Giussani: santidad y método
IAFue un segundo, quizás menos. En ese segundo las miradas de todos los chicos de aquella clase buscaron lo mismo. Querían encontrar un gesto de duda o de inseguridad. Esperaban la primera palabra del nuevo profesor para saber cuál era la brecha por la que podrían volver a convertir la hora de Religión en lo que siempre había sido: algo irrelevante. Si acaso sesenta minutos a la semana para reírse y tomarle el pelo a los pobres curas que mandaban al liceo más laico de Milán. Era el Liceo Berchet, el que anticipaba lo que sucedería después en toda la ciudad, en todo el país, en toda Europa.
Al anterior profesor de Religión, don Giorgio, le habían hecho una barricada en la puerta para que no entrase. Tuvo que intervenir el director, Yoseph Colombo. Por eso les presentaba ahora al “nuevo”, a don Luigi, para intentar protegerlo de algún modo. Después de las palabras del director se hizo un segundo de silencio, quizás menos. Y el “nuevo”, sin titubeos, con un gesto firme, dominando la situación, los miró a la cara y les dijo: “dicen que yo soy el cura más feo de toda la diócesis de Milán”. Uno de los chicos que estaba al fondo se levantó y respondió: “no es verdad, el más feo era el anterior”.
Con dos frases Giussani, en el momento en el que todo profesor se la juega, creó una corriente de simpatía mutua. No querían saber nada del cristianismo, pero les interesaba la simpatía humana que había despertado en ellos el cura más feo.
Era octubre de 1954. Y el joven Giussani, con poco más de 30 años, había reconocido y había admitido lo que entonces muy pocos veían y reconocían. Las nuevas generaciones, a pesar de las apariencias, no tenían ni interés ni energía para adherirse a un cristianismo cristiano. La Iglesia en Milán había generado grandes santos pero su testimonio era insuficiente en aquel momento para que el cristianismo pudiera atraer el afecto y la razón de los jóvenes que estaban seriamente comprometidos con su vida, de los jóvenes que vivían ya en un mundo absolutamente secularizado. Era necesario crear un método para proponer la fe de un mundo humano, razonable, para edificar un cristianismo cristiano. Y ese método nació de su experiencia. La experiencia de un hombre con una sensibilidad moderna, acompañado en su juventud por buscadores de sentido no cristianos, que había encontrado y encontraba en la tradición renovada de la Iglesia el acontecimiento de Cristo. Era necesario tener tiernamente presente todo lo humano para entender, valorar y vivir apasionadamente a Cristo.
El obispo de Milán, monseñor Delpini, anunció la semana pasada que el próximo 14 de mayo concluirá la fase diocesana de investigación en la causa de beatificación y canonización de don Giussani. La Iglesia estudiará ahora en el Dicasterio de la Causa de los Santos su obra y su vida y decidirá si declara públicamente que está definitivamente junto a Dios, que puede ser venerado y considerado ejemplo para la Iglesia universal. Si es así, serán reconocidos santidad y método. En la vida de don Giussani, siempre fue un método estimado por los últimos Papas desde Pablo VI.
La preocupación por el método no fue solo una cosa del comienzo. Abril de 1970: Giussani delante de otro grupo de jóvenes ya no tan jóvenes. Muchos de ellos han terminado sus estudios universitarios. Hace pocos meses que “Mayo del 68” ha puesto de manifiesto lo que el sacerdote milanés había señalado en los años 50. La secularización ha provocado que muchos abandonen una cultura inicialmente cristiana que ya no significa nada para ellos. Incluso muchos de los que pertenecen al movimiento que él mismo ha fundado se alejan de la fe para abrazar las nuevas ideologías.
¿Por qué es razonable seguir siendo cristiano? Es lo que parecen preguntar los pocos que todavía le siguen en esa primavera de 1970. De nuevo en la respuesta, las razones para una adhesión razonable:
“nos adherimos a Jesucristo por la misma razón y utilizando el mismo criterio por el que elegimos una película en lugar de otra, elegimos a una mujer y no a otra, decidimos tener hijos o no tenerlos. El criterio sintético y sencillo que nos mueve en todo es la aspiración inexorable («inexorable» en el sentido literal de la palabra, porque define la esencia de la dinámica de nuestra persona) y la tensión hacia nuestra plenitud” (Un volto nella storia: Il compito della Chiesa nel mondo (1969-1970)).
Diciembre de 2000. Giussani ya no puede participar en un encuentro público con jóvenes. Su enfermedad ha limitado su movilidad y el tiempo del que dispone. Está cansado después de una mala noche y mira hacia el gran ventanal de su estudio tras el que se ven los árboles desnudos de la Bassa milanesa. No puede acompañar físicamente a unos estudiantes universitarios que están reunidos en un retiro. Pero dicta las respuestas a algunas de las cuestiones que le han enviado. “¿Cuál es el camino que conduce a la certeza sobre Cristo?”, dice una de esas preguntas.
“El cristianismo -responde- al ser una Realidad presente, tiene como instrumento de conocimiento la evidencia de una experiencia, es lo que se ve en la dinámica de cualquier encuentro del que surgen los factores más importantes, decisivos y reales. En concreto, el camino hacia la certeza sobre Cristo proviene de nuestra compañía, ya que nuestra compañía es la forma en que Cristo nos toca y nos mueve” (Avvenimento di libertà).
A Cristo se le conoce, como lo conocieron los discípulos y se tiene de él la certeza que tuvieron Pedro, Juan y Andrés a través de la evidencia de una experiencia de plenitud. Santidad y método.

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