Una guerra injusta condenada al fracaso
Teherán, Foto de Nourieh Ferdosian en Unsplash“Nuestro presidente va a empezar una guerra a Irán porque no tiene la más mínima habilidad para negociar. Es débil e ineficaz. Y lo único que se le ocurre para conseguir la reelección es la guerra en Irán”. Esto lo decía Donald Trump en 2011 de Obama. La guerra de Obama nunca empezó, la guerra de Trump empezó el pasado sábado.
El presidente, que repitió una y mil veces en la campaña electoral que no llevaría a Estados Unidos a nuevas guerras, se ha dejado arrastrar por Netanyahu a un conflicto en el que es muy difícil que logre sus objetivos. Trump ha sido incapaz de conseguir la paz en Rusia, ha sido incapaz de conseguir una verdadera paz en Gaza, abre ahora una nueva guerra contra el régimen iraní. Trump y Netanyahu lo han descabezado al acabar con el líder máximo de la revolución, Alí Jamenei. Pero sin poner soldados sobre el terreno acabar con la teocracia de los ayatolas es muy difícil.
Desde la guerra del pasado mes de junio ha habido tres rondas de negociaciones entre Estados Unidos e Irán. Aquellos ataques, muy quirúrgicos, destruyeron gran parte de la infraestructura nuclear. Las conversaciones no estaban siendo fáciles porque Estados Unidos exigía que Irán detuviera por completo el enriquecimiento del uranio, algo a lo que Teherán no estaba dispuesto. Pero esa negativa no es el motivo último para que se haya pasado de la mesa de diálogo al ataque. Dentro de la Administración Trump había dos sensibilidades diferentes: la del enviado especial para este asunto, Steve Witkoff, que quería llegar a un acuerdo, y la de Marco Rubio, el secretario de Estado contrario a cualquier compromiso. Netanyahu se reunió con Trump en Washington para convencerle de que había que romper el diálogo con Irán. Y Trump, presionado por Israel y por Marco Rubio, ha optado por el uso de la fuerza.
Irán es un país debilitado por la crisis económica, por los embargos, con una inflación en los alimentos del 72%. Pero eso no significa ni mucho menos que Irán no pueda oponer una resistencia feroz. Teherán no piensa en las probabilidades que tiene de ganar la guerra, piensa que tiene que resistir a toda costa porque está en riesgo la continuidad del régimen. Es lo que ya sucedió cuando se desencadenaron las últimas protestas, las de enero. Las reprimió a sangre y fuego, dejando miles de muertos. En este momento no hay una alternativa política real en Irán.
El régimen de los ayatolas es un régimen cruel, una dictadura sangrienta en la que la vulneración de todos los derechos humanos es sistemática. Pero el uso de la fuerza sin respeto alguno por el derecho internacional, sin saber cómo terminar el conflicto, dejándose conducir por un Netanyahu que quiere salvarse políticamente con una redefinición del mapa de Oriente Próximo descabellada, provocará mucho sufrimiento y mucha inestabilidad. En cualquier momento Hizbulá en el Líbano y las milicias chiitas en Siria, sostenidos por Irán, pueden producir una escalada de violencia con consecuencias imprevisibles.
Al comienzo de este siglo la intervención de Bush en Oriente Próximo estuvo influida por las corrientes teocons que querían llevar la democracia a países como Iraq. La falta de realismo de aquella intervención, en principio inspirada en grandes ideales, provocó un desastre que todavía sufrimos. Ahora estamos en un uso de la fuerza desnuda que ni siquiera pretende buscar grandes justificaciones. Trump es presidente de los Estados Unidos porque muchos de sus votantes pensaron que salvar a su país exigía una gran dosis de realismo. San Agustín recordaba que la paz es la tranquilidad en el orden. No hay orden posible cuando no están claros los fines, cuando los medios son injustos y desproporcionados, cuando al emperador no se le recuerda que hay una segunda ciudad que no es la ciudad terrena.

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