honrado» —le he dicho al cambista que tenía su local junto a una pequeña mezquita, un contenedor con muchas alfombras—. El que hace las veces de imán no me ha dejado grabarle. Un millón y medio de nairas es mucho dinero en un país en el que el 60 por ciento vive por debajo del nivel de la pobreza.
El secuestro se ha convertido en uno de los negocios más rentables. Pero en el norte y en el centro del país los yihadistas de Boko Haram y el ISWAP (Estado Islámico de África Occidental) no solo secuestran por dinero. Es una forma de vida, es una forma de conseguir esclavas domésticas y esclavas sexuales, combatientes, nuevas musulmanas, a un precio muy barato. Se estima que al año se secuestran a 3.000 cristianos en Nigeria. No solo secuestran cristianas, no solo secuestran a mujeres.
He quedado con Aisha Bubah, una psicóloga especialista en ayudar a recuperar, en la medida de lo posible, la normalidad a las mujeres que se escapan o son liberadas. Llego a su despacho, que está a las afueras de Abuja, y lo encuentro cerrado. La espero casi una hora, la llamo insistentemente. No responde. Me acabo marchando y a los diez minutos recibo un mensaje en el que me pide perdón y que la respete porque no quiere intervenir en un documental que puede ser utilizado para acusar a los musulmanes de perseguir a los cristianos y para hacer política. Nunca he pretendido tal cosa, pero está visto que los ánimos están bastante caldeados. Debe pensar que tengo algo que ver con uno de los líderes de la oposición, que es un cristiano igbo.
Los que sí hablan son la hermana Agatha y el padre Bonifacio de la Cardinal Onaiyekan Peace Foundation. Tienen la oficina en un barrio musulmán y todos los restaurantes están cerrados por el ramadán. Me toca ayunar también a mí hasta cerca de la puesta del sol. Los relatos de Agatha y de Bonifacio son espeluznantes. Las niñas son secuestradas por los yihadistas no solo en los colegios, como en el caso de Chibok, también en los caminos o después de un ataque con el que toman el control de una aldea.
Los yihadistas, antes de que lleguen a la pubertad, las utilizan para hacer los trabajos más pesados. A algunas incluso les han obligado a convertirse en terroristas suicidas. Apenas se convierten en mujeres, las «casan» con algunos de los combatientes y les obligan a convertirse al islam. A las que se niegan les espera el infierno. Las que tienen más suerte son las que tienen un solo «marido», pero a menudo son violadas en grupo. Los combatientes de Boko Haram mueren pronto, así que las niñas cambian a menudo de marido. Tienen miedo a escaparse por lo que pueda pasarles a sus hijos concebidos en cautividad.
La libertad no la recuperan al volver a su familia. Están marcadas por el estigma. Y a ellas mismas les cuesta olvidarse de lo que han vivido. «¿Se sienten culpables?» —le pregunto a la hermana Agatha—. Me responde que no, que la culpa es del Gobierno, pero que ellas se sienten sucias por haber pasado de un hombre a otro. «¿Y la fe cómo les ayuda?». «La fe es esencial para su recuperación; les ayuda a entender que no tienen que sentirse sucias por nada.» Ni un millón y medio, ni todos los billones del universo, pueden hacerles sentir a esas niñas, a esas mujeres, que están limpias. Solo un milagro.
DESDE NIGERIA – I

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